sábado, 20 de junio de 2009

ADÁN BUENOSAYRES. PRÓLOGO INDISPENSABLE de Leopoldo Marechal


En cierta mañana de octubre de 192., casi al mediodía, seis hombres nos internábamos en el cementerio de Oeste, llevando a pulso un atúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecia llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido. El astrólogo Schultze y yo empuñabamos las manijas de la cabecera, Franky Amundsen y Del Solar habían tomado las de los pies: al frente avanzaba Luis Pereda, fortachón y bamboleante como un jabalí ciego; detrás iba Samuel Tesler, exhibiendo un gran rosario de cuentas negras que manoseaba con ostentosa devoción. La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido. Llegamos a la fosa recién abierta: el ataúd fue bajado hasta el fondo. Redoblaron primero sobre la caja los terrones amigos, y a continuación las paladas brutales de los sepultureros. Arrodillado sobre la tierra gorda, Samuel Tesler oró un instante con orgullosos impudor, mientras que los enterradores aseguraban en la cabecera de la tumba una cruz de metal en cuyo negro corazón de hojalata se leía lo siguiente:


ADAN BUENOSAYRES
R.I.P.


Luego regresamos todos a la Ciudad de la Yegua Tobiana.

Consagré los días que siguieron a la lectura de los dos manuscritos que Adán Buenosayres me había confiado en la hora de su muerte, a saber: el Cuaderno de Tapas Azules y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia. Aquellos dos trabajos me parecieron tan fuera de lo común, que resolví darlos a la estampa, en la seguridad de que se abrirían un camino de honor en nuestra literatura. Pero advertí más tarde que aquellas páginas curiosas no lograrían del público una intelección cabal, si no las acompañaba un retrato de su autor y protagonista. Me di entonces a planear una semblanza de Adán Buenosayres: a la idea originaria de ofrecer un retrato inmóvil sucedió la de presentar a mi amigo en función de vida; y cuanto más evocaba yo su extraordinario carácter, las figuras de sus compañeros de gesta, y sobre todo las acciones memorables de que fui testigo en aquellos días, tanto más se agrandaban ante mis ojos las posibilidades novelescas del asunto. Mi plan se concretó al fin en cinco libros, donde presentaría yo a mi Adán Buenosayres desde su despertar metafísico en el número 303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente día, en que ángeles y demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo, ante la figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Luego transcribiría yo el Cuaderno de Tapas Azules y Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia, como sexto y séptimo libros de mi relato.

Las primeras páginas de esta obra fueron escritas en París, en el invierno de 1930. Una honda crisis espiritual me sustrajo después, no sólo a los afanes de la literatura, sino a todo linaje de acción. Afortunadamente, y muy a tiempo, advertí yo que no estaba llamado al difícil camino de los perfectos. Entonces, para humillar el orgullo de algunas ambiciones que confieso haber sustentado, retomé la páginas de mi Adán Buenosayres y las proseguí bien que desganadamente y con el ánimo de quien cumple un gesto penitencial. Y como la penotencia trae a veces frutos inesperados, volví a cobrar por mi obra un interés que se mantuvo hasta el fin, pese a las contrariedades y desgracias que demoraron su ejecución.

La publico ahora, vacilando aún entre mis temores y mis esperanzas. Antes de acabar este prólogo, debo advertir a mi lector que todos los recursos novelescos de la obra, por extraños tal vez que les resulten a algunos, se ordenan rigurosamente a la presentación de un Adán Buenosayres exacto, y no a vanidosos intentos de originalidad literaria. Por otra parte, fácil ha de serle comprobar que, tanto en la cuerda poética como en la humorística, he seguido fielmente la tónica de Adán Buenosayres en su Cuaderno y en su Viaje. Y una observación final: podría suceder que alguno de mis lectores identificara a ciertos personajes de la obra, o se reconociera él mismo en alguno de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré las consecuencias: bien sé yo que, sea cual fuere la posición que ocupan en el Infierno de Schultze o los gestos que cumplen en mis cinco libros, todos los personajes de este relato levantan una "estatura heroica"; y no ignoro que, si algunos visten el traje de lo ridículo, lo hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel "humorismo angélico" (así lo llamó Adán Buenosayres) gracias al cual también la sátira puede ser una forma de la caridad, si se dirije a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres.

L.M.


BIOGRAFIA:


Nació el 11 de junio de 1900, en la ciudad de Buenos Aires. Era hijo del uruguayo, Alberto Marechal y de la argentina, Lorenza Beloqui.
En 1916, ingresa al Instituto Mariano Acosta. Al morir su padre en 1918, su familia sufre una grave crisis financiera. Su hermano menor, Alberto, ocupa el trabajo de su padre en la fábrica, y Leopoldo ingresa en la Biblioteca Popular Alberdi, como Bibliotecario. Fue docente de nivel primario y secundario, y Director de Bellas Artes. Colaboró en el periódico “Martín Fierro” y en la revista “Proa”.
Sus primeras obras son fundamentalmente poéticas: “Los aguiluchos” (1922), “Días como flechas” (1926) y “Odas para el hombre y la mujer” (1929), que obtuvo el Premio Municipal de Poesía.
Enrolado en el ultraísmo, utiliza versos libres, metáforas vanguardistas y manifiesta preocupación por el orden y la armonía, basado en el clasicismo y en su inspiración platónica.
Sus poesías posteriores adoptan la forma clasicista como: “Laberinto de amor” (1936), dedicado a su esposa María Zoraida Barreiro, quien falleció en el año 1947, “Cinco poemas australes” (1937), “El Centauro” (1940), “Sonetos a Sophía” (1940) y “Heptamerón” (1966), donde revela una profunda introspección y una búsqueda de su propia esencia. La vida, la patria, la alegría y la muerte se conjugan en esta obra. Ese mismo año la influencia teológica lo conduce a reflexionar sobre el avance tecnológico como fuerza destructora de la naturaleza y de la vida espiritual. Así nace “El poema del Robot”.
Profundamente católico, imbuido en la escolástica, la manifestó en “Descenso y ascenso del alma a la belleza” (1939) y “Autopsia de Creso” (1965), donde se observa la impronta de Platón, Aristóteles, San Isidoro y San agustín.
Viajó a Europa en vísperas y posteriormente a la Segunda Guerra Mundial y fue un ferviente partidario del peronismo. Ocupó cargos oficiales entre 1944 y 1955.
Se destacó también en teatro, sobre todo con “Antífona Vélez” (1951) y “Las tres caras de Venus” (1966).
Mención especial merece su novela “Adán Buenosayres” (1948), donde relata una Buenos Aires convulsionada de repente, a tres días de la muerte del protagonista, donde con descripciones dantescas recorre distintos escenarios y comparte ideas con distintos y singulares personajes. El apellido Buenosayres proviene del seudónimo con que lo denominaban los niños del pueblo de Maipú (a donde viajaba de pequeño a visitar a sus tíos) por ser de la capital.“El banquete de Servio Arcángelo” (19659 y “Megafón o la guerra” (1970), son otras de sus novelas.
Falleció en Buenos Aires en 1970.


Fuente: Literatura argentina contemporánea. Educar.org. Poemas del Alma.

Melan.

jueves, 18 de junio de 2009

NO VELAS A TUS MUERTOS. Cap. I.(fragmento) de Martín Caparrós



(...) Puta madre… No lo puedo entender, ¿sabés?… No puedo, no puedo… Parece todo una broma macabra que ahora te hable así, que te tenga que hablar así. Que todas esas cosas… pero no quiero. No quiero pensar en eso, no quiero, quiero hacer como si… ¿Cuántos años teníamos? ¿Catorce, quince?... Ya éramos grandes. Ya estábamos en tercer año, y casi casi estabamos alcanzando a las minas. ya habíamos pasado lo peor, el momento en que parecíamos niños de pecho al lado de ellas, y además ya nos habíamos agarrado los primeros pedos ¿te acordás? Me acuerdo de la noche aquella que no dormimos, con el gordo y vos, discutiendo como eruditos si querer es poder, o poder no querer, o no poder querer, el gordo te trataba de voluntarista porque vos decías que la voluntad mueve montañas, y que si la montaña no va a mahoma, y entonces yo te decía que estabas haciendo una montaña de un grano de arena pero vos te cabreabas y decías, qué sé yo, qué sé yo lo que decías, en definitiva no era importante, estábamos descubriendo las palabras, empezábamos a descubrir el valor de una frase en nuestro mundo de pichones de intelectuales, de hijos de la intelligentsia, como leí el otro día que nos decían.


Hijos de la intelligentsia, a nosotros, ¿te das cuenta? Y empezábamos a jugar otros juegos, a prepararnos. Y cuando se armó la discusión aquella sobre la coca-cola, fue un corso, cómo no acordarse. Estábamos todos, si todavía le veo la cara al pobre ruso, se tenía que aguantar piola todo lo que le decíamos, lo tratamos de cualquier cosa, proyanki imperialista, vendido hijo de puta, estoy pensando que hasta los insultos los cargábamos mucho, como si incluso ahí tuviéramos que mostrar que ya éramos grandes, que éramos hombres. Y el ruso se la bancó tranquilo de vez en cuando se cruzaba una miradita con el polaco. claro, ellos sabían, estos pendejos de qué se las dan se debían decir entre ellos. Claro, porque ellos ya sabían. Pero igual se quedaron con la leche, no les gustó, querían hablarnos, explicarnos, se salían del molde. Y el ruso enganchó a la primera de cambio, fue ese día que estábamos haciendo educación física ¿te acordás pato?, íbamos con el ruso, los tres trotando despacito, dando vueltas al gimnasio, nos quedamos atrasados, el profesor nos cagaba a gritos y nosotros charlando. O más bien escuchando a Alberto, el que hablaba era él, nos parlaba de cultura popular, del ser nacional, la verdad que se tenía bien leído su hernández arregui y nos entró por el lado de la cultura ¿te acordás? y nosotros que lo escuchábamos y no pescábamos bien adónde carajo quería llegar, lo de la colonización cultural ya lo sabíamos, si era eso lo que le habíamos dicho cuando lo de la cocacola, y el otro seguía con su parla y vos lo cargabas, pará negro te vas a quedar sin aliento para correr, y él que engranaba cada vez más, hasta que largó la cosa. Que la cultura nacional era popular por esencia (y yo estaba por decirle que si no tenía nada más piola que contar, que no nos tomara por boludos pero justo el profe estaba mirando) y que entonces (y ahí enganchó, estuvo hábil el ruso) sólo se podía realizar con el pueblo, y como el pueblo es peronista… Ahí estaba. Había largado nomás la palabrita. Peronista. Claro, en el 71 en el colegio eso era tabú, tipo la lepra, se la habíamos escuchado solamente a los de la fede o a los troskos, el viejo demagogo y populista, el militar contrarrevolucionario, el bonapartista, todas esas. Y el ruso que nos tira la palabrita al rostro, con su fórmula tan simple, nosotros somos marxistas creemos que la revolución debe hacerse con el pueblo y el pueblo es peronista (y dale con la cosa, por poco me pongo nervioso), peronista, así que para estar con el pueblo para ser revolucionario hay que ser… Eso mismo, regla de tres simple, la formulita, no había son qué darle, de pronto y de repente (como decía el gringo, pero mucho después) de repente todas las teorías de la zurda quedaban como sanata de intelectual descolgado, todo estaba claro, de repente, sudando el trote, los gritos del profe, el ruso que no paraba, piquen, rápido, más rápido, hasta el fondo, trote ahora, pique, trote, altas esas rodillas carajo, che, esto hay que seguirlo charlando, hay que discutirlo tranquilos, ruso, piquen, arriba las rodillas maricones, más arriba, vamos carajo. Cuando salimos nos fuimos al bar de la vuelta. Nos sentamos al lado de la ventana, en una mesa apartada y nos pedimos tres cocacolas, porque hacía un calor… ¿Sabés qué me pasa? No sé, tengo una sensación extraña, medio como culpa, no sé muy hien cómo llamarla… Porque me doy cuenta ahora que todo esto es más bien cómico, visto así es más bien cómico y por momentos me da risa y sin embargo... Me acuerdo del chiste ese, ese del tipo con la lanza en las costillas que le preguntan si le duele y él dice que solamente cuando se ríe y es eso pero al final me rompe las bolas acordarme de un chiste, no sé si me entendés. No sé, vos habrías...


En fin, nos pedimos las cocacolas y ahí entró a contarnos toda la historieta. El ruso estaba como loco, que si el peronismo es la única vía revolucionaria posible en la argentina, que hay que dejarse de joder con las huevadas de la zurda que aplica el marxismo mecánicamente y nunca sale de la paja, se veía que también se había morfado Cooke como un solo hombre (claro, nosotros ahí no teníamos ni idea) y dale con el peronismo. que si hecho maldito del país burgués, y hecho maldito también para la izquierda cipaya (cipaya, me mató con la palabrita. yo ahí me acordaba de sandokán y el maharajá de no sé dónde mierda, pero aparte de eso...) y nos hablaba bajito ¿te acordás?, cuando alguien pasaba cerca se callaba, se hacía el oso, y dale de nuevo, que un análisis marxista serio de la situación argentina muestra la necesidad irrenunciable de unirse al pueblo peronista, y de vez en cuando miraba para todos los wines, vos te habías quedado medio callado, como boleado, mucha cosa toda junta y yo abogado del diablo, como siempre (como si el diablo necesitara abogado), pero vos no pensás que en realidad perón contuvo el impulso revolucionario de las masas, si en el 55 se borró como loco, la gente quería resistir y él en cuanto pudo se tomó el buque, o mejor dicho la cañonera, pero el ruso no dejaba pasar una, estos dieciséis años de lucha popular demuestran que la principal reivindicación del pueblo es el retorno de perón a la patria y al poder y cuando venía el mozo cambiaba rápido, comentaba cualquier boludez con cara de nada, no si eso no fue penal ni acá ni en la china no seas bostero hijo de puta, sí pero el cordobazo, no, claro vos te la morfaste ¿qué te creés que gritaban los obreros en la calle?, ¿te creés que gritaban por rusia o por china, o por el pc?, a vos te la contaron en colores, pedían la vuelta de perón eso es lo que decían, ellos también, como la gran mayoría, y cantaban la marchita, yo estuve con compañeros que estuvieron allá, la vida por perón gritaban, por otro diecisiete.


Y vos seguías callado, escuchando en tu rincón, la verdad que muchas veces lo hacías y entonces eras temible, yo siempre estaba esperando el momento en que ibas a saltar, mejor agarrarse, pero seguías callado y yo lo picaba, el viejo no fue más que un reformista, un demagogo, y quién organizó a la clase trabajadora, entonces quién creó la cgt, o el 17 de octubre lo hicieron los zurdos, qué te parece. El ruso seguía embalado, además no se trata de aceptar el peronismo con todas sus jodas tal como es, hay que modificarlo, pero para modificarlo hay que estar adentro, hay que estar en el movimiento ¿te das cuenta? desde afuera nunca te van a dar bola, vas a ser siempre un estudiantito descolgado. El movimiento de acción secundaria ya hace un tiempo que existe, hubo kilombos, en capital somos muy pocos pero nos planteamos el peronismo como única posibilidad revolucionaria, nos planteamos trabajar desde adentro, pelearla si es necesario, pero desde adentro, una postura crítica pero sincera, ¿me entienden? Y me parece que ni sabíamos si lo entendíamos o no pero sabíamos que estábamos podridos de hablar y no hacer nada, lo que más nos reventaba de los zurdos era eso, mucha parla y pocas nueces, en cambio esto prometía, una cosa era meterse en un grupito de jeropas que no sabían cómo hacer para tocar un obrero y otra muy distinta compartir la lucha con millones de ñatos, con el conjunto del pueblo, como había dicho alberto, ahí sí que íbamos a poder hacer cosas, y salir de nuestro pequeño mundo pequeño burgués, todo esto estaba muy bien, pero perón, perón...


El ruso se fue al ñoba. Yo creo que lo hizo de pura táctica, para dejarnos chamuyar un ratito solos. Y la verdad que no nos dijimos gran cosa. Cambiamos un par de miradas excitadas, dos o tres frases y cuando volvió le dijimos que queríamos entrar al mas. Eramos marxistas e íbamos a meternos en el peronismo. Para estar con el pueblo. Para cambiarlo desde adentro.( ...)




BIOGRAFIA CRONOLÓGICA.




1957


Nace en la ciudad de Buenos Aires.
1973


Trabaja en el diario Noticias, con Rodolfo Walsh como su primer jefe.
1976 Hasta 1983,


se exilia en París, en donde obtiene una licenciatura en Historia en la Universidad de la Sorbona, y en Madrid.
1983


Con el regreso de la democracia, vuelve a Buenos Aires. Trabaja como director de las redacciones de El Porteño, Babel, Página/30 y Cuisine & Vins.


1984


En Buenos Aires, aparece la novela "Ansay o los infortunios de la gloria" (Ada Korn Editora). Realiza el programa radial "Sueño de una noche de Belgrano" junto con Jorge Dorio.
1986


Ediciones de la Flor publica, en Buenos Aires, la novela "No velas a tus muertos".
1988


Junto con Jorge Dorio, realiza el programa de televisión "El monitor argentino". También con Dorio, funda y dirige la revista de libros Babel.
1990


Aparecen las novelas "La noche anterior" (Sudamericana) y "El tercer cuerpo" (Norma).
1992


Editorial Planeta publica el libro de crónicas "Larga distancia", por el que recibe el premio Rey de España al Periodismo.
1994


En Buenos Aires, aparece "Dios mío" (crónica), publicado por la editorial Planeta.
publica "La patria capicúa".
1997


Entre este año y el siguiente, aparecen los tres tomos de "La Voluntad- Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978", obra escrita en colaboración con Eduardo Anguita. "- ¿Por qué La Voluntad? - Nos pareció que, como marca de época era una síntesis bastante eficaz comparada con ésta, donde la marca más distintiva es el pragmatismo. Contamos la historia de una época en que mucha gente creyó que si unían sus voluntades iban a poder cambiar el mundo. Nos pareció más significativo que otros títulos vinculados con la sangre, el hierro, las armas, el fuego. Si poníamos esos títulos estábamos de alguna manera siendo operados por la idea dominante sobre la época." (Entrevista de Ana Laura Pérez, diario Clarín, Buenos Aires, Domingo 22 de noviembre de 1998). Participa en el programa periodístico de televisión "Día D", junto con Jorge Lanata."AC: ¿Y trabajar con Jorge Lanata (periodista político argentino ) en su programa Día D (programa político), contame un poco esa experiencia... ¿Te sentías cómodo en el mundo de la televisión? MC: Fue una generosísima inconsciencia. Cuando volvió el programa político de Jorge Lanata, Día D, hace un par de años, él me invitó a participar y me preguntó que quería hacer dentro del programa. "Hacé lo que quieras", me dijo. Y lo que yo quería probar era pasar crónicas escritas a un lenguaje televisivo. Ver como podía resultar eso. Y de hecho fue lo que hice. Salí con una cámara pequeña de video y me metí en lugares más o menos calientes y nada. La cosa cambia si uno va con una cámara pequeña que si va con todo un equipo de filmación. Me permitía mostrar mi mirada sobre esos lugares. Contar mi propio relato. Era una forma de producción televisiva tan barata y tan ágil que cambiaba bastante los usos de la información televisiva." (En una entrevista de Alejandro Cavalli, en el sitio web "El broli argentino" –www.elbroli.free.fr).
1999


La editorial Norma publica "La Historia" (novela) y "La guerra moderna" (crónica). Participa como entrevistado en el documental "Soriano", de Eduardo Montes Bradley (estrenado el 22 de abril) y en el film "P4R + Operación Walsh", de Gustavo E. Gordillo (que se estrenará el 5 de octubre de 2000).
2000


El 14 de septiembre se estrena el film de Eduardo Montes Bradley "Harto The Borges", en el que participa como entrevistado.
2001 Aparece la novela "Un día en la vida de Dios", publicada por la editorial Seix Barral. "—Su novela anterior ya era ambiciosa. Ahora elige la perspectiva de Dios. ¿Va creciendo en pretensiones? —No, me parece que eso no es cierto. La Historia era una novela ambiciosa porque efectivamente trataba de inventar una sociedad, una cultura. Un día en la vida de Dios, en cambio, es un paseo de lo más picaresco que puede parecer ambicioso desde cierta chatura en la que a veces nos regodeamos. Y yo no pienso en mi actitud como escritor. Escribo. Esa me diferencia de cierta tradición en la literatura argentina en que está llena de escritores que piensan en su posición de escritor. A mí me divierte más escribir.", explicó Martín Caparrós en una entrevista de Mónica Sifrim, diario Clarín, Revista Ñ, Buenos Aires, 5 de agosto de 2001.
2002


La editorial Planeta publica el ensayo "Qué País. Informe urgente sobre la Argentina que viene". "‘Qué país. Informe urgente sobre la Argentina que viene’ es un libro pensado, escrito y armado por Martín Caparrós al calor de uno de los veranos más terribles de que los argentinos tengamos memoria. El título encierra más claves de las que una lectura rápida haría pensar. En principio, juega con dos sentidos posibles de "qué país", según la entonación con que se pronuncie la frase. Es probable que los hábitos culturales del nativo, sumados a la ideología imperante del posibilismo y a la supremacía del discurso único, hagan que el hastío y la resignación supuestos en la exclamación sean lo primero que se reconozca en el título. Pero el libro apuesta y persigue a ese lector que, saltando el cerco del hartazgo y la resignación, les ponga signos de interrogación a esas dos palabras. Un lector que se pregunte por el país en que quiere vivir y por las posibilidades de construirlo.Porque ‘Qué país...’ parte de la hipótesis de que los sucesos ocurridos hacia fin del año pasado (las estrepitosa caída de un gobierno, el repiqueteo de las cacerolas, la irrupción de la clase media en el espacio público, la ruptura del vínculo entre la ciudadanía y sus representantes, las asambleas) volvieron a poner en escena la posibilidad de que la realidad, hasta hace poco pensada como inamovible, pudiera ser modificada", escribió Patricia Somoza, diario La Nación, Buenos Aires, 4 de septiembre de 2002.
2003


Se publica "Amor y anarquía. La vida urgente de Soledad Rosas" (Planeta). Dirige el film "Crónicas mexicanas".
2004


Recibe el Premio Konex Diploma al Mérito en la categoría Memorias y Testimonios, y el Premio Planeta por su novela "Valfierno".
2005


Editorial Planeta publica, en Buenos Aires, "Boquita".
2006


Aparece, en Buenos Aires, "El interior" (Seix Barral). "—Usted se siente cómodo con la crónica. —Yo siempre hice crónica. Lo que ha mí me interesa de la crónica, es el hecho de que se ocupa de los que no forman parte de lo que la prensa define como actualidad; si uno se fija, la gente que sale en los diarios habitualmente son los que tienen algún tipo de poder, económico, político, mediático, y los demás aparecen en policiales. Eso crea una forma de ver el mundo, porque postula que lo importante es aquello sobre lo que los medios hablan, por lo tanto la gente que tiene poder educa al público para que considere que lo que vale la pena es saber sobre esa gente. A mí me interesa la crónica, porque habla de los otros, de los que no son materia de la actualidad.En cuanto al estilo, me parece interesante buscar formas de la literatura de ficción, novela, cuento, para contar la no-ficción y eso es lo que traté de hacer en El Interior, cuando hay textos escritos en versos, cuando hay personajes que aparecen y hablan desde el Luna Park, distintos recursos con los que intento cambiar la manera en que escribo mis crónicas." (Extracto de una entrevista en el sitio web www.sitiocooperativo.com.ar ).
2007


La editorial Planeta publica "Comer con los ojos. Historias que alimentan el alma".




Fuentes:




Educar. org y audiovideoteca de Buenos Aires.


Melan.


LA PRUEBA (fragmento) de César Aira

Se quedaron calladas un momento. El Pumper había empezado a llenarse, lo que resultaba tranquilizador para Marcia porque se perdían mejor en la muchedumbre. Pero si se ocupaban todas las mesas, y ya parecían cerca de ese punto, vendrían a echarlas. El helado mientras tanto se había terminado. Como si fuera una cábala para impedir que sobreviniera la interrupción, Marcia se apresuró a plantear otra inquietud, que le pareció productiva: –Hoy hace un rato, allí enfrente, ¿ustedes estaban con alguien? –No. Ya te dije que estábamos solas. –Como había una concentración de gente... –Nos habíamos metido entre esos boluditos a ver si nos levantábamos a alguno, pero no conocíamos a nadie y no tuvimos tiempo de elegir, porque apareciste vos . . . La información daba algunos elementos interesantes, pero parecía pensada a propósito para que esos elementos fueran de la clase de los que Marcia prefería no indagar. De modo que siguió la misma dirección que había tomado antes. –¿Pero pertenecen a algún grupo? –¿Qué quiere decir eso? –Me refiero a algún grupo de punks. –No –dijo Mao subrayando venenosamente cada palabra –No estamos en ninguna murga. –No lo decía en sentido peyorativo. Uno siempre tiende a asociarse con gente que comparte sus ideas, sus gustos, su modo de ser. –¿Como vos y Liliana, por ejemplo? ¿Pertenecés a algún grupo de inocentes? –No tergiverses lo que quiero decir. Y no se hagan las que no entienden. Aquí y en todas partes del mundo los punks se agrupan y se apoyan entre sí en su rechazo a la sociedad. –Felicitaciones por tu erudición. La respuesta es no. –¿Pero conocen a otros punks? Le gustó su propia pregunta. Debería haberla hecho al principio. Era una trampa perfecta. Era como si a alguien le preguntaban si conocía otros seres humanos. Si le respondían por la negativa, que era obviamente lo que querían hacer, pondrían de manifiesto su mala fe. No sabía qué beneficio podía reportarle, pero al menos tendría una respuesta. Mao volvió a entrecerrar los ojos. Era demasiado inteligente para no ver toda la dimensión de la celada. Pero no daría el brazo a torcer. Eso nunca.


–¿Qué importancia tiene? –dijo–.


¿Por qué te empeñás en hacernos hablar de lo que no queremos?


–Hicimos un pacto.


–Está bien. ¿Qué habías preguntado?


Marcia, implacable: –Si conocen otros punks. Mao, a Lenin:


–¿Vos conocés a alguno?


–A Sergio Vicio.


–Ah, sí, cierto, Sergio. . .–se volvió a Marcia–. Es un conocido nuestro, ahora hace mucho que no lo vemos, pero es un excelente caso. Es una pena que no llevemos encima una foto de él. Tocaba el bajo en una banda, estaba siempre drogado, y era muy buen chico, y debe de seguir siéndolo, aunque un poco loco, desconectado. Cuando habla, cosa que hace muy de vez en cuando, no se le entiende nada. Una vez le pasó algo de lo más curioso. Una señora muy rica fue a una fiesta, y entre otras cosas llevaba encima unos pendientes de orejas con cuatro esmeraldas cada uno, grandes como pocillos de café. De pronto se dio cuenta de que le faltaba uno de los pendientes; aunque dieron vuelta todos los divanes y alfombras, no lo encontraron. Como costaba millones, y las señoras ricas son muy apegadas a sus cosas, que siempre cuestan millones, hubo un buen escándalo, que hasta salió en los diarios. Los invitados hicieron consenso para que fueran revisados al salir, pero el embajador de Paraguay, que estaba presente, se negó, y la requisa no se hizo. Por supuesto, fue el principal sospechoso. La cancillería tomó cartas en el asunto, y el embajador terminó llamado de vuelta a su país y destituido. Un año después, la señora fue a una fiesta en Palladium. Cuál no sería su sorpresa al ver en la pista de baile a Sergio Vicio, con las cuatro esmeraldas colgando de una oreja. Sus guardaespaldas fueron de inmediato a buscarlo y se lo trajeron en andas. Ella estaba con un coronel, con el ministro del Interior, con Pirker y con la señora de Mitterrand. Pusieron una silla extra y sentaron a Sergio Vicio. Como la conversación en la mesa se había desarrollado en francés, la señora le preguntó si hablaba esa lengua. Sergio dijo que sí. "Hace un tiempo", le contó ella, "perdí un pendiente idéntico al que tienes tú. Me pregunto si será el mismo". Sergio la miraba, pero no la veía (ni la oía). Había estado bailando dos o tres horas sin parar, cosa que hace con frecuencia porque adora el baile, y la interrupción súbita del movimiento le había causado un desequilibrio de presión. Era la primera vez que le pasaba porque siempre, por instinto, dejaba de bailar gradualmente, y después salía a caminar hasta el amanecer. El efecto de este accidente fue que perdió la visión; todo se le fue cubriendo de puntitos rojos, y no vio nada. Eso se llama "hipotensión ortoestática", pero él no lo sabía. Otros síntomas que acompañan a la pérdida de la visión son la náusea, que él no sintió porque hacía dos o tres días que no probaba bocado, y el vértigo, al que estaba tan habituado por su experiencia con la mandanga que lejos de molestarlo o alarmarlo, lo entretuvo durante el resto de la escena, que pasó meciéndose en el espacio cósmico. La señora, un as en el manejo de los dedos, le desprendió el pendiente de la oreja en lo que pareció un pase de magia. Ahora bien, esa noche, en esa fiesta, que se daba en honor de los músicos de la ORTF de visita en el país, Palladium inauguraba un sistema de luces de radiación de quark, lo más moderno de la tecnología. Y las encendieron precisamente en ese momento. En la mesa estaban tan distraídos con la presencia de Sergio Vicio que no oyeron el anuncio que se hizo por los parlantes. Cuando la señora le hubo sacado de la oreja el pendiente y lo levantó sosteniéndolo por el ganchito para que lo vieran los demás, empezó a decir "Estas esmeraldas..." Fue todo lo que alcanzó a pronunciar porque las nuevas luces, traspasando las piedras, las volvieron transparentes como el más puro cristal, sin el menor rastro de verde. Se quedó boquiabierta. "¿Esmeraldas?" dijo la señora de Mitterrand, "¡pero si son diamantes! ¡Y qué agua! Nunca vi semejantes". "¡Qué van a ser diamantes!", dijo Pirker, "de dónde los iba a sacar este vaguito. Son caireles de la araña de la abuela, atados con alambre". La dueña, paralizada, abría y cerraba la boca como un pez anuro. Y en ese momento ya sonaban las primeras notas de Pierrot Lunaire. Nada menos que Boulez estaba en el escenario, y la fantástica Helga Pilarczyk como recitante. La atención de los personajes se desplazó a la música. Ninguna esmeralda vuelta diamante podía compararse con las notas lívidas de la obra maestra. La más elemental elegancia dictaba la supremacía de la música sobre las gemas. La señora, con movimientos de autómata, un movimiento que duplicaba invirtiendo el anterior, colgó la joya del lóbulo de Sergio Vicio y vio en angustiado silencio cómo sus guardaespaldas, interpretando mal las cosas, lo alzaban en vilo y lo llevaban de vuelta a la pista de baile, donde volvió a moverse, indiferente a la música, hasta recuperar la visión y salir a caminar, siempre con el piloto automático. Y ella nunca volvió a ver sus esmeraldas.
Silencio.

BIOGRAFÍA:

César Aira nació en Coronel Pringles, Argentina, en 1949. Desde 1967 reside en Buenos Aires. Ha dictado cursos en la Universidad de Buenos Aires y en la de Rosario), y ha traducido y editado en Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela.
Este escritor que se define a sí mismo como «Un francotirador que practica un oficio íntimo, secreto y clandestino», es uno de los autores más prolíficos de su país, su labor literaria la ha realizado en prácticamente todos los campos, de modo que ha trabajado como traductor, novelista, dramaturgo, periodista y ensayista. Su obra está marcada por la originalidad, la subversión y la capacidad de sorpresa. Las de este escritor argentino son historias cortas en las que la realidad se ve atravesada por la presencia de lo insólito, en las que sin casi notarse lo sorprendente llega a convivir con lo habitual. Cada novela es para él un reto, un espacio para la experimentación, para lanzarse sin red a un nuevo precipicio, aun a sabiendas de que en un momento dado pueda estrellarse. Como ha indicado Leonardo Moledo: "En la literatura argentina, Aira goza del raro privilegio de crear belleza, a la manera de Oscar Wilde o de Fellini. Fabricar objetos exóticos, que una vez en el aire se tornan necesarios e inevitables."


Fuentes: Literatura argentina contemporánea y escritores.org.


Melan.

martes, 16 de junio de 2009

AL ABRIGO de Juan José Saer


Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón --muerte, olvido, fuga precipitada, embargo-- el diario había quedado ahi, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, el la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario.

El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido --un diario, o lo que fuese--, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata desimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidads a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.

Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que el tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones mas elementales que constituían su vida. O lo que el había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía mas inalcanzable que el arrabal del universo.


BIOGRAFIA:


Escritor argentino, natural de Serodino, provincia de Santa Fe y radicado en París desde 1968. Vivió en el campo natal y enseñó en su país y en la francesa universidad de Rennes. Es autor de algunos cortometrajes cinematográficos y artículos de crítica literaria. En sus primeras obras se advierte la impronta del realismo y del Regionalismo americano: En la zona (1960), Palo y hueso (1965) y Unidad de lugar (1967) son colecciones de cuentos, que alternan con las novelas Responso (1964) y La vuelta completa (1967). A partir de los relatos de Cicatrices (1969) registra la influencia del objetivismo de la llamada nueva novela francesa, con la desaparición de los personajes y el protagonismo de los hechos y las cosas. En esta línea figuran los cuentos de La mayor (1976), y las novelas El limonero real (1974), Nadie, nada, nunca (1980), La ocasión (1988), Glosa (1988) y Lo imborrable (1992). En El entenado (1983) evoca un episodio de la conquista de América. Ocasionalmente hizo poesía y la reunió en El arte de narrar (1977). En 1987 obtuvo el Premio Nadal. Murió el 11 de junio del 2005 en París, víctima de un cáncer de pulmón.


Fuente: Literatura argentina contemporánea. educar.org
Melan.

LOS SIETE LOCOS. LAS OPINIONES DEL RUFIÁN MELANCÓLICO de Roberto Arlt


[...]
Caminaban junto a los bardales, y en el dulce atardecer las palabras del macró abrían un paréntesis de extrañeza en Erdosain. Comprendía que se encontraba junto a una vida substancialmente distinta a la suya. Entonces, le preguntó:

­ ¿Y cómo se inició usted en la "vida"?

­ En ese tiempo era joven. Tenía veintitres años y una cátedra de matemáticas. Porque yo soy profesor ­añadió orgullosamente Haffner­, profesor de matemáticas. Con mi cátedra iba viviendo, cuando en un prostíbulo de la calle Rincón encontré una noche a una francesita que me gustó. Hace de esto diez años. Precisamente en esos días había recibido una herencia de cinco mil pesos de un pariente. Lucienne me agradó, y le ofrecí que vinera a vivir conmigo. Tenía un cafishio, el Marsellés, un gigante brutal, a quien veía de vez en cuando. No sé si por la labia, o porque era lindo, el caso es que la mujer se enamoró, y una noche de tormenta, la saqué de la casa. Fue eso una novela. Nos fuimos a las sierras de Córdoba, después a Mar del Plata, y cuando los cinco mil pesos se terminaron, le dije: "Buenos, adiós idilio. Se terminó." Entonces ella me dijo: "No, mi querido, nosotros no nos separaremos más."

Ahora iban bajo las bóvedas de verdura, ramas entrelazadas y ábsides de tallos. ­ Yo estaba celoso. ¿Sabe usted lo que es estar celoso de una mujer que se acuesta con todos? ¿Y sabe usted la emoción del primer almuerzo que paga ella con la plata del mishé? ¿Se imagina la felicidad de comer con los tenedores cruzados, mientras el mozo los mira a usted y a ella sabiendo quiénes son? ¿Y el placer de salir a la calle con ella prendida de un brazo mientras los tiras lo relojean? ¿Y ver que ella, que se acuesta con tantos hombres, lo prefiere a usted, únicamente a usted? Eso es muy lindo, amigo, cuando se hace la carrera. Y ella es la que se preocupa de que usted consiga otra mujer para que la explote, ella es la que la trae a su casa diciendo: "vamos a ser cuñadas", ella es la que varea a la primeriza para que levante únicamente viajes para usted, y cuanto más tímido y vergonzoso es usted, más goza ella en destruir sus escrúpulos, en hundirlo en su basura, y de pronto... cuando menos se acuerda se encuentra enterrado hasta los pelos en el barro... y entonces hay que bailar. Y mientras la mujer está metida hay que aprovechar, porque un día le da una viaraza, enloquece por otro, y con la misma inconsciencia con que lo siguió a usted se sacrifica de nuevo. Me dirá usted: ¿para qué necesita una mujer un hombre? Más, desde ya le diré: Ningún dueño de prostíbulo va a tratar con una mujer. Con quien trata es con su "marlu". El cafishio le da a una mujer tranquilidad para ejercer su vida. Los tiras no la molestan. Si cae presa, él la saca; si está enferma, él la lleva a un sanatorio y la hace cuidar, y le evita líos y mil cosas fantásticas. Vea, mujer que en el ambiente trabaja por su cuenta termina siendo siempre víctima de un asalto, una estafa o un atropello bárbaro. En cambio, mujer que tiene un hombre trabaja tranquila, sosegada, nadie se mete con ella y todos la respetan. Y ya que ella, por un motivo o por otro, eligió su vida, es lógico que por su dinero pueda darse la felicidad que necesita.

Claro, para usted todo esto es nuevo, pero ya se va a ir haciendo. Y si no, dígame: ¿cómo explicar que haya fioca que tenga hasta siete mujeres? El tano Repollo llegó en sus buenos tiempos a tener once mujeres. El gallego Julio, ocho. No hay francés casi que no tenga tres mujeres. Y ellas se conocen, y no sólo se conocen, si no que saben vivir juntas y rivalizan en quién le da más, porque es un orgullo ser la preferida de un hombre que los sosiega a los pesquisa más prepotentes de una sola mirada. Y pobrecitas, son tan locas, que uno no sabe si compadecerlas o romperles la cabeza de un palo.

Erdosain se sentía anonadado por el desprecio formidable que ese hombre revelaba hacia las mujeres. Y recordaba que en otra oportunidad el Astrólogo le había dicho: "El Rufián Melancólico es un tipo que al ver una mujer lo primero que piensa es esto: Ésta, en la calle, rendiría diez o veinte pesos. Nada más."

Y ahora sintió Erdosain que el hombre le repugnaba. Para cambiar de conversación, dijo: ­ Dígame... ¿Usted cree en el éxito de la empresa del Astrólogo?

­ No. ­

Y él sabe que usted no cree?

­ Sí.

¿Y por qué usted lo acompaña?

Yo lo acompaño relativamente, y de aburrido que estoy. Ya que la vida no tiene ningún sentido, es igual seguir cualquier corriente. ­

¿Para usted la vida no tiene ningún sentido? ­

Absolutamente ninguno. He organizado toda mi vida como la de un industrial. Todos los días me acuesto a las doce y me levanto a las nueve de la mañana. Hago una hora de ejercicio, me baño, leo los diarios, almuerzo, duermo una siesta, a las seis tomo el vermut y voy a lo del peluquero, a las ocho ceno, después salgo al café, y dentro de dos años, cuando tenga doscientos mil pesos, me retiraré del oficio para vivir definitivamente de mis rentas. ­

Y en realidad, ¿cuál va a ser su intervención en la sociedad del Astrólogo? ­

Si el Astrólogo consigue dinero, guiarlo en la junta de mujeres y en la instalación del prostíbulo. ­ Pero usted, en su interior, ¿qué piensa del Astrólogo?

Que es un maniático que puede o no tener éxito. ­

Pero sus ideas... ­

Algunas son embrolladas, otras claras, y francamente, no sé hasta donde quiere apuntar ese hombre. Unas veces usted cree estar oyendo a un reaccionario, otras a un rojo, y, a decir verdad, me parece que ni él mismo sabe lo que quiere. ­

¿Y si tuviera éxito...? ­

Entonces ni Dios sabe lo que puede ocurrir. ¡Ah!, a propósito, ¿usted le habló de cultivos de bacilos del cólera asiático? ­

Sí... sería un magnífico medio de combate contra el ejército. Desparramar un cultivo en cada cuartel. ¿Se da cuenta? Simultáneamente, treinta o cuarenta hombres pueden destruir el ejército y dejar que las masas proletarias hagan la revolución... ­

El Astrólogo lo admira mucho a usted. Siempre me ha hablado de usted como de un individuo que tiene grandes posibilidades de éxito.

Erdosain sonrió halagado.

­ Sí, algo estudia uno para destruir esta sociedad. Pero volviendo a lo de antes: lo que yo no concibo es su posición respecto a nosotros...

Haffner se volvió rápidamente, midió de una mirada a Erdosain como extrañado por los términos de éste, y luego, sonriendo burlonamente, agregó:

­ Yo no estoy en ninguna posición. Entiéndame bien. A mí no me perjudica ayudar al Astrólogo. Lo demás, sus teorías, las tomo como a cuenta de conversación. Él es para mí un amigo que piensa instalar un negocio, previsto y tolerado por nuestras leyes. Eso es todo. Ahora, que el dinero que él gane con ese negocio lo invierta en una sociedad secreta o en un convento de monjas, personalmente no me interesa. Ya ve usted que mi actuación en la famosa sociedad no puede ser más inocente.

­ ¿Y a usted le resulta lógico pensar que una sociedad revolucionaria se base en la explotación del vicio de la mujer?

El Rufián frunció los labios. Luego, mirando de reojo a Erdosain, se explicó: ­

Lo que usted dice no tiene sentido. La sociedad actual se basa en la explotación del hombre, de la mujer, y del niño. Vaya, si quiere tener consciencia de los que es la explotación capitalista, vaya a las fundiciones de hierro de Avellaneda, a los frigoríficos y a las fábricas de vidrio, manufactura de fósforos y tabaco. ­Reía desagradablemente al decir estas cosas­. Nosotros, los hombres del ambiente, tenemos una o dos mujeres; ellos, los industriales, a una multitud de seres humanos. ¿Cómo hay que llamarles a esos hombres? ¿Y quién es más desalmado, el dueño de un prostíbulo o la sociedad de accionistas de una empresa? Y sin ir más lejos, ¿no le exigían a usted que fuera honrado con un sueldo de cien pesos y llevando diez mil en la cartera? ­

Tiene razón... pero entonces, ¿por qué me facilitó el dinero? ­

Eso es harina de otro costal. ­

Pero a mí me preocupa. ­

Bueno, hasta la vista.

Y antes de que Erdosain pudiera contestarle, el Rufián tomó por una diagonal arbolada. Andaba apresuradamente. Erdosain le miró un instante, luego echó a caminar tras él, y le alcanzó junto a una esquina. Haffner se volvió irritado, y ya estridente exclamó:

­ ¿Se puede saber qué es lo que quiere usted de mí? ­

¿Lo que quiero?... Quiero decirle esto: Que no le agradezco absolutamente nada del dinero que me ha dado. ¿Sabe? ¿Quiere el cheque? Aquí lo tiene.

Y, efectivamente, se lo alcanzaba, pero el Rufián lo examinó esta vez despreciativamente:

­ No sea ridículo, ¿quiere? Vaya y pague.

Los alambrados ondularon ante los ojos de Erdosain. Sufría visiblemente, porque palideció hasta quedar amarillo. Se apoyó en un poste, creía que iba a vomitar. Haffner, detenido frente a él, le preguntó condescendiente: ­

¿Se le pasa el mareo? ­

Sí... un poco... ­

Usted está mal... tiene que hacerse ver...
[...]



BIOGRAFIA:


Novelista y dramaturgo argentino, que abrió el camino a una nueva narrativa de tema urbano. Nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900, hijo de padre alemán y madre italiana. Abandonó la escuela primaria antes de aprobar el tercer curso, aunque a los ocho años ya escribió sus primeros relatos. Pronto fue un fiel frecuentador de la biblioteca del barrio donde leía libros de tendencia anarquista y luego a los escritores rusos Gorki, Tolstoi y Dostoievski. Entró en la Escuela Mecánica de la Armada de donde le expulsaron en 1910, lo que provocó conflictos con su padre. En 1924 comienza a relacionarse con los escritores de Florida y Boedo a cuyas diferencias poéticas y políticas asiste pero sin adherirse a ninguna en particular. Entró como secretario de Ricardo Güiraldes en 1924 y empezó a publicar en la revista Proa que Güiraldes dirigía; también escribió crónicas policiales en el diario Crítica, y desde entonces se dedicó al periodismo. En 1930 obtuvo el tercer premio del Concurso Literario Municipal con su novela Los siete locos (1932) que es un examen desesperado sobre la desorientación que provocó la I Guerra Mundial. Viaja a España y a su regreso a Argentina se encuentra con Juan Carlos Onetti con el que mantuvo una buena amistad. Roberto Arlt llevó una vida llena de privaciones y de todo de tipo de problemas y Onetti ha dicho de él: "Es el último tipo que escribió novela contemporánea en el Río de la Plata". Su primer libro, El juguete rabioso (1926), es una de las mejores novelas argentinas. Llena de rasgos autobiográficos y picarescos, expresa angustia y violencia con un soporte lingüístico áspero, vivísimo, al narrar la iniciación de un adolescente al mundo del hampa. En Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), donde se aprecia la influencia de Fiódor Dostoievski, uno de sus escritores preferidos, vuelve a aparecer retratado de modo muy realista el mundo de los bajos fondos de Buenos Aires, con sus tangos, delincuentes, prostitutas y rufianes. Arlt también escribió relatos, crónicas y obras de teatro renovadoras como La isla desierta (1937), un amargo retrato sobre la burocracia. Murió el 26 de julio de 1942 víctima de un ataque cardíaco.


Fuente: Literatura.org, Literatura argentina contemporánea.



Melan.

lunes, 15 de junio de 2009

LA CICATRIZ. FALSIFICACIONES de Marco Denevi




Según Gustav Büscher (El libro de los misterios, Barcelona, 1961) el arqueólogo alemán Hilprecht decifró los caracteres cuneiformes inscriptos en dos piedras que desenterró de las ruinas de Nippur, Babilonia, gracias a un sueño revelador: en ese sueño, un sacerdote, luego de aclararle que las piedras eran las dos mitades de una tabla votiva, le explicó el contenido de la inscripción. Al día siguiente Hilprecht pudo decifrar la escritura sin ninguna dificultad.


Conozco un caso todavía más extraordinario de sueño revelador. Ascanio Baielli leía todos los domingos de 1960, por el servicio de la Radiodifusión Italiana (RAI), una serie de relatos ya imaginarios, ya históricos, agrupados bajo el título de Storie per la sera della domenica (Cuentos para le velada del domingo). "La anunciación del traidor", incluido en la presente antología, es uno de esos relatos.


Pues bien: un sábado Baielli preparaba el material para la audición del domingo siguiente. Ninguno de los dos o tres textos que había escrito (más bien que había esbozado) lo satisfacía. A la madrugada, vencido por la fatiga, se durmió.


Soñó que él era un muchachito de no más de doce años. Se veía a sí mismo vestido como un humilde mancebo del Quinientos, flaco, débil y esmirriado. Otros pilluelos lo perseguían, le arrojaban piedras, lo cubrían de burlas y de insultos. Y él corría, corría por las callejuelas enredadas y sombrías de una ciudad de aspecto medieval, llegaba a las afueras, se escondía entre unos matorrales, temblaba de miedo, lloraba de rabia, jurando vengarse de sus perseguidores.


Desde su escondite veía pasar una columna de soldados. Al frente iba un condottiero. Él admiraba los trajes, las armas, las plumas, los estandartes, las gualdrapas, los arneses. Pero lo que más admiraba era la larga cicatriz que el condottiero lucía en su rostro. Larga y temblona, nacía en el párpado derecho para morir en el centro del mentón, después de atravesar, como un río lento, la llanura de la mejilla. El condottiero cabalgaba medio adormilado, la vista perdida en la torva cavilación y en el ensueño. Pero la cicatriz miraba por él, hablaba por él, lo volvía despierto y terrible. La cicatriz avanzaba por el camino como una bandera de guerra, atronaba la tarde como la deflagración de la pólvora, como una fanfarria de bronces marciales. La cicatriz pasaba y todos los demás rostros parecían palidecer, como bajo la luz del sol en un eclipse. Hasta que el cortejo se perdía entre la bruma y el polvo.


Entonces el muchachito se dirigía a una casa solitaria, y en un cuarto atiborrado de retortas, probetas y manojos de hierbas, un viejo con facha de brujo le tatuaba en la cara una cicatriz igual a la del condottiero. Precedido y seguido por la cicatriz como por un aullido, él caminaba otra vez por la ciudad de callejuelas siniestras,las gentes lo miraban y se apartaban, los granujas que lo habían vejado se escondían en sus casas, el muchachito ahora marchaba erguido y desafiante. De pronto se veía un hombre hecho y derecho, al frente de una tropa de mercenarios. Atravesaba ciudades, campos, viñedos. Un silencio de pasmo y de terror los flanqueaba. Oía a sus espaldas el temeroso bisbiseo de la villanía: Ecco l'Impunito, ecco l'Impunito! Con secreto regocijo, con secreta angustia, pensaba que todo se lo debía a su feroz cicatriz, pero que si el engaño era descubierto lo aguardaba un destino ominoso, las befas, el desprecio, sin duda la muerte. A ratos sentía la tentación de espiar hacia uno y otro costado a ver si entre la turba de campesinos o semioculto detrás de un árbol algún débil muchachito lo estaba mirando. Entonces lo habría llamado, le habría revelado, a él solo, sin que nadie lo oyese, la verdad de la mentira de su cicatriz, le habría dicho: Ve, hazte tatuar una herida como la mía y estarás a salvo. Pero enseguida se arrepentía y seguía adelante sin volver la cabeza, porque no podía defraudar a ese muchachito, si en verdad existía y estaba allí, porque él debía ser, para el muchachito, la misma figura implacable y abismal, que no condesciende siquiera a una mirada de soslayo, que el condottiero había sido para él.


Después llegaba con sus mercenarios a un pequeño valle surcado por un río. Y de golpe, entre los árboles, brotaban soldados como hormigas, y él experimentaba una angustia tan intensa que Ascanio Baielli despertó. L'Impunito. ¿ Dónde había oído antes, dónde había leído ese nombre? Consultó diccionarios, enciclopedias, libros de historia. En los Saggi sopra il secolo XVI, de César Cantú, halló este párrafo: "En 1587 el grueso de las tropas papistas fue diezmado por los imperiales en una emboscada que le tendieron el los alrededores de Valderrosa. Pero más que la sorpresa, lo que desconcertó a los soldados de Adriano VII fue la increíble conducta de su jefe, Giambattista Crispi, llamado l'Impunito, que sin oponer la menor resistencia se dejó matar por un oscuro condottiero enemigo, un viejo que a la sazón contaba más de setenta años. El Papa, rabioso, atribuyó el inexplicable hecho a una brujería, en tanto que los partidarios del Emperador de Alemania escupieron sobre el nombre de un cobarde, lo que, frente a los antecedentes de l'Impunito, pareció una fanfarronada injuriosa".


La noche del domingo, Ascanio Baielli terminó su relato con estas palabras: "Tal vez nosotros podamos conjeturar la verdad. El condottiero y Giambattista Crispi se encontraron, se miraron. Cicatrices idénticas refulgían en sus rostros. Pero el condottiero debió comprender enseguida que aquellas dos cicatrices no podían ser reales, que una tenía que ser falsa, la copia de la verdadera. O habrá sido l'Impunito el que sintió la vergüenza de esa confrontación, el que entendió que su valor, como su cicatriz, podía engañar a los demás pero no podía engañar al condottiero. Y convertido otra vez en un muchachito débil y pusilánime, se habrá dejado matar por el único hombre que podía matarlo. Y quien sepa hacerlo, que extraiga de esta historia la moraleja que yo no me atrevo a añadirle".

BIOGRAFIA:





Nació en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, el 12 de mayo de 1922, y falleció en la Ciudad de Buenos Aires el 12 de diciembre de 1998.Cuentista brillante, pensador agudo e irónico, hombre retraído de las fiestas literarias, Marco Denevi, se abrió paso en las letras argentinas hasta ocupar un lugar relevante por la originalidad y la madurez de sus obras, y no por la publicidad personal, a la que era particularmente reacio.Desde muy niño sintió una fuerte atracción por la música -tocaba muy bien el piano- y la lectura. Cuando llegó a ser miembro de la Academia Argentina de Letras, en 1987, agradeció a sus padres que en sus manos de chico "depositaron un billete de un viaje que desde entonces no ha dejado de emprender: el de la lectura, con un atracón, a los 12 años, de Stevenson, Dumas, Pérez Galdós..."Su primera y siempre recordada novela, escrita a los 33 años "Rosaura a las diez", (una novela policial en la que introduce el perspectivismo, por el cual cada protagonista narra la misma historia desde su propio enfoque, su particular punto de vista) obtuvo el Premio Kraft en 1955, iniciándolo en el camino de la literatura. (En esa ocasión un jurado de muy alto nivel observó la calidad de la narración de un escritor novel, un abogado que se desempeñaba en el área legal de la Caja Nacional de Ahorro Postal). "Rosaura a las diez" también fue llevada al cine por Mario Soffici en una versión en la que se destacaron Susana Campos y Juan Verdaguer.Posteriormente (1960) recibió el Primer Premio de la revista Life en español para escritores Latinoamericanos, por el cuento "Ceremonia secreta" (entre 3000 concursantes). Ese relato fue traducido al inglés, al francés, al italiano, al japonés y a otros idiomas, y en 1968 fue llevado al cine por Joseph Losey, en Hollywood. La versión cinematográfica fue protagonizada por Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow.También recibió el Premio Argentores en 1962 por "El cuarto de la noche". A partir de allí, conquistó un justo prestigio internacional basado en una obra profunda y deslumbrante. (El Kraft y el Life, que lo hicieron conocido en el país y en el mundo, fueron los únicos premios a los que se presentó Denevi. Recibiría muchos otros, como el de la Comisión de la Manzana de las Luces, que le llegaron sin buscarlos).Aunque no se sabe si quiso ser dramaturgo, una obra suya, "Los expedientes" (1957), ganó el premio Nacional de Teatro, también escribió luz "El emperador de la China" (1959) y "El cuarto de la noche" (1962). Otras obras suyas son las novelas y cuentos "Un pequeño café" (1967), "Manuel de historia" (1985), "Enciclopedia secreta de una familia argentina" (1986), "Hierba del cielo" (1991), "El jardín de las delicias" (1992) y "El amor es un pájaro rebelde" (1993).Con María Angélica Bosco escribió el guión de un programa de televisión: "División homicidios".Desde 1980 practicó el periodismo político, actividad que, según él, le ha proporcionado las mayores felicidades en su oficio de escritor. Enfocaba sus artículos, con coraje y fervor ciudadano los problemas de la sociedad, las fallas en la representación política, la corrupción, la burocracia o los excesos de "viveza criolla", siempre mostró su respeto por valores que vio vivir en su casa y en el medio circundante y cuya erosión y decadencia en la vida argentina no dejó de lamentar. Contaba sobre su padre: "A fines del siglo pasado vino jovencito a la República Argentina. Aquí no contaba ni con parientes ni con amigos, pero disponía de un carácter decidido, de una voluntad de hierro y de una honradez insobornable. Trabajó, fue todo lo que hizo. A los cincuenta años, ya casado con una argentina, ya padre de siete hijos, se retiró de los negocios y vivió de rentas. Contribuyó al progreso de un pueblecito en los alrededores de Buenos Aires y en 1949 murió ignorando qué eran la viveza, la especulación, el engaño, la usura."Los títulos de algunos de sus artículos muestran claramente el motivo de sus diarias preocupaciones: "Los monarcas de la República", "¿Gobernantes cuerdos o gobernantes locos?", "Me gusta ser argentino", "El argentinglés y otras amenidades" (sobre la creciente influencia inglesa en el idioma) o "Perplejidades de un argentino apolítico", en el cual decía que no era hombre de partido, y afirmaba: "Mi único proselitismo es en favor de la democracia". En 1990 fue presidente honorario del Consejo de Ciudadanos, entidad que promovió para incentivar la inquietud cívica.En 1986 dijo que hacía 18 años que vivía de lo que escribía, "lo que en estos tiempos ya es bastante"."Me valgo de la ironía en la novela como la uso en la vida -admitió alguna vez-: para disimular que soy un sentimental, un blando de corazón, alguien a quien resulta fácil conmover.""¿Qué condiciones debe reunir una novela para atraer al lector?", le preguntó a Denevi una vez María Esther Vázquez. "Que la lectura sea una felicidad", le contestó."Mi mayor ambición es que el acto de la lectura sea de disfrute, de goce para quienes me leen -dijo en una entrevista-. En estos tiempos en que tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso... A mí no me importa más que eso."Y señalaba que no pasaba de cinco mil lectores fieles, "que no me harán rico, pero me hacen feliz"."Vivo de lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura. Incluyo periodismo, guiones de televisión y de cine, y no incluyo cartas pidiendo dinero porque no las escribo", dijo en 1986.




Fuente: Propia. Libro Falsificaciones de Marco Denevi


Literatura latinoamericana.com




Melan.




Melan.

A PESAR DE LOS PESARES de Eduardo Galeano


América Latina ya no es una amenaza. Por tanto, ha dejado de existir. Rara vez las fábricas universales de opinión pública se dignan a echarnos alguna ojeada. Y sin embargo Cuba, que tampoco amenaza a nadie, es todavía una obsesión universal. No le perdonan que siga estando, que maltrecha y todo siga siendo. Esa islita sometida a feroz estado de sitio, condenada al exterminio por hambre, se niega a dar el brazo a torcer. ¿Por dignidad nacional? No, no, nos explican los entendidos: por vocación suicida. Con la pala en alto, los enterradores esperan. Tanta demora los irrita. Al Este de Europa han hecho un trabajo rápido y total, contratados por los propios cadáveres, y ahora están ansiosos por arrojar tierra sin flores sobre esta porfiada dictadura roja que se niega a aceptar su destino. Los enterradores ya tienen preparada la maldición fúnebre. No para decir que la revolución cubana ha muerto de muerte matada: para decir que ha muerto porque morir quería.

Entre los más impacientes, entre los más furiosos, están los arrepentidos. Ayer han confundido al estalinismo con el socialismo y hoy tienen huellas que borrar, un pasado que expiar: las mentiras que dijeron, las verdades que callaron. Es el Nuevo Orden Mundial, los burócratas se hacen empresarios y los censores se vuelven campeones de la libertad de expresión.

Nunca he confundido a Cuba con el paraíso. ¿Por qué voy a confundirla, ahora, con el infierno? Yo soy uno más entre los que creemos que se puede quererla sin mentir ni callar.

Fidel Castro es un símbolo de dignidad nacional. Para los latinoamericanos, que ya estamos cumpliendo cinco siglos de humillación, un símbolo entrañable. Pero Fidel ocupa, desde hace añares, el centro de un sistema burocrático, sistema de ecos de los monólogos del poder, que impone la rutina de la obediencia contra la energía creadora; y a la corta o a la larga, el sistema burocrático -partido único, verdad única- acaba por divorciarse de la realidad. En estos tiempos de trágica soledad que Cuba está sufriendo, el Estado omni-potente se revela omni-impotente.

Ese sistema no proviene de la oreja de una cabra. Proviene, sobre todo, del veto imperial. Apareció cuando la revolución no tuvo más remedio que cerrarse para defenderse, obligada a la guerra por quienes prohibían que Cuba fuera Cuba; y el incesante acoso exterior lo fue consolidando a lo largo del tiempo. Hace más de treinta años que el veto imperial se aplica, de mil maneras, para impedir la realización del proyecto de la Sierra Maestra. Continuo escándalo de hipocresía: desde aquel entonces, toman examen de democracia a Cuba, los fabricantes de todas las dictaduras militares que en Cuba han sido. En Cuba, democracia y socialismo nacieron para ser dos nombres de la misma cosa; pero los mandones del mundo sólo otorgan la libertad de elegir entre el capitalismo y el capitalismo.

El modelo de la Europa del Este, que tan fácilmente se ha derrumbado allá, no es la revolución cubana. La revolución cubana, que no llegó desde arriba ni se impuso desde afuera, ha crecido desde la gente, y no contra ella ni a pesar de ella. Por eso ha podido desarrollar una conciencia colectiva de patria: el imprescindible auto-respeto que está en la base de la auto-determinación.

El bloqueo de Haití, anunciado con bombos y platillos en nombre de la democracia herida, fue un fugaz espectáculo. No duró nada. Terminó mucho antes del regreso de Aristide. No podía durar: en democracia o en dictadura, hay cincuenta empresas norteamericanas que sacan jugo a esa mano de obra baratísima. En cambio, el bloqueo contra Cuba se ha multiplicado con los años. ¿Un asunto bilateral? Así dicen; pero nadie ignora que el bloqueo norteamericano implica, hoy por hoy, el bloqueo universal. A Cuba se le niega el pan y la sal y todo lo demás. Y también implica, aunque lo ignoren muchos, la negación del derecho a la autodeterminación. El cerco asfixiante tendido en torno a Cuba es una forma de intervención, la más feroz, la más eficaz, en sus asuntos internos. Genera desesperación, estimula la represión, desalienta la libertad. Bien lo saben los bloqueadores.

Ya no hay Unión Soviética. Ya no se puede cambiar, a precios justos, azúcar por petróleo. Cuba queda condenada al desamparo. El bloqueo multiplica el canibalismo de un mercado internacional que paga nada y cobra todo. Acorralada, Cuba apuesta al turismo. Y se corre el peligro de que resulte peor el remedio que la enfermedad. Cotidiana contradicción: los turistas extranjeros disfrutan de una isla dentro de la isla, donde para ellos hay lo que para los cubanos falta. Se reabren viejas heridas de la memoria. Hay bronca popular, bronca justa, en esta patria que había sido colonia, y había sido putero, y había sido garito. Penosa situación, sin duda; que por ser cubana, se mira con lupa. Pero, ¿quién puede tirar la primera piedra? ¿No se consideran normales, en toda América Latina, los privilegios del turismo extranjero? Y, peor, ¿no se considera normal la sistemática guerra contra los pobres, desde el mortal muro que separa a los que tienen hambre de los que tienen miedo?

¿En Cuba hay privilegios? ¿Privilegios del turismo y también, en cierta medida, privilegios del poder? Sin duda. Pero el hecho es que no existe sociedad más igualitaria en América. Se reparte la pobreza: no hay leche, es verdad, pero la leche no falta a los niños ni a los viejos. La comida es poca, y no hay jabones, y el bloqueo no explica por arte de magia todas las escaseces; pero en plena crisis sigue habiendo escuelas y hospitales para todos, lo que no resulta fácil de imaginar en un continente donde tantísima gente no tiene otro maestro que la calle, ni más médico que la muerte. La pobreza se reparte, digo, y se reparte: Cuba sigue siendo el país más solidario del mundo. Recientemente, por poner un ejemplo, Cuba fue el único país que abrió las puertas a los haitianos fugitivos del hambre y de la dictadura militar, que en cambio fueron expulsados de los Estados Unidos. 1

Tiempo de derrumbamiento y perplejidad; tiempo de grandes dudas y certezas chiquitas. Pero quizá no sea tan chiquita esta certeza: cuando nacen desde adentro, cuando crecen desde abajo, los grandes procesos de cambio no terminan en su lado jodido. Nicaragua, pongamos por caso, que viene de una década de asombrosa grandeza, ¿podrá olvidar lo que aprendió en materia de dignidad y justicia y democracia? ¿Termina el sandinismo en algunos dirigentes que no han sabido estar a la altura de su propia gesta, y se han quedado con autos y casas y otros bienes públicos? Seguramente el sandinismo es bastante más que esos sandinistas que habían sido capaces de perder la vida en la guerra y en la paz no han sido capaces de perder las cosas.

La revolución cubana vive una creciente tensión entre las energías de cambio que ella contiene y sus petrificada estructuras de poder. Los jóvenes, y no sólo los jóvenes, exigen más democracia. No un modelo impuesto desde afuera, prefabricado por quienes desprestigian a la democracia usándola como coartada de la injusticia social y la humillación nacional. La expresión real, no formal, de la voluntad popular, quiere encontrar su propio camino. A la cubana. Desde adentro, desde abajo. Pero la liberación plena de esas energías de cambio no parece posible mientras Cuba continúe sometida a estado de sitio. El acoso exterior alimenta las peores tendencias del poder: las que interpretan toda contradicción como un posible acto de conspiración, y no como la simple prueba de que está viva la vida.

Se juzga a Cuba como si no estuviera padeciendo, desde hace más de treinta años, una continua situación de emergencia. Astuto enemigo, sin duda, que condena las consecuencias de sus propios actos. Yo estoy en contra de la pena de muerte. En cualquier lugar. En Cuba, también. Pero, ¿se puede repudiar los fusilamientos en Cuba sin repudiar, a la vez, el cerco que niega a Cuba la libertad de elegir y la obliga a vivir en vilo? Sí, se puede. Al fin y al cabo, a Cuba le dictan cursos de derechos humanos quienes silban y miran para otro lado cuando la pena de muerte se aplica en otros lugares de América. Y no se aplica de vez en cuando, sino de manera sistemática: achicharrando negros en las sillas eléctricas de los Estados Unidos, masacrando indios en las sierras de Guatemala, acribillando niños en las calles de Brasil. Y por lamentables que hayan sido los fusilamientos en Cuba, al fin y al cabo, ¿deja de ser admirable la porfiada valentía de esta isla minúscula, condenada a la soledad, en un mundo donde el servilismo es alta virtud o prueba de talento? ¿Un mundo donde quien no se vende, se alquila?


BIOGRAFIA:

Eduardo Germán Hughes Galeano, nace en Montevideo el 3 de septiembre de 1940. En él conviven el periodismo, el ensayo y la narrativa, siendo ante todo un cronista de su tiempo, certero y valiente, que ha retratado con agudeza la sociedad contemporánea, penetrando en sus lacras y en sus fantasmas cotidianos. Lo periodístico vertebra su obra de manera prioritaria. De tal modo que no es posible escindir su labor literaria de su faceta como periodista comprometido.

A los 14 años entró en el mundo del periodismo, publicando dibujos que firmaba "Gius", por la dificultosa pronunciación castellana de su primer apellido. Algún tiempo después empezó a publicar artículos. Se firmó Galeano y así se le conoce. Ha hecho de todo: fue mensajero y dibujante, peón en una fábrica de insecticidas, cobrador, taquígrafo, cajero de banco, diagramador, editor y peregrino por los caminos de América.

En sus inicios fue redactor jefe de la prestigiosa revista Marcha (1960-64), publicación que durante décadas dio cobijo a las voces más interesantes de las letras uruguayas y que terminó siendo silenciada en 1974 por la dictadura. En el año 1964 Galeano es director del diario Época. En 1973 Galeano tuvo que exiliarse a Argentina en donde funda y dirige una revista literaria titulada Crisis, en la que también destaca la labor del poeta Juan Gelman. En 1975 se instala en España, encontrando un país que estaba a punto de dar un salto histórico cualitativo, con el octogenario dictador como sombra de sí mismo. Reside en Calella, al norte de Barcelona. Publica en revistas españolas y colabora con una radio alemana y un canal de televisión mexicano. Sus primeros escritos son reportajes de corte político en los que la realidad aparece continuamente golpeada por las circunstancias. Tanto el reportaje titulado "China" (1964) como "Crónica de un desafío", del mismo año, o "Guatemala, un país ocupado" (1967) reflejan una escritura de urgencia, de denuncia, que retrata la cotidianeidad de unos tiempos difíciles con una escritura situada siempre en primera línea de los hechos que vertebran el presente. Con "Las venas abiertas de América latina" (1971), explicativo título, logró su obra más popular y citada, condenando la opresión de un continente a través de páginas brutalmente esclarecedoras que se sumergen en la amargura creciente y endémica de América Latina. Esta obra ha sido traducida a dieciocho idiomas y mereció encendidos elogios desde diversos sectores. El escritor alemán Heinrich Böll, Premio Nobel de Literatura en 1972 y autor de "Opiniones de un payaso", obra clave de la literatura contemporánea, llegó a decir a propósito de la obra de Galeano que pocas obras en los últimos tiempos le habían conmovido tanto.

Junto al Galeano periodista empieza a aparecer el Galeano narrador que prolonga en sus obras su visión de América Latina. De la novela corta "Los días siguientes" (1963) a los relatos contenidos en "Vagamundo" (1973) pasan diez años pero se mantiene una misma percepción de las cosas, continuada en "La canción de nosotros" que merecío el premio Casa de las Américas de 1975. En Galeano el contexto político y social no puede eludirse y es el marco central en el que transitan sus historias. "Días y noches de amor y de guerra" (1978) se enmarca en los difíciles días de la dictadura en Argentina y Uruguay.

Con la "Memoria del fuego" hay una recuperación del pasado indigenista. Esta obra narra la odisea de las dos Américas, centrándose en los hechos más cotidianos, componiendo una trilogía febril e incisiva, apoyada en la rigurosidad de las fuentes y en la que se entrecruzan crónicas históricas con pinceladas del presente, siempre en busca de un futuro más justo. De aquella trilogía histórica formaban parte "Los nacimientos" (1982), "Las caras y las máscaras" (1984) y "El siglo del viento" (1986). En los tres libros hay un mismo objetivo y como dice el periodista italiano Gianni Miná, una voz incisiva y militante que trata de impedir que se olvide la tragedia que asola a quienes viven en el más completo subdesarrollo.

"La memoria del fuego" está estructurada en torno a pequeñas vivencias cotidianas que es en donde encuentra Galeano la verdadera grandeza del ser humano. La intrahistoria es el universo en el que caminan las obras del escritor uruguayo, al margen de grandes gestas y de sucesos grandilocuentes, que se apartan del hombre de a pie y del verdadero devenir de los acontecimientos históricos. Son, en palabras de Galeano, historias pequeñas, pero no minimalistas.

Joan Manuel Serrat toma prestado un fragmento de una de estas historias de la "Memoria del fuego" para ilustrar a modo de presentación en sus recitales el tema "Che Pykasumi", que el cantautor interpreta en lengua guaraní.

Un año antes de la publicación de "El siglo del viento" y una vez terminada la dictadura uruguaya regresa a Montevideo. Tres años después firma "El libro de los abrazos", de contenido más sutil y poético. El propio Galeano definiría de este modo la raíz de esta obra: "Creo que un autor al escribir abraza a los demás. Y éste es un libro sobre los vínculos con los demás, los nexos que la memoria ha conservado, vínculos de amor, solidaridad. Historias verdaderas vividas por mí y por mis amigos, y como mi memoria está llena de tantas personas, es al mismo tiempo un libro de "muchos"... Es un equívoco que ha fragmentado los lazos de solidaridad, que ha condenado a este mundo de finales de siglo a tener hambre de abrazos, a padecer de soledad, el peor tipo de soledad: la soledad en compañía. Es el mismo proceso que se manifiesta con la pobreza".

Precisamente en "El libro de los abrazos", uno de los libros más exitosos y logrados de Galeano, está contenido un pequeño relato titulado "La noche". Este relato dividido en cuatro partes sirvió de inspiración a Serrat para su canción "Secreta mujer" que formó parte del álbum "Sombras de la China" (1998):

LA NOCHE / 1 No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
LA NOCHE / 2 Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.
LA NOCHE / 3 Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.
LA NOCHE / 4 Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.La luna tiene dos noches de edad.Yo, una.


El mismo año de "El libro de los abrazos" aparece "Nosotros decimos no". En 1992 publica "Ser como ellos y otros artículos" y un año después "Las palabras andantes", recopilación de cuentos y reflexiones ilustrados por el artista brasileño José Francisco Borges. El propósito de Galeano en los 90 sigue siendo el mismo que le había impulsado en las otras décadas. Palpar la realidad y luego derramarla en un libro. Como respiro, muestra su pasión por el fútbol y lo reivindica desde la literatura, al modo que también hará Javier Marías, en un libro titulado "El fútbol a sol y sombra".

En 1998 Galeano ofrece en "Patas arriba. La escuela del mundo al revés", otro de esos libros de denuncia que no edulcoran el presente ni rehuyen de sus sombras. Es por tanto Galeano un ejemplo de coherencia en una obra que sirve siempre de guía a la hora de definir un continente como el de América Latina que debe seguir cerrando heridas. La voz de Galeano suena clara en el marasmo de intereses e injusticias cotidianas. Más allá de una obra literariamente sólida, está la figura del cronista que persigue injusticias, que conjura temores, que rescata del abismo personajes e historias postergadas.

La obra de Eduardo Galeano nos convoca a mirar qué pasado hemos levantado y qué futuro estamos dejando para nuestros descendientes. Establece un frente común contra la pobreza, la miseria moral y material, la hipocresía de un mundo que sigue abriendo cada vez más distancias entre los que tienen y los que no tienen. Lo demagógico puede ser un riesgo inevitable en este tipo de propuestas, pero Galeano la salva con un estilo conciso, brillante y, sobre todas las cosas, necesario. En Eduardo Galeano hay un compromiso constante con el ser humano y sobre todo una fidelidad a unas ideas que condenan el neoliberalismo y que siguen apostando por un socialismo real, no de andar por casa, y que de alguna forma recupere el pulso perdido, lejos del presente en el que el hombre es visto como una mercancía y en el que parece que no hay lugar para las utopías.

Eduardo Galeano reside desde 1985, -tras finalizar la dictadura uruguaya-, en su Montevideo


Fuentes: La página de los cuentos. Biografía de http//www.jmserrat.com/bio/galeano.htlm
Melan.

PLEBSTER Y ORSI DEL PLANETA PROCYON de Roberto Fontanarrosa


Plebster y Orsi, del planeta Procyon(de Roberto Fontanarrosa)
lebster estaba mirando por la ventanilla frontal de la nave el paso oscilante de los meteoritos. Como todos los dermolinfomas del planeta Procyon, el pequeño Plebster experimentaba una inusual melancolía a la vista de aquellos inmensos pedazos de roca que surcaban el espacio ya que le recordaban a Vendelinus, la segunda luna de Procyon, estallada tempranamente. Esa melancolía no llegaba a ser tristeza, pues la tristeza, en su planeta, era un líquido. Más allá, abstraído en la conducción de la nave, se hallaba Orsi, su compañero de vuelo. Orsi era extrañamente inquieto para ser un nativo de Procyon y hallaba interés aún en las cosas más mundanas y rutinarias del espacio. Plebster, en cambio, acusaba ya el cansancio de la larga misión que les fuera asignada y su leve piel casi translúcida había comenzado a tomar el tinte ceniciento del hastío. No deseaba otra cosa que volver a la exultante atmósfera de Procyon y reunirse con Enif. -- Oye, Plebster --dijo Orsi, de pronto--. Hemos tenido que desviarnos bastante de la ruta. Plebster no le contestó. Empezaba a molestarle, incluso, el acento apagado de la voz de su compañero. -- Pero es que aún subsiste la lluvia de meteoros --explicó Orsi. -- Apenas termine, regresamos a nuestra elipse --bufó Plebster. -- No es eso. No es eso lo que quería decirte. Ocurre que nuestro desvío nos ha llevado al área de influencia de un planeta muerto, el viejo Maurolycus. Plebster volvió a resoplar y la expulsión del aire hizo que su cobertura dérmica se arrugara con leves crujidos. El imbécil de Orsi había encontrado un nuevo motivo de curiosidad para su espirítu simple. Tiempo atrás había perseguido durante seis días la cola de un cometa, subyugado por el destello cambiante de la luz solar sobre las partículas en suspenso. -- No sé si recuerdas --continuó Orsi-- que Maurolycus era un planeta habitado. Y que sus habitantes lo llamaban "Tierra". ¿Recuerdas? Plebster aprobó con la bamboleante cabeza experimentando el consabido hormiguero en su zona motriz. La memoria era una función fisiológica en los naturales de Procyon, que se incentivaba con la inmovilidad. -- Decía mi padre --continuó Orsi, entusiasmado-- que la atmósfera de la Tierra debió haber sido bastante similar a la nuestra. Y, por lo tanto, sus habitantes parecidos a nosotros. -- No sigas, Orsi. Ya sé adonde quieres llegar. -- Te explico, solamente. -- No, lo que tu quieres es bajar en ese puto planeta. Orsi se mantuvo uno instantes en silencio. Le molestaba grandemente cuando Plebster hacía uso de malas palabras. Plebster lo sabía y abundaba en ellas cuando deseaba incomodar a Orsi. -- Te explico, solamente --repitió. -- Te conozco, Orsi. Se te ha metido esa insana idea en tu centro de reflexiones y no habrá poder en el universo que te la quite. Orsi no contestó, pero, como corroborando lo dicho antes por Plebster, buscó algo frenéticamente en la consola de informes. Tomó entonces uno de los compendios de conocimiento y lo introdujo en la memoria de la pantalla. Pronto, una sucesión de caracteres pobló el recuadro luminoso. -- Mira, Plebster --anunció--. Algo raro ocurrió, luego, en ese planeta. Combatieron entre ellos mismos. Se elevó una enorme nube de polvo que lo cubrió todo y ya fue imposible observarlo desde afuera... -- Se cansaron, Orsi. Se cansaron de que los espiáramos --gruñó Plebster. -- No. Nada de eso. Fue una guerra total. No quedó nada vivo... -- Se cansaron de que criaturas como tú se la pasaran espiando qué era lo que ellos hacían o dejaban de hacer... -- Dos sensores que enviamos hace mucho tiempo no detectaron ni actividad humana ni vegetación. Solo desiertos arrasados y secos. -- Se hartaron de tipos como tú y su puta curiosidad. Otra vez aquella fea palabra, absolutamente prohibida en el ámbito de Procyon, pero tolerada en el espacio abierto, en las naves expedicionarias, en los navegantes. Orsi procuró dominarse. -- Pero... mira lo que dice acá... --señaló la pantalla--. Hay versiones que sostienen que pueden haber quedado terráqueos vivos en refugios subterráneos, blindados, preparados para soportar una guerra nuclear... ¿No sería eso maravilloso? -- Oh, Orsi --gruñó Plebster--. No jodas. -- ¡Vamos allí a comprobarlo, Plebster! Plebster lo miró largamente. Sabía que era totalmente inútil luchar. Orsi no poseía la clásica indolencia de los dermolinfomas y toda iniciativa se enraizaba en él como una planta trepadora. -- Oye Orsi. Quiero volver a casa. -- Y volveremos, Plebster, ¿quién dice que no? --Orsi ya habia tomado aquella plañidera petición de su compañero como una afirmativa y manipulaba ahora los mandos con velocidad y precisión--. Será sólo una visita. ¿No tienes interés por conocer la Tierra? Plebster volvió a observar, silencioso, el paso raudo de los meteoritos. Sus mayores, mucho tiempo atrás, cuando aún existía Vendelinus, le habían hablado de aquel planeta cubierto de agua. Meme Plebster Jacobi, incluso, le había descripto un terráqueo con el que había mantenido relación, al comienzo de los tiempos, en una luna de Mercurio. -- Dicen que los terráqueos no serían demansiado diferentes a nosotros --exclamó Orsi, excitado, como si le estuviese leyendo el pensamiento. -- No tengo ningún interés en encontrarme con seres parecidos a tí. -- Será rápido, Plebster. Si no los hallamos enseguida, subimos de nuevo a la nave y regresamos a casa. -- Me tienes harto, Orsi. -- Ya verás. Mira... comienza a cambiar el entorno. Plebster lo había percibido. El espacio, por los visores de la nave, se observaba más azul y mórbido y casi habían desaparecido los meteoritos.
Las redondeadas extremidades inferiores, aptas para insertarse en la poceada superficie de Procyon no eran, sin embargo, las ideales para desplazarse sobre la corteza terrestre. Con la torpeza propia de los forasteros, Orsi y Plebster se movían en aquel terreno, explorando las adyacencias de la nave. Todo era desolación. En la bruñida transparencia de sus escafandras rebotaban apenas los débiles rayos del sol que acertaban a pasar entre las densas nubes de polvo. Cada tanto, ráfagas de viento levantaban toneladas de cenizas, pedregullos y residuos metálicos que castigaban a los dos investigadores espaciales. El paisaje era gris y achatado. -- Buena idea la tuya --dijo Plebster, dejando de caminar. Orsi no contestó. Se había parado sobre uno de los tantos montículos de rocas y giraba su cabezota con expresión de desencanto. -- Busquemos un poco más --dijo al fin--. Es lógico que si estaban refugiados bajo tierra no podríamos verlos a simple vista. -- Nos llevaría una eternidad hallarlos. Por otra parte, no olvides que el compendio de conocimientos decía que también solían detectarse explosiones nucleares subterráneas... -- Algunas de sus tribus estaban muy preparadas para subsistir, Plebster. Habían esperado esa guerra por siglos. Tenían de todo allí abajo. Plebster empezó a caminar hacia la nave. El peso de su ropaje aislante comenzaba a fatigarlo. -- Han pasado ya cientos de años de aquella guerra --gritó, sin darse vuelta--. Por mejor preparados que estuvieran, ya hubiesen muerto de hambre o por las enfermedades. No jodas, Orsi. -- Espera. Espera un poco, Plebster --Orsi depositó todo el peso de su cuerpo sobre una suerte de viga que asomaba del suelo--. Me fatigo. Esto no es Procyon. -- Te fatigas, ¿eh? ¿No se te ocurre alguna otra buena idea como ésta? Con la de Petavium ya son dos. En el segmento más abierto de la elipse programada, Orsi había insinuado descender en la estrella Petavium, argumentando que allí había mica. Pero la pulposa Pentavium estaba podrida. Atravesado el interior de su masa por infinito canales que conducían jugos minerales, el desmedido calor del sol la había hecho entrar en putrefacción y el olor que despedía la macilenta estrella era insoportable. Una semana tuvo que estar luego Plebster, aspirando aroma de cristales de sal para restablecer el funcionamento de sus papilas. -- Ya voy, Plebster. Aguarda un poco --pidió Orsi. Plebster giró y regresó a ayudar a su compañero. -- Vamos --dijo, sosteniéndolo por debajo del primer par de extremidades superiores. De pronto Plebster advirtió que el cuerpo de Orsi se envaraba. -- ¿Qué pasa? --preguntó. Los dos sensores ópticos de Orsi se habían fruncido, atentos, y meneaba espasmódicamente la cabeza, como buscando. -- ¿Qué pasa? --se alarmó Plebster, girando a su vez la suya. Habían dejado las armas en la nave y tanto la valentía como la cobardía eran condiciones desconocidas en Procyon. Es más, la audacia consistía en una fruta pequeña, agridulce, que brotaba en la estación del fostato. -- ¿Oyes eso? --preguntó Orsi. -- ¿Qué? -- Escucha bien. Orsi tenía razon. En el aire se diluía una especie de música, una melodía que llegaba y se marchaba con la brisa. -- ¡Música! --se exaltó Orsi--. Es música! -- Es solo el viento, Orsi. -- ¡Es música! --Orsi se desembarazó de las extremidades superiores de Plebster y giró sobre sí mismo varias veces, como una antena, deslumbrado por la recepción de aquel idioma universal. Ahora la melodía llegaba más nítida, con cadencias extrañas y desconocidas para la percepción de los dos expedicionarios. -- ¿De dónde viene? --se sumó Plebster a la inquietud. -- No sé si es una música fuerte que nos llega desde lejos... o es una música muy débil que se origina muy cerca de nosotros --dudó Orsi, lo que preocupó a Plebster, ya que la duda antecedía a la constipación bronquial en los dermolinfomas. -- ¿Cerca de nosotros? --dijo Plebster, abarcando con sus organos ópticos los alrededores inmediatos. -- ¡Aquí! ¡Aquí! --dijeron los dos, casi al unísono, aferrando un oxidado tubo metálico que sobresalía entre un montículo de escombros--. ¡La música viene por este tubo! Orsi apretó la escafandra sobre la boca del tubo, procurando escuchar mejor. En tanto, Plebster, se había sentido inopinadamente melancólico, como algunas veces en que escuchaba historias relatadas por Meme Plebster Jacobi. Pero Orsi no le dio tiempo para bucear en sus sentimientos. -- ¡Cavemos! Cavemos por acá, Plebster! --gritó, escarbando con su bastón de titanio entre los escombros--. ¡Esta música nos llega desde abajo! ¡De alguno de esos refugios que mencioné antes, Plebster! Plebster olvidó por un momento su indolencia, su desinterés, y sus ganas de volver a casa, y con un trozo de chapa ennegrecida comenzó tambien a apartar rocas y cascotes. Poco después, y ante la febril atención de ambos investigadores, una superficie de madera se hizo visible ante ellos. Continuaron removiendo con más ahínco y apareció entonces una puerta, de doble hoja, prácticamente horizontal, que cubría una boca de acceso. Plebster y Orsi se miraron. La puerta mostraba una superficie descascarada, aún con restos de pintura y por las junturas de su madera llegaba, ahora sí, claramente, la cadencia de la extraña música. -- ¿Vamos por las armas? --vaciló Orsi. Plebster encogió el ensamblamiento de sus extremidades superiores, las prensiles. -- ¿Te parece? -- Yo digo... -- No creo --dijo Plebster, decidido, y se lanzó sobre la puerta, la que abrió de un tirón. Una bocanada melódica los envolvió y, luego, también una serie de sonidos breves, como módicos estallidos, desacompasados. Después, el silencio. Plebster y Orsi se miraron. Tal vez habían sido descubiertos y ahora, al fondo de ese túnel oscuro y profundo que se habría ante ellos, los aguardaba el temor agresivo de los nativos. Con infinita cautela, Orsi adelantó uno de sus miembros locomotores y lo depositó sobre el primer peldaño de la escalera descendente. De pronto volvió la musica, y esto tranquilizó a ambos dermolinfomas, que cerraron la puerta detrás de ellos, sin hacer ruido. Por un momento quedaron sumidos en un una oscuridad absoluta, pero pronto advirtieron que, muy abajo y al fondo se veía una luz. Una luz rojiza. Ganados por la ansiedad, Plebster y Orsi continuaron el descenso. Un par de veces se detuvieron ante el eco de aquellos extraños sonidos inarmónicos, cortos golpes de superficies ahuecadas, que les llegaban desde el fondo. Por último se detuvieron ante una abertura cubierta por un cortinado de tela que, al tacto de Orsi, se reveló como levemente afelpado y de cierto peso. Ya se escuchaba, con más nitidez, una voz humana metálica y altisonante. Orsi corrió la cortina y ambos visitantes se hallaron ante un recinto poco iluminado. Una veintena de seres humanos se encontraban diseminados en pequeñas mesas redondas, distribuidas en torno de una tarima de madera. Los humanos eran, al menos, de dos sexos diferentes, calculó Plebster. Bebían extraños tragos, hablaban poco entre ellos y no parecían demasiado jóvenes. Sobre la tarima, un terráqueo con la cabeza cubierta por un cabello oscuro y engrasado, de pie frente a un adminículo de metal que ampliaba el sonido de su voz, los observó de una ojeada. También hicieron lo propio otros nativos de los que estaban sentados. -- ¡Y sigue llegando gente a nuestra Peña Tanguera "El Sótano del Dos por Cuatro", mis queridos amigos! --anunció el terráqueo del cabello lustroso--. ¡Y es porque vienen a escuchar a Angelito Delfino, "El Ruiseñor de Floresta", que ahora nos va a regalar, de Esteban Celedonio Flores y Ciriaco Ortiz, "Atenti Pebeta"! Los humanos de las mesas golpetearon unas contra otras sus extremidades superiores y allí supo Orsi que, de esa actitud impensada, provenían los breves estallidos que habían oido en la escalera. -- ¡Y esta canción, señores --continuó el anunciador-- es para los nuevos amigos de la noche de Buenos Aires...! --y luego, dirigiéndose a Plebster y Orsi, preguntó-- ¿De dónde son, muchachos? -- De Procyon --gritó Orsi, complacido. -- ¡Para los amigos de Procyon, entonces... Angelito Delfino, "El Ruiseñor de Floresta" y "Atenti Pebeta", de Flores y Ciriaco Ortiz! Hubo nuevos aplausos. Dichos gestos eran, al parecer, de aprobación, ya que un humano rechoncho y bajito que acababa de subir a la tarima, agradecía con leves reverencias y sonrisas. El humano que había hecho la presentación en la tarima caminó entre las mesas, con aire cansado, hasta Plebster y Orsi. Estos, para no sentirse demasiado ajenos al ambiente, se habían depositado sobre sendas sillas, en una mesa vacía. Dos terráqueos, con la misma expresión desmayada y ausente que los demás, comenzaron a extraer de sus instrumentos una música arrastrada y sinuosa. El humano regordete y oscuro de arriba de la tarima comenzó con lo suyo. -- "Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo, vos hacete la chitrula y no te le deschavés, que no manye que estás lista al primer tiro de lazo y que por un par de lompas bien planchados, te perdés..." El terráqueo que oficiaba de anunciador llegó hasta la mesa de Plebster y Orsi. Se inclinó hacia ellos y los observó por un instante. Plebster detectó, con la particular sensibilidad que los dermolinfomas tienen para los matices, que el cabello del humano, en la parte superior de la cabeza, mostraba una coloración diferente de la que lucía sobre los costados. Se veía más rojizo y rebelde que el resto. Aquella misma anomalía había detectado también en varios de los presentes, pese a la luz escasa y al humo que invadía el local. -- ¿Qué van a tomar, muchachos? --preguntó el anfitrión. -- Ehhh... --vaciló Orsi--. Antes queríamos hacerle una pregunta. -- No se preocupen --desestimó el anunciador. Y bajando la voz, agregó-- No se preocupen por el precio. La casa invita. -- No, no --dijo Orsi--. Queríamos preguntarle otra cosa... ¿Cómo hicieron para sobrevivir? El humano enarcó las cejas y se tomó un instante para contestar. -- "Cuando vengas para el centro" --seguía el cantor-- "caminá junando el suelo, arrastrando los fanguyos y arrimada a la pared". -- ¿Cómo hicimos para sobrevivir? --repitió, teatral, el anunciador--. Bajando los precios, hermano. Cuidando la clientela y ofreciendo calidad. No hay otra. De lo contrario, hubiéramos tenido que cerrar... -- Pero... digo yo... --vaciló Orsi--. ¿Cómo pudieron sobrellevar la gran tragedia? El anunciador había apoyado las dos manos sobre la mesa y sus ojos se cubrieron con una pátina húmeda. -- Fue tremendo... Tremendo... Lo de Medellín fue tremendo... Pero hay que seguir adelante, hermano. No queda otra. Por el zorzal mismo. Yo sé que Carlitos no hubiese querido que aflojáramos... Plebster miró al hombre y vió que una milimétrica esfera de líquido se desprendía de uno de sus ojos. Recordó que en Procyon, la tristeza era un líquido. Y el recuerdo de su planeta, y la música aquella que escapaba de un extraño instrumento que parecía respirar, lo hizo sentirse invadido por una pegajosa nostalgia. -- ¿Vamos Orsi? --preguntó. -- Espera. Espera a que termine esto --dijo Orsi mostrando una copa translúcida llena de un líquido rojizo que le había traido el anunciador. Se quedaron un poco más y cuando terminaron de beber se levantaron y se marcharon hacia la puerta. Con un bamboleo de sus cabezas se despidieron del anunciador, que estaba sentado a otra mesa, cerca de la tarima. El anunciador levantó una mano y deletreó en el aire "Chau, querido. Vuelvan cuando quieran". Plebster y Orsi salieron a la superficie y se encaminaron hacia la nave. Por un rato los siguió la música y la voz del cantor bajo y regordete. -- "Tomá leche con vainilla y chocolate con churro, aunque estés en el momento propiamente del vermut..."


BIOGRAFIA:


El “Negro” Roberto Fontanarrosa era un tipo querido, respetado y admirado por una gran cantidad de gente. Había nacido el 26 de noviembre de 1944 en Rosario (Santa Fe, Argentina) y pasó a la historia como humorista gráfico, escritor y por un infaltable sello futbolístico: “hincha de Rosario Central”.
Pero el “Negro” escapaba a esas definiciones de ocupaciones. En una oportunidad, se le escuchó decir: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: ‘me cagué de risa con tu libro’”.

Boogie el Aceitoso, Inodoro Pereyra y el perro Mendieta fueron algunas de sus creaciones más reconocidas, tanto en Argentina como en otros países iberoamericanos. Tampoco quedó afuera de sus obras su pasión deportiva y así fue que creó cuentos como “19 de diciembre de 1971”, que se ha convertido en un clásico de la literatura futbolística argentina.
Durante las décadas de los años ’70 y ’80, a Fontanarrosa podía vérselo con frecuencia en el bar “El Cairo”, sentado en la ya mítica “mesa de los galanes” que fue escenario de varias de sus mejores historias. En los ’90 esa histórica mesa se trasladó al bar “La Sede”, hasta que el anterior punto de encuentro reabrió sus puertas.
En noviembre de 2004, Fontanarrosa fue expositor en el III Congreso de la Lengua Española que se desarrolló en Rosario donde brindó una inolvidable charla titulada “Sobre las malas palabras”. Un año antes, el humorista había recibido un terrible diagnóstico: esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad que lo obligó a desplazarse desde 2006 en silla de ruedas. Pero el 2006 también fue digno de destacar en la vida de este humorista: en abril, el Senado le hizo entrega de la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento por su gran trayectoria y sus importantes aportes a la cultura argentina. En diciembre, fue reconocido en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara con “La Catrina”, una distinción que se entrega, año tras año, en el Encuentro Internacional de Caricatura e Historieta.
Con resignación e impotencia, los seguidores del “Negro” se enteraron, el 18 de enero de 2007, que el ídolo dejaría de dibujar sus historietas por haber perdido por completo el control de su mano derecha. Sin embargo, todavía le quedaban fuerzas y ganas para continuar escribiendo los guiones para sus personajes. Lamentablemente, su mal no le dejó mucho tiempo para seguir viviendo: el 19 de julio de 2008, su vida se apagó cuando tenía 62 años.
Su carrera literaria dejaría tres novelas y libros de cuentos como “El mundo ha vivido equivocado”, “El mayor de mis defectos”, “Uno nunca sabe”, “La mesa de los galanes”, “Puro Fútbol”, “Usted no me lo va a creer” y “El rey de la milonga”.


Fuentes: Escritores argentinos, educar.gov, Poemas del Alma.

Dibujos: Inodoro Pereyra y Mendieta de la historieta Inodoro Pereyra, poema telúrico de Roberto Fontanarrosa.



Melan.