viernes, 18 de junio de 2010

FALLECE JOSÉ SARAMAGO A LOS 87 AÑOS DE EDAD


El escritor portugués y Premio Nobel de Literatura José Saramago falleció hoy en su casa de Lanzarote, Canarias a los 87 años de edad, según han informado fuentes de la familia.
La muerte se produjo pasadas las 13.00 horas (hora peninsular), cuando el escritor se encontraba en su residencia canaria, acompañado por su mujer y traductora, Pilar del Río.
José Saramago había pasado una noche tranquila. Tras desayunar con normalidad y haber mantenido una conversación con su esposa, comenzó a sentirse mal y al poco tiempo falleció, han explicado a la agencia Efe las citadas fuentes.

Biografía

Nacido el 16 de noviembre de 1922 en Azinhaga, una aldea de Ribatejo (Portugal), José de Souda es más conocido por el apodo de su familia paterna, Saramago, que el funcionario del Registro Civil añadió al inscribirlo.
Cuando tenía dos años, su familia se trasladó a Lisboa, pero nunca rompió sus lazos con Azinhaga. Aunque fue un brillante alumno, tuvo que abandonar la enseñanza secundaria al terminar el primer curso ante la falta de medios económicos de sus progenitores.
Antes de dedicarse de lleno a la literatura y de convertirse en uno de los mejores novelistas del siglo XX, Saramago trabajó en oficios como los de cerrajero, mecánico, editor y periodista. Fue director adjunto del 'Diario de Noticias' de Lisboa. Pero su mayor ilusión era ser escritor. En 1947 publicó su primera novela, "Tierra de pecado". Por esa época prendió en él la conciencia política que siempre le acompañó y que le llevó a afiliarse en 1969 al Partido Comunista Portugués.
En 1977 vio la luz la novela "Manual de pintura e caligrafía", a la que siguieron el libro de cuentos "Casi un objeto" (1978) y la obra teatral "La noche" (1979). En los años ochenta volvió al teatro con "¿Qué haré con este libro?" (1980), el relato "Alzado del suelo" (1980-Premio Ciudad de Lisboa) y el libro de viajes "Viaje a Portugal" (1981). Con estas obras Saramago había sentado ya las bases para ese mundo propio que fue construyendo libro a libro, y en 1982 le llegó la fama mundial con "Memorial del convento" que le valió el Premio del Pen Club Portugués, galardón que volvió a ganar en 1984 con "El año de la muerte de Ricardo Reis", también reconocida con el Premio Dom Dinis de la Fundación Casa de Mateus.

Referente literario

A partir de ahí su prestigio se fue consolidando con títulos como "La balsa de piedra" (1986), llevada al cine en 2002 por el director holandés George Sluizer y que protagonizaron Federico Luppi, Icíar Bollaín y Gabino Diego; la pieza teatral "La segunda vida de Francisco de Asís" (1987); e "Historia del Cerco de Lisboa" (1989). En 1991 publicó la polémica novela "El Evangelio según Jesucristo".
Elaño 1995 fue especial para él, con la obtención del Premio Camoens al conjunto de su obra y la publicación del "Ensayo sobre la ceguera", primera entrega de su trilogía sobre la identidad del individuo, que continuó con "Todos los nombres" (1998) y cerró con "Ensayo sobre la lucidez" (2004). El primer volumen de la trilogía fue llevado al cine en 2008 por el director brasileño Fernando Meirelles con el título de "Blindness".
Sus innegables méritos como novelista fueron por fin reconocidos en 1998 con el Premio Nobel de Literatura, que le otorgaron por haber creado una obra en la que "mediante parábolas sustentadas con imaginación, compasión e ironía, nos permite continuamente captar una realidad fugitiva".

Trabajó hasta el final

En los últimos años, Saramago no dejó pasar demasiado tiempo entre novela y novela. Era consciente de su edad y, como le dijo a Efe en una entrevista, si tenía "aún algo para decir", lo mejor es que lo dijera "cuanto antes". Fruto de esa urgencia por contar fueron sus novelas "La caverna" (2000); "El hombre duplicado" (2002); "Las intermitencias de la muerte" (2005); "Las pequeñas memorias" (2006); "El viaje del elefante" (2008); y "Caín" (2009), la última novela de este gran escritor.
En septiembre de 2008 comenzó a publicar su blog, titulado
"El cuaderno". Fue "un espacio personal en la página infinita de internet", según sus palabras. La muerte le sorprendió cuando preparaba una novela sobre la industria del armamento y la ausencia de huelgas en este sector.
José Saramago presentó 'Caín' el pasado mes de noviembre en Madrid.
"Yo no escribo para agradar, tampoco escribo para desagradar", decía entonces. "Yo escribo para desasosegar"
A punto de cumplir los 87 años, declaró que era consciente de que le quedaba "poca vida", pero estaba dispuesto a usarla para "ensanchar la acción pública de su trabajo, no para vender más libros".
Saramago fue preguntado entonces por la controversia ideológica que había generado su obra, y se despidió con esta respuesta:
"Mi mensaje a los lectores sería éste: No se preocupen, yo voy a resistir".
FUENTE: AGENCIAS/Efe/Yahoo!

Historia del cerco de Lisboa de José Saramago:
Raimundo Silva es un revisor de textos de una editorial, un personaje anodino que tiene como misión en la vida conservar la integridad de los textos que llegan a sus manos. Un día, revisando un texto histórico, toma una decisión: introducir un ¿No¿ donde debiera aparecer un ¿Sí¿. Esta determinación altera, sin duda alguna, la historia escrita, pero también va a ser fundamental en su vida personal. El conservador Raimundo Silva no volverá a ser sujeto paciente de la historia, tanto la universal como la personal, porque su acto de rebeldía le hace asumir el protagonismo que, como hombre --y por tanto ser hegemónico-- le corresponde en la vida. Historia del cerco de Lisboa es una novela contemporánea en la que caen varios cercos: el histórico de la ciudad de Lisboa, y el cerco que impide al hombre comunicarse con sus semejantes, pero el último cerco que se derrumba en este libro es el de la soledad, definitivamente abatido en el amor realizado.
Nota: Quise dejar la sinapsis de Historia del cerco de Lisboa porque es el libro que actualmente tengo en mi mesita de luz para leer antes de dormirme. Esta noche su lectura tendrá una connotación especial e irá anticipada de una oración por su alma. Melan

miércoles, 9 de junio de 2010

SOL AMARGO de Oscar Portela





(a JOSÉ LUIS DASILVA NAVÍA


por su poesía y por la poesía)






Tú, sol que has crucificado mis sueños,



incandescente que has cegado mis ojos



con el ansia temprana de la muerte,



aquí, en esta tierra de terror y de espanto



que me empuja al gran vacío de la nada.



No hay moradas aquí, sino el desguarnecimiento



al que me has condenado,



yo que vi con el ojo del mar azul girar en las



los elfos, y que encantado presenté



alabanzas al origen de la desnudez y la osadía,



ay, blancas cenizas hablan hoy por mí,



me llaman pronunciando mi nombre, en tu nombre,



oh sol que no puedes morir, porque eres la muerte



con que pagué los dones que la gracia infinita



quiso poner sobre mis hombros,



y sin embargo el vértigo, aún sacude en mí,



las albas del deseo, los frutos del azar



que por la noche caen sin esperar ya nada,



yo escuchándolos, rígido, sin ver, con los



ojos velados, y con las frías manos, esclavas



de una aurora anterior a mi y a ti, o sol,



feroz coreuta de un verano sin pausas,



que enloquece al mortal con el rigor amargo



de la heredad perdida.






BIOGRAFÍA






Oscar Portela es Bachiller Especializado en Letras. Ha publicado los siguientes libros: Poesía: "Senderos en el Bosque", Torres Agüero Editor. "Los Nuevos Asilos", Botella al Mar, Buenos Aires. "Recepciones Diurnas, Celebraciones Nocturnas", Crisol, Corrientes. "Auto de Fe", Municipalidad de Corrientes. "Había una vez", Botella al Mar, Buenos Aires. "Memorial de Corrientes ", Editorial Tiempo, Corrientes. "Estuario", Publicado por la Comisión del Cuarto Centenario de Corrientes. "Golpe de Gracia", Marymar Ediciones, Buenos Aires. "Selección Poética" —Selection Poetics—. (Edición bilingüe). Ediciones del Correo Latino, Buenos Aires. "La Memoria de Láquesis" y "Fresas Salvajes", Editorial Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), —primera edición—. Dunken, Buenos Aires, —segunda edición—. "El Maldito Asombroso", declarado de Interés Legislativo y Senatorial. Editorial Tiempo. (Oscar, esto no sé dónde ubicarlo) Ensayos: "Nietzsche, sonámbulo del día". Editorial Tiempo. Con el agregado de "Nietzsche Hoy". Corrientes, abril de 1997. “Luisa Mercedes Levinson o Las potencias del mito”. “Abaddón o El apocalipsis según Sábato”. Opúsculos: “La designificación de América y la imposible saga del redescubrimiento”. “Las nuevas miserias de la filosofía”. “Otra lectura de la Berenice de Poe”. “Kafka en Senegal”. “Los premios: La exclusión y el poder de los incluidos”. “Poéticamente reside el hombre”. Publicaciones en conjunto: "Carnaval del fuego y el agua”, VI Congreso del Carnaval de Cádiz, Fundación Gaditana del Carnaval, Excelentísimo Ayuntamiento de Cádiz. 1992. "Nietzsche Sonámbulo del Día", Filosofía en Actas, Fundación Origen, Editorial Catálogos, Buenos Aires. Antologías poéticas: Ediciones Testigo, Plaquette Nro. 13, Buenos Aires, 1975. Antología Feria Regional del Libro, Ediciones Río de los Pájaros (Alvear, Corrientes) 1988. Antología de la Nueva Poesía Argentina, Colección Ambigua Selva, Editores Cuatro S.R.L.) Buenos Aires. Corrientes - Poesía, De La Vega, Fondo Editorial SADE, Seccional Corrientes. Doce Poetas Argentinos Contemporáneos, Ediciones Eleusis, Buenos Aires, 1991. Hora de Poesía nº 18: Tendencias y poetas argentinos actuales, Lentini Editor, (Barcelona - España). Poemas a la madre, Editorial Sudamericana, Buenos Aires. Poemas al padre, Editorial Torres Agüero, Buenos Aires. 70 poetas argentinos, (1970-94), Ediciones Plus Ultra, Buenos Aires, 1994. Antología de la poesía argentina, Editorial Fausto, Buenos Aires, 1979. Cantos Australes, Poesía Argentina, —1940-80—, Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, Venezuela), 1995. Antología de la poesía correntina, Editorial EMECE, Buenos Aires. Manual de literatura correntina, Ediciones Noé, Buenos Aires, 1983. Hojas de Sudestada, (La Plata), 1993. Poetas en Botella Mar, Antología 1946—1996, Editorial Botella al Mar. Mirador de Poesía Nro. 5, Editorial Tiempo, Corrientes, mayo de 1997. Entrevistas: Ha sido entrevistado por la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Ha desempeñado los siguientes cargos: Oficiales: Director del Departamento de Letras de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia. Asesor de Cultura de la Dirección Municipal de Cultura. Asesor de Cultura de la Presidencia de la Honorable Cámara de Diputados. Delegado del Fondo Nacional de las Artes en la Provincia de Corrientes. Privados: Presidente "Circulo Literario Correntino" - 1968. Presidente del Cine Club Corrientes - 1969-70. Director Taller Literario de la Revista Literaria "Signos"- 1970. Director Fundador Revista Literaria "Signos" (6 números) 1972-73. Director Fundador del Semanario Acción Federal y del Semanario "La Noticia". Director Fundador de la Revista Tiempo, 1976- 1979. Director Fundador de la Revista y el Semanario Diagnóstico, 1994-95. Otras actividades: Asesor Cultural del "Jockey Club Corrientes" durante la presidencia del Dr. Fernando Díaz Ulloque. Vocal II de la Sociedad Argentina de Escritores durante la presidencia del Dr. Florencio Escardó. Vocal II de la Sociedad Argentina de Escritores durante la Presidencia del Dr. Gilberto Molina por segundo período. Presidente de la SADE Seccional Corrientes durante 1986. Director de la Colección de Obras Poéticas publicadas por la Municipalidad durante la gestión del Dr. Ricardo Leconte, la cual incluye obras de Carlos Gordiola Niella, David Martínez, Francisco Madariaga (primer recopilación de la obra total de este autor cuya edición prologó). En la actualidad continúa siendo Asesor de Cultura de la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Corrientes, Coordinador de la Fundación Juan Torres, y Delegado Zonal de la Sociedad Argentina de Escritores Central para las provincias de Corrientes, Santa Fe y el Chaco. Actividad periodística: Es miembro de la Asociación de Periodistas de Corrientes y ha tenido una intensa actividad tanto en el periodismo gráfico como en el radial. Ha sido Director del Suplemento Cultural del Diario Época (Corrientes) 1973-94. Ha colaborado con los Diarios: La Prensa, La Opinión, El Cronista, Clarín, Convicción (todos de Buenos Aires); El Sol de México (México, D.F.); Cuadernos Hispanoamericanos, (Madrid - España); El Zumo – Zumo (Bogotá - Colombia). “La Nación de Asunción”, y “A. B. C. Color” de la misma ciudad, entre otros medios. Además, se desempeñó como corresponsal del "Semanario Correo de la Semana", "Letras de Buenos Aires" y, en la actualidad, de "Generación Abierta a la Cultura", entre otras publicaciones. Actividad literaria: Ha dictado numerosas conferencias, constituido parte de mesas redondas en el país y el extranjero, y ha presentado libros de numerosos escritores. Ha leído poemas y participado en distintos encuentros de escritores. Ha sido declarado invitado especial junto a otros escritores del país y el extranjero. Ha obtenido los siguientes premios: Periodísticos: Medalla de Honor por su critica a "El corazón extraviado", de Alberto de Zavalía, 1971. Literarios: Segundo Premio en el Concurso de Poemas Ilustrados organizado por la Municipalidad de la Ciudad de Corrientes en adhesión al mes de Corrientes, el 5 de mayo de 1972. Primer Premio "Juan Torres de Vera y Aragón", compartido junto a María Alcides Rivero de Bianchi de la Subsecretaría de Cultura de Provincia de Corrientes por "Los Nuevos Asilos". Primer Premio de la Municipalidad de Corrientes 1981 otorgado a "Recepciones Diurnas Celebraciones Nocturnas". Primer Premio "Carlos Gordiola Niella - Cuarto Centenario Fundación de Corrientes" en el género lírica, por su libro "Estuario". Primer Premio compartido con Beatriz Schaeffer Peña, en el concurso sobre la obra de Luisa Mercedes Levinson, por su ensayo, "El mito en la obra de Luisa Mercedes Levinson", 1995. Otros reconocimientos: Ha recibido reconocimientos especiales por su aporte a la cultura y las letras de su provincia, otorgadas por el "Ateneo Cultural Correntino", por gente de la cultura de San Carlos (Corrientes), el programa radial "Convivencia", el "Scholem Aleijem" de Corrientes, el Teatro Vocacional Corrientes” , y fue declarado visitante distinguido de la ciudad de Rosario otorgado por la Municipalidad con motivo del Primer Festival Internacional de Poesía, en esa ciudad. Actividad musical: Como letrista del cancionero popular, distintos conjuntos le han musicalizado algunas de sus letras. Actualmente prepara "Una Suite Musical: Pasión Latinoamericana". Administración cultural: Como Asesor de Cultura, tanto de la Municipalidad de la Ciudad de Corrientes, como de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, organizó el recital musical , en Homenaje a los 400 Años de la Fundación de Corrientes, en el Anfiteatro "Mario del Tránsito Cocomarola". En igual carácter coordinó tres encuentros de Escritores Nacionales, en los años 88/ 89/91 y un Encuentro Nacional de Cinematografía. Organizó asimismo el Encuentro de Escritores Nacionales en Alvear (Corrientes) durante los años 88/8






















































lunes, 24 de mayo de 2010

25 de mayo de 1810 - 25 de mayo de 2010 - REVOLUCIÓN DE MAYO - PRIMER GRITO DE LIBERTAD

¡¡FELICES 200 AÑOS MI QUERIDA PATRIA ARGENTINA!!


Mapa de la República Argentina con NUESTRAS ISLAS MALVINAS, Antártida e Islas del Atlántico Sur.







A mis seguidores:
Sabrán disculpar la disgresión pero amo demasiado a mi Argentina como para dejar de festejar nada menos que sus 200 años de grito de libertad, aunque sea en un blog en el que no parece tener demasiado que ver, pero lo tiene, porque todo lo que yo soy y lo que puedo dar ... lo aprendí aquí ... en mi patria. Gracias. Melan.



sábado, 15 de mayo de 2010

SINOPSIS DE LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER Y OTROS RELATOS de Milan Kundera




La insoportable levedad del ser




Esta es una extraordinaria historia de amor, o sea de celos, de sexo, de traiciones, de muerte y también de las debilidades y paradojas de la vida cotidiana de dos parejas cuyos destinos se entrelazan irremediablemente. Guiado por la asombrosa capacidad de Milan Kundera de contar con cristalina claridad, el lector penetra fascinado en la trama compleja de actos y pensamientos que el autor va tejiendo con diabólica sabiduría en torno a sus personajes. Y el lector no puede sino terminar siendo el mismo personaje, cuando no todos a la vez. Y es que esta novela va dirigida al corazón, pero también a la cabeza del lector. En efecto, los celos de Teresa por Tomás, el terco amor de éste por ella opuesto a su irreflenable deseo de otras mujeres, el idealismo lírico y cursi de Franz, amante de Sabina, y la necesidad de ésta, amante también de Tomás, de perseguir incansable, una libertad que tan sólo la conduce a la insoportable levedad del ser, se convierten de simple anécdota en reflexión sobre problemas filosóficos que, afectan a cada uno directamente, cada día.




La identidad






Chantal y Jean-Marc viven juntos en París y se quieren, se quieren tanto que incluso parecen confundirse. Y es que, a veces, se dan situaciones en las que, por un instante, ninguno de los dos parece reconocerse, en el que la identidad del otro se disuelve y, de rechazo, duda de la suya propia. Todo el que ama, todo el que convive en pareja, lo ha vivido alguna vez, porque lo que más teme en el mundo quien ama es «perder de vista» al ser amado. Pues eso es lo que, poco a poco, va a empezar a ocurrirles a Chantal y a Jean-Marc. Pero ¿en qué instante, ante qué gesto y en qué circunstancia precisa comienza ese aterrador proceso? Kundera atrapa al lector en el pánico que acompaña ese instante de extravío y éste ya no tendrá más remedio que adentrarse en el laberinto que recorren Chantal y Jean-Marc y en el que más de una vez deberá cruzar la frontera de lo real y lo irreal —o entre lo que ocurre en el mundo exterior y lo que elabora una mente en solitario.





La inmortalidad




A partir del gesto encantador de una mujer de cierta edad, el escritor crea el personaje de Agnes, alrededor de la cual aparecerán su hermana Laura, su marido Paul, y todo nuestro mundo contemporáneo en el que se rinde culto a la tecnología y la imagen. Pero ¿y si el hombre no fuera sino su imagen ?, pregunta otro personaje, Rubens, quien comprueba finalmente que de la más excitante de sus amantes sólo le quedan dos o tres fotografías mentales. Esta novela transforma todos los aspectos del mundo moderno en cuestiones metafísicas. Su forma es polifónica : las aventuras de los personajes imaginarios se mezclan con la historia de dos candidatos a la inmortalidad, Goethe y Bettina von Armin ; la reflexión sobre el nacimiento del homo senti-mentalis en la historia de Europa alterna con las peripecias parisienses del singular profesor Avenarius, para quien el mundo de hoy no sirve sino como objeto de juego. Kundera tiene el don de decir del modo más cristalino lo que a uno le resulta más difícil decirse, y en esta novela alcanza la cima de esta facultad.




BIOGRAFÍA

Escritor checo nacionalizado francés. Nació el 1 de abril de 1929 en Brno, actual República Checa. Cursó estudios en el Carolinum de Praga y dio clases de historia del cine en la Academia de Música y Arte Dramático desde 1959 a 1969, y posteriormente en el Instituto de Estudios Cinematográficos de Praga.
Al concluir la Segunda Guerra Mundial, se afilió al partido comunista, y fue expulsado tras los sucesos de 1948.
Impartió clases de historia del cine en la Academia de Música y Arte Dramático desde 1959 a 1969, y algún tiempo después en el Instituto de Estudios Cinematográficos también de Praga. Además trabajó como jornalero y fue músico de jazz.
Sus primeras novelas, entre las que se encuentran
La broma (1965) y El libro de los amores ridículos (1968) critican de manera irónica al modelo de sociedad comunista.
La broma obtuvo el premio de la Unión de Escritores Checoslovacos. Fue traducido a doce idiomas, y grandes personalidades del mundo intelectual opinaron sobre sus escritos. Así lo hizo el célebre Jean Paul Sartre: "La pregunta que plantea Kundera es sumamente radical: ¿Porqué deberíamos amar a las demás personas?. Sí, ¿Porqué?. Tal vez podremos responder a esta pregunta algún día, tal vez nunca."
La broma es un relato de amor, confusiones, infidelidades, y un personaje que se burla de la triste historia de mitad de siglo en Europa, y pretende recuperar el humor de la gente por medio de una gran premeditada broma.
Tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968, se vio en el paro y con todas sus obras prohibidas y sus libros fueron retirados de la circulación.
En 1975 tuvo que exiliarse en Francia, donde trabajó como profesor de literatura comparada en la Universidad de Rennes (1975-1980), y más tarde en la École des Hautes Études de París.
Entre sus obras posteriores destacan
El libro de la risa y el olvido (1978) —unas memorias que provocaron la revocación de su ciudadanía checa en 1979—, y dos novelas, La insoportable levedad del ser (1984) e Inmortalidad (1990). La primera, un excelente relato de una historia de amor en medio de la represión y la burocracia, fue llevada al cine con éxito y se ha convertido en un texto clave de la historia de la disidencia en el este de Europa, situando a su autor entre los principales escritores del continente.
Ha escrito también una obra de teatro,
Jacques y su amo (1981), y algunos ensayos.
Sus novelas se sitúan a medio camino entre la ficción y el ensayo, y hacen uso frecuente de la ironía, la presencia de diversas voces narrativas, la confusión entre elementos reales y ficticios y la digresión.
En ellas el autor se enfrenta a sus propios fantasmas personales, el totalitarismo y el exilio, al tiempo que ahonda en los grandes temas de la libertad y la eticidad desde un profundo desengaño, a veces difícil de percibir tras su estilo aparentemente ligero y amable.
Un encuentro (2009), nos da a conocer a un Kundera, en cierto modo, inédito. En efecto, aunque el autor reflexione, como confiesa al principio del libro, sobre sus «viejos temas existenciales y estéticos», lo cierto es que en este apasionado -y apasionante- «encuentro» con algunas obras maestras de la literatura, la música y la pintura, el escritor checo aborda cuestiones hasta ahora poco o nada transitadas en sus libros anteriores.




Melan.

lunes, 26 de abril de 2010

EL MAL DE LA MUERTE de Marguerite Duras


Debiera no conocerla, haberla encontrado en todas partes a
la vez, en un hotel, en una calle, en un bar, en un libro, en una película, en usted mismo,
en usted, en ti, al capricho de tu sexo enhiesto en la noche que grita por un cobijo, por un lugar en el que desprenderse de los llantos que lo colman. Pudiera haberla pagado. Hubiera dicho: Tendría que venir cada noche durante muchos días.
Ella le hubiera mirado largamente, y después le hubiera dicho que en ese caso era caro.
Y después ella pregunta: ¿Qué es lo que quiere?
Usted dice que quiere probar, intentarlo, intentar conocer eso, acostumbrarse a eso, a ese cuerpo, a esos pechos, a ese perfume, a la belleza, a ese peligro de alumbramiento de niños que representa ese cuerpo, a esa forma imberbe sin accidentes musculares ni de fuerza, a ese rostro, a esa piel desnuda, a esa coincidencia entre esa piel y la vida que encubre.
Usted dice que quiere probar, probar muchos días quizás. Quizás muchas semanas.
Quizás hasta toda la vida.
Ella pregunta: ¿Probar el qué?
Usted dice: Amar.
Ella pregunta: ¿Por qué otra vez?
Usted dice para dormir encima del sexo quieto, allí donde usted no conoce.
Usted dice que quiere probar, llorar allí, en ese preciso rincón del mundo.
Ella sonríe, pregunta: ¿También querría de mí?
Usted dice: Sí. Aún no conozco, quisiera penetrar ahí también. Y con tanta violencia
como tengo por costumbre. Dicen que se resiste más aún, que es un terciopelo que se resiste más aún que el vacío.
Ella dice que no tiene opinión, que no puede saber.
Ella pregunta: ¿Cuáles serían las otras condiciones?
Usted dice que debiera callar
se como las mujeres de sus antepasados,
doblegarse completamente
a usted, a su voluntad,
serle enteramente sumisa al
igual que las campesinas en las
granjas tras la cosecha cuando
derrengadas dejaban acercarse a
ellas a los hombres, mientras
dormían –todo ello para que usted
pueda acostumbrarse poco a
poco a esa forma que se amoldaría
a la suya, que estaría a su
merced como las devotas lo están
a la de Dios– esto también,
para que poco a poco, con el
día creciente, tenga menos miedo
de no saber dónde colocar su
cuerpo ni hacia qué vacío amar.
Ella le mira. Y luego deja de
mirarle, mira a otro lado. Y después
responde.
Ella dice que en ese caso es
aún más caro. Dice la cifra a pagar.
Usted acepta.
Ella vendría cada día. Viene
cada día.
El primer día se desnuda y se
tumba en el lugar que usted le
señala en la cama.
Usted la mira dormirse. Ella
calla. Se duerme. Usted 1a mira.
Toda la noche.
Ella llegaría con la noche.
Llega con la noche.
Toda la noche usted la mira.
La mira durante dos noches.
Durante dos noches ella casi
no habla.
Luego, una tarde, al anochecer,
lo hace. Habla.
Ella le pregunta si le es útil
para hacer que su cuerpo esté
menos solo. Usted dice que no
comprende muy bien esta palabra
cuando designa su estado.
Que está en un punto en que
confunde entre creer estar solo y
por el contrario llegar a estarlo,
y añade: Como con usted.
Y luego una vez más en medio
de la noche ella pregunta:
¿En qué época del año estamos
en este momento?
Usted dice: Antes del invierno,
todavía en otoño.
Ella pregunta también: ¿Qué
es lo que se oye?
Usted dice: El mar.
Ella pregunta: ¿Dónde está?
Usted dice: Allí, detrás del
muro de la habitación.
Ella vuelve a dormirse.
Joven, ella sería joven. En sus
prendas, en sus cabellos, habría
un olor estancado, usted procuraría
saber cuál, y terminaría
por nombrarlo como usted sabe
hacerlo. Usted diría: Un olor a
heliotropo y a cidro. Ella responde:
Como quiera.
Otra tarde usted lo hace,
como estaba previsto, duerme
con el rostro en lo alto de sus
piernas separadas, contra su sexo,
ya en la humedad de su cuerpo,
allí donde ella se abre. Ella
le deja hacer.
Otra tarde, por distracción,
usted la hace gozar y ella grita.
Usted le dice que no grite.
Ella dice que ya no gritará más.
No grita más.
Jamás de ahora en adelante
ninguna otra gritará por usted.
Quizás obtenga usted de ella
un placer hasta entonces desconocido
para usted, no lo sé.
Tampoco sé si percibe el sordo y
lejano zumbido de su goce en su
respiración, en ese suavísimo estertor
que va y viene de su boca
al aire exterior. No lo creo.
Ella abre los ojos, dice: Cuánta
felicidad.
Usted le pone la mano en la
boca para que se calle, le dice
que no se dicen esas cosas.
Ella cierra los ojos.
Ella dice que ya no lo dirá
más.
Ella pregunta si ellos sí hablan
de eso. Usted dice que no.
Pregunta ella de qué hablan.
Usted dice que hablan de todo
lo demás, que hablan de todo,
excepto de eso.
Ríe, vuelve a dormirse.
A veces usted se pasea por la
alcoba alrededor de la cama o a
lo largo de las paredes que dan
al mar.
A veces llora.
A veces sale a la terraza en el
frío incipiente.
No sabe qué contiene el sueño
de ésa que está en la cama.
De ese cuerpo quisiera usted
alejarse, quisiera volver a los
cuerpos de los demás, al suyo,
volver hacia usted mismo y a la
vez es precisamente por tener
que hacerlo por lo que llora.
Ella, en la alcoba, duerme.
Duerme. Usted no la despierta.
La desdicha aumenta en la alcoba
a medida que invade su sueño.
En cierta ocasión usted duerme
en el suelo al pie de la cama
de ella.
Ella se mantiene siempre en
un sueño uniforme. De dormir
tan bien a veces sonríe. Tan sólo
se despierta cuando usted le toca
el cuerpo, los pechos, los ojos. A
veces también se despierta sin
razón, excepto para preguntarle
si es el ruido del viento o el de la
marea alta.
Se despierta. Le mira. Dice: El
mal se apodera siempre más de
usted, se ha apoderado de sus
ojos, de su voz.
Usted pregunta: ¿Qué mal?
Ella dice que todavía no sabe
decirlo.
Noche tras noche se introduce
usted en la oscuridad de su sexo,
se adentra casi sin saberlo en ese
callejón sin salida. A veces se
queda allí, duerme allí, en ella,
toda la noche con el fin de estar
dispuesto por si, al capricho de
un movimiento involuntario por
parte de ella o por la suya, le entraran
ganas de poseerla otra
vez, de llenarla aún más y de gozar
de puro placer como siempre,
cegado por las lágrimas.
Ella estaría siempre dispuesta,
quisiéralo o no. Precisamente
sobre esto usted nunca sabría
nada. Ella es más misteriosa que
todas las evidencias exteriores
que usted jamás ha conocido
hasta ahora.
Tampoco nunca sabría usted
nada, ni usted ni nadie, nunca,
cómo ve ella, qué piensa ella de
usted y del mundo, y de su cuerpo
y de su espíritu, y de ese mal
que ella dice que le invade. Ella
misma no lo sabe. No sabría decírselo,
de ella nada podría usted
saber.
Nunca sabría usted, nada ni
usted ni nadie, de lo que ella
piensa de usted, de esta historia.
Por muchos que fueran los siglos
que cubrieran el olvido de sus
existencias, nadie lo sabría. En
cuanto ella, no sabe saberlo.
Porque no sabe nada de ella
diría que ella no sabe nada de
usted. Se empeñaría en ello.
Ella habría sido alta. El cuerpo
habría sido esbelto, hecho de
una sola vaciada, de una vez
como por Dios él mismo, con la
perfección indeleble del accidente
personal.
Ella no se habría parecido de
hecho a nadie.
El cuerpo no tiene defensa alguna,
es liso desde el rostro has
ta los pies. Incita al estrangulamiento,
a la violación, las vejaciones,
los insultos, los gritos de
odio, el desencadenamiento de
las pasiones cabales, mortales.
Usted la mira.
Es muy delgada, grácil casi,
sus piernas son de una belleza
que no participa de la del cuerpo.
No entroncan realmente con
el resto del cuerpo.
Usted le dice: Usted debe ser
muy hermosa.
Ella dice: Estoy aquí, mire, estoy
ante usted.
Usted dice: No veo nada.
Ella dice: Procure ver, está incluido
en el precio que ha pagado.
Toma el cuerpo, mira sus diferentes
espacios, le da la vuelta,
le da otra vez la vuelta, lo mira,
lo mira otra vez.
Renuncia.
Renuncia. Deja de tocar el
cuerpo.
Hasta esa noche usted no había
entendido cómo se podía ignorar
lo que ven los ojos, lo que
tocan las manos, lo que toca el
cuerpo. Descubre esa ignorancia.
Usted dice: No veo nada.
Ella no responde.
Duerme.
Usted la despierta. Le pregunta
si es una prostituta. Con una
señal de que no.
Le pregunta por qué ha aceptado
el contrato de las noches
pagadas.
Ella responde con una voz
aún adormecida, casi inaudible:
Porque en cuanto me habló vi
que le invadía el mal de la
muerte. Durante los primeros
días no supe nombrar ese mal.
Luego, más tarde, pude hacerlo.
Le pide que repita otra vez
esas palabras. Ella lo hace, repite
las palabras: El mal de la
muerte.
Le pregunta cómo lo sabe.
Ella dice que lo sabe. Dice que
se sabe sin saber cómo se sabe.
Usted le pregunta: ¿En qué el
mal de la muerte es mortal? Ella
responde: En que el que lo padece
no sabe que es portador de
ella, de la muerte. También en
que estaría muerto sin vida previa
a la que morir, sin conocimiento
alguno de morir a vida
alguna.
Los ojos están siempre cerrados.
Se diría que descansa de
una fatiga inmemorial. Cuando
ella duerme usted ha olvidado el
color de sus ojos, así como el
nombre que usted le dio la pri
mera noche. Después descubre
que no sería el color de los ojos
la frontera infranqueable entre
ella y usted. No, no el color, usted
sabe que éste navegaría entre
el verde y el gris, no, no el color,
no, sino la mirada.
La mirada.
Usted descubre que ella le
mira.
Usted grita. Ella se vuelve hacia
la pared.
Ella dice: Pronto será el fin no
tema.
Con un solo brazo la levanta
contra usted tan ligera es. Usted
mira.
Curiosamente los pechos son
morenos, sus aureolas, casi negras.
Usted los come, los sorbe y
nada en el cuerpo se mueve, ella
deja hacer, deja. Quizás en un
momento dado usted grita una
vez más. En otro usted le dice
que pronuncie una palabra, una
sola, la que le nombra a usted,
usted le dice esa palabra, ese
nombre. Ella no responde, entonces
usted grita otra vez. Es
entonces cuando ella sonríe. Y
es entonces cuando usted se entera
de que ella está viva.
La sonrisa desaparece. Ella no
ha dicho el nombre.
Sigue usted mirando. El rostro
está entregado al sueño, está
mudo, duerme como las manos.
Pero el espíritu aflora siempre a la
superficie del cuerpo, lo recorre
por entero, y de tal manera que
cada una de las partes de ese cuerpo
es por sí sola testigo de su totalidad,
la mano y los ojos, el abombamiento
del vientre y el rostro,
los pechos y el sexo, las piernas y
los brazos, la respiración, el corazón,
las sienes y el sino.
Vuelve usted a la terraza ante
el mar negro.
Hay en usted sollozos de los
que ignora el porqué. Están retenidos
al borde mismo de usted
como exteriores a usted, no pueden
alcanzarle para ser llorados
por usted. Frente al mar negro,
contra el muro de la habitación
en la que ella duerme, usted llora
por usted mismo como lo haría
un desconocido.
Vuelve a la alcoba. Ella duerme.
Usted no lo entiende. Ella
duerme, desnuda, en el lugar
que usted ocupa en la cama. No
entiende cómo puede ser que
ella ignore sus llantos, que de
por sí quede protegida de usted,
que ignore hasta ese extremo
que ocupa el mundo entero.
Usted se tiende a su lado. Sigue
llorando por usted mismo.
Pronto se acerca el alba.
Pronto hay en la alcoba una
sombría claridad de color indeciso.
Pronto enciende algunas
lámparas para verla. Para verla a
ella. Para ver lo que nunca conoció,
el sexo soterrado, ver
aquello que engulle y retiene sin
parecer hacerlo, al verlo así ensimismado
en su sueño, dormido.
Para ver también las pecas esparcidas
por ella desde la orilla
del cabello hasta el nacimiento
de los pechos, allí donde ceden
bajo su peso, engarzados a las bisagras
de los brazos, y también
hasta los párpados cerrados y los
labios entreabiertos y pálidos.
Usted se dice: en los lugares del
sol del verano, en los lugares
abiertos, ofrecidos a la vista.
Ella duerme.
Usted apaga las lámparas.
Está casi claro.
Todavía se acerca el alba. Son
esas horas tan vastas como los
espacios del cielo. Es demasiado,
el tiempo ya no encuentra por
dónde pasar. El tiempo ya no
pasa. Usted se dice que ella debería
morir. Usted se dice que si
ahora en ese momento de la noche
ella muriera, sería más fácil,
usted sin duda quiere decir: para
usted, pero no termina la frase.
Usted escucha el ruido del
mar que empieza a subir. Esa
extraña está ahí en la cama, en
su lugar, en el charco blanco de
las sábanas blancas. Esa blancura
vuelve más oscura su forma,
más evidente que lo sería una
evidencia animal bruscamente
abandonada por la vida, que lo
sería la de la muerte.
Mira esta forma, descubre a la
vez en ella su poder infernal, la
abominable fragilidad, la debilidad,
la fuerza invencible de la
debilidad sin par.
Sale de la alcoba, vuelve a la
terraza frente al mar, lejos de su
olor.
Hay una lluvia menuda, el
mar aún está negro bajo el cielo
descolorido de luz. Oye su ruido.
El agua negra sigue subiendo, se
acerca. Se mueve. No deja de
moverse. Largas oías blancas lo
atraviesan, un ancho mar de
fondo que vuelve a caer en estrépitos
de blancura. El mar negro
está fuerte. Hay una tormenta a
lo lejos, es frecuente, por la noche.
Se queda mucho tiempo
mirando.
Se le ocurre la idea de que el
mar negro se mueve en lugar de
otra cosa, de usted, y de esa forma
sombría en la cama.
Termina su frase. Se dice que
si ahora a esa hora de la noche
ella muriera le sería a usted más
fácil hacerla desaparecer de la
faz de la tierra, arrojarla a las
aguas negras, que bastarían unos
minutos para arrojar un cuerpo
de ese peso a la mar creciente
con el fin de eliminar de la cama
ese olor hediondo de heliotropo
y cidro.
A la habitación vuelve de
nuevo. Allí está ella, durmiendo,
abandonada en sus propias tinieblas,
en su magnificencia.
Descubre que está hecha de
tal modo que en cualquier momento,
se diría, por su propio
deseo, su cuerpo podría dejar de
vivir, derramarse a su alrededor,
desaparecer ante sus mismos
ojos, y que es bajo semejante
amenaza cómo duerme, cómo se
expone a ser vista por usted.
Que es con el peligro que corre
a partir del momento en que el
mar está tan cerca, desierto, tan
negro todavía, con lo que ella
duerme.
Alrededor del cuerpo, la habitación.
Sería su propia habitación.
Una mujer, ella, la habita. Usted
ya no reconoce la habitación.
Ha quedado vacía de vida, está
sin usted, sin su semejante. La
ocupa únicamente vaciado flexible
y largo de la forma ajena en
la cama.
Ella se mueve, se le entreabren
los ojos. Pregunta: ¿Cuántas
noches pagadas aún? Usted
dice: Tres.
Ella pregunta: ¿No ha querido
nunca a una mujer? Usted dice
que no, nunca.
Ella pregunta: ¿No ha deseado
nunca a una mujer? Usted dice
que no, nunca.
Ella pregunta: ¿Ni una sola
vez, ni un instante? Usted dice
que no, nunca.
Ella dice: ¿Nunca? ¿Nunca?
Usted repite: Nunca.
Ella sonríe, dice: Es raro un
muerto.
Y vuelve a empezar: ¿Y mirar
a una mujer, no ha mirado nunca
a una mujer? Usted dice que
no, nunca.
Ella pregunta: ¿Usted qué
mira? Usted dice: Todo lo demás.
Ella se despereza, se calla.
Sonríe, vuelve a dormirse.
Vuelve usted a la habitación.
Ella no se ha movido en el charco
blanco de las sábanas. Mira a
ésa a quien nunca había abordado,
nunca, ni a través de sus
semejantes ni a través de ella
misma.
Mira la forma sospechosa desde
hace siglos. Abandona.
Ya no mira usted. Ya no mira
nada más. Cierra los ojos para
reconocerse en su diferencia, en
su muerte.
Cuando abre los ojos, ella está
ahí, todavía, ella aún está ahí.
Vuelve usted hacia el cuerpo
extraño. Duerme.
Mira el mal de su vida, el mal
de la muerte. Es en ella, en su
cuerpo dormido, donde lo ve.
Usted mira los rincones del
cuerpo, mira el rostro, los pechos,
el rincón impreciso de su
sexo.
Mira el lugar del corazón. En
cuentra que el latido es diferente,
más lejano, le viene la palabra:
más ajeno. Es regular, parecería
no tener que cesar nunca.
Acerca su cuerpo al objeto de su
cuerpo. Está tibio, está fresco.
Ella vive todavía. Incita al asesinato
en tanto que vive. Se pregunta
cómo matarla y quién la
matará. Usted no quiere nada, a
nadie, incluso esa diferencia que
usted cree vivir usted no la quiere.
Usted no conoce sino la gracia
del cuerpo de los muertos, la
de sus semejantes. De pronto sitúa
la diferencia entre esa gracia
del cuerpo de los muertos y ésa
ahí presente hecha de debilidad
última que podría aplastarse con
un gesto, esa realeza.
Descubre que es ahí, en ella,
donde se cultiva el mal de la
muerte, que es esta forma ante
usted desplegada la que decreta
el mal de la muerte.
De la boca entreabierta sale una
respiración, vuelve, se retrotrae,
vuelve otra vez. La máquina de
carne es prodigiosamente exacta.
Inclinado sobre ella, inmóvil, la
mira. Sabe que podría disponer
de ella a su antojo, de la forma
la más peligrosa. No lo hace.
Por el contrario acaricia el cuerpo
con la misma suavidad que si
incurriera en el peligro de la felicidad.
Su mano se encuentra sobre
el sexo, entre los labios que
se rajan, allí es donde ella acaricia.
Usted mira la hendidura de
los labios y lo que los rodea, el
cuerpo entero. No ve nada.
Quisiera verlo todo de una
mujer, hasta donde eso pudiera
hacerse. No ve que esto le es imposible.
Usted mira la forma cerrada.
Ve primero inscribirse en la
piel ligeros estremecimientos,
precisamente como los del dolor.
Y luego temblar los párpados
como si los ojos quisieran ver. Y
luego abrirse la boca como si la
boca quisiera decir. Y luego percibe
que bajo sus caricias los labios
del sexo se hinchan y que
de su terciopelo brota un agua
viscosa y cálida como la sangre.
Entonces hace más rápidas sus
caricias. Percibe que los muslos
se separan para dejar su mano
moverse a sus anchas, para que
usted lo haga aún mejor.
Y de pronto, en una queja, usted
ve invadirla el goce, apoderarse
de ella por entero, levan
tarla del lecho. Mira intensamente
lo que acaba de realizar
en ese cuerpo. Lo ve luego recaer,
inerte, sobre la blancura
del lecho. Respira aprisa en sobresaltos
siempre más espaciados.
Y luego los ojos se cierran
aún más, y después se sellan aún
más al rostro. Y luego se abren,
y después se cierran.
Se cierran.
Usted lo ha mirado todo. A su
vez cierra por fin los ojos. Permanece
así mucho tiempo los
ojos cerrados, como ella.
Piensa en el exterior de su habitación,
en las calles de la ciudad,
en esas pequeñas plazas alejadas
del lado de la estación. En
esos sábados de invierno semejantes
unos a otros.
Y luego oye ese ruido que se
acerca, oye el mar.
Oye el mar. Está muy cerca de
las paredes de la habitación. Por
las ventanas, siempre esa luz
descolorida, esa lentitud del día
en alcanzar el cielo, siempre el
mar negro, el cuerpo que duerme,
la extraña de la habitación.
Y después usted lo hace. No
sabría decir por qué lo hace. Veo
que lo hace sin saberlo. Usted
podría salir de la alcoba, alejarse
del cuerpo, de la forma dormida.
Pero no, usted lo hace, como
aparentemente otro lo haría, con
esa diferencia integral, que le separa
de ella. Usted lo hace, vuelve
hacia el cuerpo.
Lo cubre por entero con el
suyo, lo atrae hacia usted para
no aplastarlo con su fuerza, para
evitar matarlo, y luego lo hace,
vuelve al cobijo nocturno, en él
se encenaga.
Permanece aún en ese abrigo.
Llora una vez más. Cree saber
no sabe qué, no puede con ese
saber, cree ser el único hecho a
imagen de la desdicha del mundo,
a imagen de un destino privilegiado.
Cree ser el rey de ese
acontecimiento en curso, cree
que existe.
Ella duerme, la sonrisa en los
labios, como para matarla.
Permanece usted aún al abrigo
de su cuerpo.
Ella está llena de usted mientras
duerme. Los estremecimientos
ligeramente gritados que recorren
su cuerpo se hacen cada
vez más evidentes. Ella habita
una dicha soñada de estar llena
de un hombre, de usted, o de
otro, o de otro aún.
Usted llora.
Los llantos la despiertan. Ella
le mira. Mira la alcoba. Y de
nuevo le mira. Le acaricia la
mano. Pregunta: ¿Por qué llora?
Usted dice que ella es quien
debe decir por qué llora, que ella
es quien debiera saberlo.
Ella responde muy bajo, con
dulzura: Porque usted no ama.
Usted responde que así es.
Ella le pide que se lo diga claramente.
Usted se lo dice: No amo.
Ella dice: ¿Nunca?
Usted dice: Nunca.
Ella dice: El deseo de estar a
punto de matar a un amante, de
guardarlo para usted, para usted
solo, de poseerlo, de robarlo
contra todas las leyes, contra todos
los imperios de la moral, ¿no
lo conoce, no lo ha conocido
nunca?
Usted dice: Nunca.
Ella le mira, repite: Es raro un
muerto.
Ella le pregunta si ha visto usted
el mar, le pregunta si ya es
de día, si el tiempo claro.
Usted dice que despunta el
día, pero que en esta época del
año es muy lento en invadir el
espacio que ilumina.
Ella le pregunta por el color
del mar.
Usted dice: Negro.
Ella responde que el mar nunca
es negro, que usted debe de
confundirse.
Usted le pregunta si ella cree
que se le puede amar.
Ella dice que no se puede de
ninguna manera. Usted le pregunta:
¿Por culpa de la muerte?
Ella dice: Sí, por culpa de esa insipidez
de esa inmovilidad de su
sentimiento, por culpa de esa
mentira al decir que el mar es
negro.
Y luego ella se calla.
Teme usted que ella vuelva a
dormirse, la despierta, le dice:
Hable más. Ella dice: Entonces,
hágame preguntas, por mí misma
no puedo. De nuevo le pregunta
usted si se le puede amar.
Ella dice una vez más: No.
Ella dice que poco antes usted
tuvo ganas de matarla cuando
volvió de la terraza y entró por
segunda vez en la habitación,
que ella lo comprendió en su
sueño por su mirada sobre ella.
Ella le pide que le diga por qué.
Usted le dice que no puede saber
por qué, que no tiene la inteligencia
de su mal.
Ella sonríe, dice que es la primera
vez, que no sabía antes de
conocerle que la muerte podía
vivirse.
Ella le mira a través del verde
filtrado de sus pupilas. Dice: Usted
anuncia el reino de la muerte.
No se puede amar la muerte
si le viene impuesta desde fuera.
Usted cree llorar por no amar.
Usted llora por no imponer la
muerte.
Ella ya está en el sueño. Le
dice de un modo apenas inteligible:
Ya usted a morir de muerte.
Su muerte ha comenzado ya.
Usted llora. Ella le dice: No
llore, no merece la pena, deje
esta costumbre de llorar por usted
mismo, no merece la pena.
Insensiblemente la habitación
se ilumina con una luz solar,
aún sombría.
Ella abre los ojos, vuelve a cerrarlos.
Dice: Aún dos noches
pagadas, pronto se acabará esto.
Sonríe y con la mano le acaricia
los ojos. Se burla durmiendo.
Usted sigue hablando, solo en
el mundo como usted desea. Usted
dice que el amor siempre
le ha parecido fuera de lugar,
que no ha comprendido nunca,
que siempre ha evitado amar, que
siempre ha querido ser libre de
no amar. Dice que está perdido.
Dice que no sabe de qué, en qué
está perdido.
Ella no escucha, duerme.
Usted cuenta la historia de un
niño.
El día se asoma por las ventanas.
Ella abre los ojos, dice: Deje
de mentir. Ella dice que espera
no saber nunca nada de la forma
en que usted, usted sí sabe, por
nada del mundo. Dice: No quisiera
saber nada de la forma en
que usted, usted sí sabe, con esa
certeza que proviene de la muer
te, esa monotonía irremediable,
igual a sí misma cada día de su
vida, cada noche, con esa función
mortal de la falta de amar.
Dice: Ya es de día, todo va a
empezar, excepto usted. Usted,
usted no empieza nunca.
Vuelve a dormirse. Usted le
pregunta por qué duerme, de
qué fatiga debe descansar, monumental.
Ella levanta la mano
y de nuevo le acaricia el rostro,
la boca quizás. Vuelve a burlarse
durmiendo. Dice: Usted no puede
comprender ya que es usted
quien hace la pregunta. Dice
que así también descansa de usted,
de la muerte.
Usted continúa la historia del
niño, la grita. Dice que no sabe
toda la historia del niño, de usted.
Dice que ha oído contar esa
historia. Ella sonríe, dice que
también ha oído y leído muchas
veces esa historia, en todas
partes, en muchos libros. Usted
pregunta cómo podría surgir el
sentimiento de amar. Ella le
responde: Quizás de un fallo repentino
en la lógica del universo.
Dice: Por ejemplo de un
error. Dice: Nunca por quererlo.
Usted pregunta: ¿El sentimiento
de amar podría surgir de otras
cosas aún? Usted le suplica que
diga. Ella dice: De todo, de un
vuelo de pájaro nocturno, de
un sueño, del sueño de un sueño,
de la cercanía de la muerte,
de una palabra, de un crimen, de
uno, de uno mismo, de pronto
sin saber cómo. Dice: Mire.
Abre las piernas y en el hueco
de sus piernas separadas ve usted
por fin la negra noche. Usted
dice: Era ahí, la noche negra, es
ahí.
Ella dice: Ven. Usted va. Dentro
de ella, usted llora otra vez.
Ella dice: No llores más. Dice:


Tómame para que todo quede
consumado.
Usted lo hace, la toma.
Queda consumado.
Ella vuelve a dormirse.
Un día ella ya no está. Usted
se despierta y ella ya no está. Se
ha ido durante la noche. La huella
del cuerpo está aún en las sábanas,
está fría.
Es la aurora hoy. Aún no el
sol, pero los contornos del cielo
ya están claros mientras del centro
de ese cielo cae aún la oscuridad
sobre la tierra, densa.
Ya no queda nada más que
usted en la alcoba. Su cuerpo ha
desaparecido. Su súbita ausencia
confirma la diferencia entre ella
y usted.
A lo lejos, en las playas, algunas
gaviotas gritarían en la oscu

por la marea baja. En la
oscuridad, el grito demente de
las gaviotas hambrientas le parece
de repente no haberlo oído
nunca.
Ella no volvería nunca.
La noche de su partida, en un
bar, usted cuenta la historia. Primero
la cuenta como si fuera
posible hacerlo, y luego renuncia
a ello. Después la cuenta
riéndose como si fuera imposible
que hubiera ocurrido o como si
fuera posible que usted la hubiera
inventado.
Al día siguiente, de pronto,
usted notaría quizás su ausencia
en la habitación. Al día siguiente,
quizás experimentaría un de
seo de verla de nuevo allí, en la
extrañeza de la soledad, en su estado
de desconocida de usted.
Quizás la buscaría fuera de su
habitación, en las playas, en las
terrazas, en las calles. Pero no
podría encontrarla porque en la
luz del día no reconoce a nadie.
No la reconocería. No conoce de
ella más que su cuerpo dormido
bajo sus ojos entreabiertos o cerrados.
La penetración de los
cuerpos usted no puede reconocerla,
no puede nunca reconocerla.
Usted no podrá nunca.
Cuando usted lloró, fue sólo
por usted y no por la admirable
imposibilidad de alcanzarla a
través de la diferencia que les
separa.
De toda la historia usted no
conserva más que ciertas pala
bras que ella pronunció en el
sueño, esas palabras que nombran
aquello de lo que usted padece:
Mal de la muerte.
Muy pronto usted renuncia,
deja de buscarla, ni en la ciudad,
ni en la noche, ni en el día.
Con todo así pudo usted vivir
este amor de la única forma posible
para usted, perdiéndolo antes
de que se diera.



BIOGRAFÍA.



Marguerite Duras Francesa 1914 - 1996 Hija de franceses, Marguerite Duras (de nombre real Marguerite Donnadieu) nace el 4 de abril de 1914 en la Indochina francesa. Su padre, profesor, muere cuando ella tiene cuatro años, y su familia vive en la estrechez. En 1932, se traslada a París donde estudia derecho, matemáticas y ciencias políticas. En 1943 publica su primera novela, Les Impudents En sus textos primerizos denota su querencia por escritores como Virginia Woolf o Ernest Hemingway. A partir de entonces, no abandona ya ninguna de las vías de expresión en las que hace incursión: la escritura, el cine, el teatro. Su producción como escritora, en muchas ocasiones con trazos autobiográficos, la convierten en uno de los principales nombres de la nouveau roman, con temas como la soledad, el amor o la muerte.De su producción narrativa se destaca, por ejemplo, Moderato cantabile, El vicecónsul, Los caballitos de Tarquinia y El amante de la China del Norte. Tras una profunda crisis psíquica marcada por el alcoholismo, tres obras maestras, en las que afina definitivamente su esritura, nacida toda ella del deseo: El hombre sentado en el pasillo, El mal de la muerte y El amante, su novela más conocida, que se convirtió en un éxito mundial con un tiraje de más de tres millones y que fue traducida a cuarenta idiomas, con la que obtuvo el premio Goncourt y que el director francés Jean-Jacques Annaud llevó al cine.Muere de cáncer el 3 de marzo de 1996 en París, a los 81 años.

Melan.
Martes 27 de abril de 2010.
Queridos todos los que por aquí pasen, quiero dejarles una aclaración: desconozco el motivo por el cual tuve la necesidad de publicar "El mal de la muerte" de Marguerite Duras en tres oportunidades en este blog.
Uno de ellos estoy segura, porque me fascina la manera de escribir de Marguerite y el otro motivo probablemente sea mi incipiente mala memoria, que por tanto publicar autores hispanoamericanos he creído que dejé a esta escritora fuera de mi lista. De todos modos creo no está mal recordarla nuevamente de vez en cuando. Mis disculpas y gracias. Melan.

jueves, 8 de abril de 2010

VIDA Y OBRA de Juan Wallparrimachi, poeta originario nativo de Bolivia



JUAN WALLPARRIMACHI (o HUALPAIRRIMACHI) (1793-1814)

Sólo responden bosques profundos Fuentes y sierras a mi clamor; Nadie comprende ya sobre el mundo ¡Ay! mi quebranto ni mi dolor.

Quienes se asombran de que en 1816 San Martín, junto a Belgrano, Güemes y otros patriotas, abogaran a favor de la coronación en estas tierras de un descendiente de la dinastía incaica, desconocen la profunda inserción que los hoy llamados ‘pueblos originarios tuvieron en los sucesos de la revolución y la independencia de las Provincias Unidas. Un caso peculiar en este sentido es el del indio Juan Wallparrimachi, quien, además de luchar junto a las guerrillas de Juana Azurduy y Manuel Asencio Padilla en el Alto Peal, puede ser considerado con justicia como uno de los primeros poetas de nuestra América independiente.
Nacido en Macha, partido de Chayanta, Potosí, en 1793, hijo de madre india y padre español, quedó huérfano a poco de nacer. Como no conocía el apellido de su padre, adoptó el de su abuelo materno, y así escribirá después:
Porque no conocí a mi madre, más que la fuente lloro, porque no hubo quien me ampare mi propio llanto bebí”.
Recogido por los esposos Padilla, se cuenta que en cierta ocasión Manuel Asencio enseñaba a sus hijos a leer y escribir ante la mirada atenta y silenciosa del pequeño criado indio. De pronto, ante el asombro de todos, el niño tomó un trozo de carbón y escribió su nombre en la pared. A partir de ese momento fue otro alumno y un hijo más de los Padilla Azurduy.
Al cabo de corto tiempo leía y escribía a la perfección, no solo en castellano sino también en quechua, el runa simi del imperio perdido:
¿Ima phuyu jáqay phuyu. ¿Qué nube puede ser aquella nube Yanayasqaj wasaimakun? que entenebrecida se aproxima? Mamaipoj wacayninchari Será tal vez el llanto de mi madre paraman tukuspa jamun. que viene en lluvia convertido.
“La estructura de su poesía -dirá Néstor Taboada Terán- exhala un aliento lírico de notable vitalidad. Es la misma que utilizaron los arawicus del pasado. Es decir, escritos en pentasilabos distribuidos en estrofas de a seis versos, aunque existen también unas pocas de a cuatro'. En cuanto a su temática es una, casi excluyente y obsesiva: la nostalgia por el amor perdido. La habría inspirado una joven muy bella, Vicenta Quiroz, casada contra su voluntad con un rico minero andaluz, por lo demás tosco y anciano. Los jóvenes vivieron un tiempo una apasionada relación clan destina, que al ser descubierta terminó con la reclusión permanente de Vicenta en un monasterio de Arequipa.
Obsedido por el recuerdo de ese amor frustrado, Wallparrimachi describirá su desdicha y la de su amante en endechas plenas de ternura:

¿Cómo pudiera hacer para peinar con peine de oro tu negra y seductora cabellera y ver cómo ondula alrededor de tu cuello?
¿Cómo pudiera hacer para que los luceros de tus ojos rompiendo el caos de mi ceguera solo brillaran en mi corazón?
¿Cómo pudiera hacer para beber tu aliento y conseguir que la grana que está floreciendo en tus labios se cubriera de flores aún más rojas?
¿Cómo pudiera hacer para que la pureza de tu mano avergonzando a la azucena reverberara todavía más?
¿Cómo pudiera hacer para que el ritmo de tu andar en cada paso fuera derramando más flores que las que hoy le veo derramar?
Y si me fuera dado hacer todo esto, ya podría plantar tu corazón dentro del mío, para verlo eternamente verdecer”

Para 1814, Juan Wallparrjmachj es un joven de 21 años, quechua puro por su color, por sus facciones y por su espíritu”, que lucha aguerridamente contra los godos (“los tablas”, dirían allí y entonces) al lado de sus padres adoptivos. Liderando un contingente de ochocientos honderos indígenas participa de la reñida acción de Las Carretas, así descripta por un cronista de la época: “Reforzado el enemigo, le atacó en el punto de Carretas, donde resistió con treinta fusileros, y más de ocho cientos indios, guerreando cuatro días. Murieron treinta tablas, se ganaron cinco fusiles, y una espingarda de cañón de tres varas; no obstante, logró seducir el enemigo al indio gobernador Mamani, y se introdujo por el punto que guardaba Padilla, a quien lo rechazó a traición, pero se encaminó a atacarlo de noche en su campamento con doce fusileros en que murieron otros tablas, y después se retiró Padilla a tres leguas de distancia, solo con pérdida de un teniente hondero, donde permaneció tres días”.
Esa impersonal única pérdida, ese innominado teniente hondero caído en la jornada del 7 de agosto de 1814, era Juan Wallparrimachi, el valiente guerrillero, el tierno poeta que supo inmortalizar en sus rimas a la infortunada Beatriz criolla que amó y no pudo olvidar:

“Solo en ti está mi corazón y cuando sueño no veo a nadie sino a ti.
Solo en ti pienso y a ti también te busco si estoy despierto.
Igual que el sol fulguran para mí tus ojos.
En tu rostro se abren, para regalo mío, todas las flores.
La lumbre sola de tus pupilas me da la vida. Y tu boca florida con su sonrisa me hace dichoso.
Ven, y ámame, tierna paloma, no temas nada, pese al destino, yo te amaré hasta la muerte”.


Por Juan Carlos JaraDe GALASSO, Norberto. Los Malditos.: Hombres y Mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos. Ediciones Madres de la Plaza de Mayo, Argentina: Buenos Aires, 2005. Volumen I, p. 374-378.
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Nota de la administradora del blog: Quiero dejar constancia que por supuesto la imagen expuesta corresponde al queridísimo Presidente de la República de Bolivia, Evo Morales, quien creo que más que nadie puede representar en esta humilde recopilación a un autor nativo originario del pueblo al que él tan honrosamente preside. Un autor tan lejano en el tiempo, pero tan presente en el alma de los que los consideramos los verdaderos dueños de la tierra americana. Melan.

CARTA A GOMBROWICZ de Manuel Gálvez


CARTA DE MANUEL GÁLVEZ A GOMBROWICZ

Buenos Aires, 3 de junio de 1947
Mi estimado amigo:
Como no me conformo con tocarme la oreja derecha cuando lo vea, ahí va mi opinión sobre Ferdydurke. No he leído en mi vida libro más original, ni más raro. No se parece en nada a Rabelais, salvo en la invención de palabras. Pero pertenece a una corta familia de libros muy raros, entre los que yo colocaría, además de la obra de Rabelais, el drama Le roi Bonibance, de Marinetti, varios libros futuristas, dadaístas y ultraístas y algo de Ramón Gómez de la Serna. Si Ferdydurke no es una obra genial, está muy cerca de serlo. Tiene usted una imaginación formidable y un poderoso sentido dramático. Sobre lo segundo le diré que muchas escenas me han apasionado por su dramaticidad, a pesar de tratarse de asuntos en cierto modo absurdos, como me apasionaron escenas realistas o sentimentales, escritas por verdaderos maestros.
Acaso lo que más me ha gustado sea el capítulo "Filidor forrado de niño". Lo mismo la pelea en la casa de los Juveliones.
A pesar de ser, en apariencia, lo opuesto a una novela realista, hay en su libro un fondo realista y humano. Ha dado usted una representación en cierto modo simbólica de la realidad. O mejor que simbólica, algebraica.
Hay un extraño humorismo en su libro. Y cosas excelentes como ésta (página 263): "Después de echar la pregunta, dio un paso tras ella...". Igualmente he encontrado observaciones psicológicas dignas de Stendhal, Bourget o Proust. Ejemplo (pág. 264): "El hombre debe adelantar el disparo con un interno anímico disparo".
Cien cosas más tendría que decirle, pero me falta el tiempo y, lo que es peor, me está volviendo una neuritis que tuve en el brazo derecho y que no me permite escribir mucho a máquina.
Algunas intenciones que hay en su libro son difíciles de ser comprendidas, y no sé si las habré alcanzado. Ya hablaremos. No quiero olvidarme del enorme contenido que hay en su libro: contenido filosófico, poético, idiomático, etcétera.
La traducción me parece buena, sin conocer el original. Encuentro algunos errores. La palabra "directriz" es femenina y está empleada como masculina.
En vez de "facha" (aunque ésta tiene relación con faz) en el sentido de rostro, yo hubiera empleado una vieja palabra nuestra: escracho, poco usada actualmente.
Cambiando de tema: recibí carta del editor de Poznan. Está tan interesado que inmediatamente le escribió a Maffey. Por cierto que este señor no me ha contestado: eso es muy argentino.
Deseo conversar con usted. Le mostraré las dos cartas de los editores.
Usted podría venir el sábado por la tarde, a las tres, por ejemplo. O el domingo por la mañana, en el caso de que yo no vaya al Tigre a visitar a mis nietitas.
Si mi casa le queda lejos, podemos tomar el té en el centro, a las cinco o cinco y cuarto, el día que le convenga. Pero tiene que llamar primero por teléfono. Felicitaciones por su libro y saludos afectuosos de su amigo.


BIOGRAFíA
ARGENTINA
MANUEL GÁLVEZ (1882-1962)
Nació en la provincia de Entre Ríos, el 18 de julio de 1882. Su familia tuvo mucha participación en la vida política, aunque, en la vecina provincia de Santa Fe: su abuelo paterno, José Toribio de Gálvez (1818-1874) había sido diputa do en su Honorable Asamblea Constituyente.
En 1898, la familia'Gálvez se instaló en Buenos Aires. Para 1904 Manuel se recibió de abogado, y un año después, presentó su tesis sobre “La trata de Blancas”.
Su primera incursión en las letras fue a través de la revista “Ideas”, nacida en mayo de 1903, publicación dirigida por Ricardo Olivera y el mismo Gálvez. “Buenos Aires, expresión sintética de la República, nunca ha tenido esa morosa predilección por las cosas del espíritu que es exquisito exponente de las civilizaciones superiores. Llamarla Atenas ha sido siempre el mejor sarcasmo que elogio (.4 La realidad, que ignora los codos galantes que disfrazan de cortesano a la mentira, muestra argentinos que tienen más bien, rasgos de fenicios, que perfiles de atenienses. (...) Así se explica el éxodo de talento (...) pero siempre han existido cerebrales vigorosos que han anhela do la reacción. El ambiente opaco de factoría ha encontrado ‘inadaptables' (...) IDEAS es, porque la juventud será para la entera verdad...”.
Estas afirmaciones críticas que sirven para caracterizar el estado del mundo intelectual argentino a partir de una evaluación negativa sobre la condición espiritual de Buenos Aires a principios de 1900, pertenece a la nota con que se inició, en 1903, la revista “Ideas”, dirigida por dos jóvenes de diecinueve años, de origen provinciano. Este manifiesto se tituló “Sinceridades', y representó el punto de partida del objetivo espiritual al que se proponían llegar. El vocabulario que acuñó el manifiesto construye un “registro” en el cual sobresalen la “necesidad nacional', la “operación salvadora” de la Nación, el ambiente opaco de la factoría”, el ideal entendido como “de, nacional' en contraposición con la mentira, como “vicio nacional. Esta nueva retórica preanunciaba, quizá sin saberlo, el primer nacionalismo argentino.
A pesar de la poca experiencia de quienes llevaron adelante a la revista, realizaron una tarea muy difícil, pues marcaron los defectos o enemigos” que debían superar para lograr sus metas: Sin entrelíneas sostuvieron: “... dos enemigos reconocibles: uno, el que proviene del campo del poder, que se impone con su voz más fuerte poderosa (...) el otro, proviene de una voz, inhumana, la voz metálica del progreso, que cercena la posibilidad de producción de un discurso intelectual
Además identificaron otros escollos que debían vencer: “la mediocridad”, el “vacío literario” o la “ausencia de una tradición intelectual auténtica”, Centraron la actividad de a revista en la crítica literaria, entendiéndola como un “verdadero pampero agreste y duro”, que en su tarea sanitaria limpiará y derribará falsos ídolos, arrogándose e] poder de construir la tradición crítica nacional, en función de una selección de carácter moral.
En “Amigos” y “Maestros de mi juventud”. Gálvez se refiere a “su generación”: “Quienes hicieron y participaron de la revista fueron los primeros que miraron hacia las cosas de nuestro tiempo (...) Fueron quienes lucharon contra el ambiente materialista y descreído, extranjerizante y despreciador de lo argentino, indiferente hacia los valores intelectuales y sociales…”,
En 1905, viaja a París -el sueño de los intelectuales de la época- y luego pasa a España, donde se contacta con importantes figuras de la “generación del ‘98” logrando rescatar este aspecto positivo de “resurrección” de una nación, por encima de los prejuicios que todavía se tenían hacia España, consecuencia de la conocida “Leyenda Negra”. Si bien Francia lo encandiló, por su enorme caudal cultural, España lo influenció por la crudeza del momento histórico que estaba atravesando, y por la capacidad de sus pensadores de reconocer lo más terrible, a pesar del dolor y la humillación,
En 1906, ya de regreso al país, fue nombrado inspector de la enseñanza Secundaria: “A mi cargo de Inspector le debo el no ser un escritor europeizante (...) Por medio de él me puse en contacto íntimo y profundo con el alma nacional, con los paisajes de mi tierra, las costumbres, las canciones, [danzas, las gentes, las formas de vida.
En 1907, publicó su primer libro, “El Enigma Interior”, al que le sigue, dos años después, “Sendero de Humildad”. En 1910 Gálvez se casó con Delfina Bunge. Ese año lanzó el polémico ‘El Diario de Gabriel Quiroga” (Homenaje a la Patria en el Centenario de su Revolución independentista): “Sé que entre tantos elogios, como los que la adulación cosmopolita y la vanidad casera asestarán a mi patria, daré la nota discordante. Pero no me aflijo (...) este volumen es en cierto modo un libro político...”. Y ciertamente lo era: en él, Gálvez planteó el desequilibrio que existía entre el litoral y el interior del país; y la amenaza que representaba para nuestra identidad nacional, la inmigración y la asimilación, extremadamente pasiva de la cultura anglo-francesa.
En 1913 Gálvez, publicó “La inseguridad en la vida obrera”, en el cual manifestó su inquietud por el mundo del trabajo. En el mismo año, “El solar de la Raza”, que para asombro del autor, se agotó en una primera impresión de cuatro mil ejemplares. En este último -de perfil nacionalista- rescata los pueblitos y ciudades de España, tal como lo hizo en todas sus obras, estableciendo un parangón con los pueblos del interior del país. De los provincianos decidió provinciano puede liberar su aptitud contemplativa y su profundidad cuando llega a Buenos Aires, pero aquí, generalmente, se desargentiniza y materializa.
Desde entonces, Gálvez compuso su ciclo de novelas más importantes, que son las que cumplen con el plan que se pro puso en 1913: dar un perfil argentino, nacional, espiritual e hispanista, en contraposición con la modernización contemporánea europea, sin descuidar, por supuesto, su implacable estética realista. Así aparecieron “La maestra normal” (1914), “El mal metafísico” (1916), “La sombra del Convento” (1917), ‘Nacha Regules” (1919), “Luna de miel y otras narraciones” (1920), “La tragedia de un hombre fuerte” (1922), historia de Arrabal” (1922), “El cántico espiritual” (1923), “La pampa y su pasión” (1926), “Una mujer muy moderna” (1927), “Miércoles Santo” (1930), “La noche toca a su fin” (1935), “Cautiverio” (1935) y “Hombres en soledad” (1938).
Además de las novelas y ensayos, dentro de su producción hay otras dos líneas que ha trabajado sobre tópicos ideológicos de la historia argentina. Sus novelas históricas (agrupadas en los ciclos “Escenas de la Guerra del Paraguay” y “Escenas de la época de Rosas”) y sus biografías de figuras de la historia argentina.
Su “Vida de Juan Manuel de Rosas”, de 1940, alcanzó enorme difusión popular. Esta obra, que calificaron como “novela histórica”, le valió perder el respeto que la crítica liberal le profesaba, pues se entendió que fabulaba sobre sus personajes. Más allá de que pueda cuestionarse el género que utilizó (al que los historiadores “tradicionales” llaman “método”) Gálvez contribuyó, con un lenguaje llano y ameno, a que los sectores populares tomaran contacto con ese período tan “oscuro” de la historiografía oficial. Pocas veces, se dio el caso de un escritor proveniente de la oligarquía tradicional (como lo era la familia de este escritor) que fuera tan leído por el pueblo. En este contexto deben ubicarse también sus otras biografías, “Vida de Hipólito Yrigoyen”, “Vida de Domingo Faustino Sarmiento” y “Vida de Aparicio Saravia”, de 1939, 1945 y 1942 respectiva mente, entre las más leídas.
Además dejó, entre otros, cuatro libros de ‘Memorias'. Fue Premio Nacional de Literatura en 1935 (por “El Diario de Gabriel Quiroga) y tres veces candidato al Premio Nóbel. Fue miembro de la Academia Argentina de Letras.
Pero lo más notable de Gálvez reside en que fue un verdadero “precursor” del nacionalismo, y el mérito consistió en que no logró su visión como lo podría haber hecho un sociólogo o un historiador: sus reflexiones fueron las de un pensador y artista. A través de sus “novelas sociales” se pueden analizar los diferentes momentos históricos que se fueron sucediendo: La oligarquía, el radicalismo y luego el peronismo, se pueden atravesar pasando por sus obras, ‘‘La maestra normal'', ‘‘Hombres en soledad”, y “Tránsito Guzmán”, sucesivamente. De la misma manera que su novela “El gaucho de los Cerillos” sirve indirectamente para conocer y analizar el marco social imperante, también cuenta con un Juan Manuel de Rosas insignificante como personaje, pero omnipresente en el ambiente en el que se desarrolla la obra. Reside aquí una de las diferencias entre la biografía y novela histórica. En “El gaucho se limita la presentación de Rosas y su vinculación con otros personajes en las luchas políticas en los momentos de más crisis. En la biografía, el elemento episódico constituye parte vital para la creación del personaje histórico y se describen muchas escenas que no aparecen en la novela, puesto que carecen de importancia en el desarrollo del discurso novelístico.
En todo momento Gálvez fue conciente de su limitación: en “Entre la novela y la Historia”, de 1962. el escritor admite ser conciente de la importancia histórica del período rosista, y también admite que éste “no ha sido novelado correctamente por ninguno de sus predecesores contemporáneos”. Su contribución a la difusión del revisionismo histórico ha sido imponderable.
Sus planteos lo llevaron por el camino que siempre siguieron los que se opusieron al sistema, o simplemente lo cuestionaron:
el aislamiento y el silencio. Así parece reflejarlo su última obra “Me mataron entre todos”, novela, de 1962. Sus textos consolidaron la tradición realista, y ciertos rasgos de su literatura pasarán a los narradores que comienzan a escribir en la década del ‘20, pues reconocerán en este autor un aliado, por su carácter de “redentor” de los ideales nacionales.
Falleció en Buenos Aires, el 14 de noviembre de 1962, y aunque su influencia se sintió notoriamente entre los intelectuales hasta 1930, cuando comenzaba a declinar su prestigio, fue retomado y revalorizado luego por el grupo de pensadores que integraron el llamado grupo “Boedo”.
En 1967, EUDEBA le publica un libro póstumo: “La gran familia de los Laris”, “radiografía despiadada de la clase alta”, según la califica Luis Soler Cañas o ‘historia del derrumbe de la burguesía argentina, según Juan Pablo López.
En 1966. el suplemento literario de Clarín, informa: “Los escritores argentinos traducidos a lenguas extranjeras forman sin una legión. Citemos algunos: Borges figura con 40 traducciones, Gálvez con 48”.
Sin embargo. Gálvez permanece silenciado. Sus posiciones nacionalistas, sus importantes biografías -ya fuese reivindicando a Yrigoyen y a Rosas, o criticando a Sarmiento-, como así también la osadía de que en sus libros aparezca el 17 de octubre (“Uno y la multitud”) o la lucha del peronismo (‘Tránsito Guzmán”) han sido suficientes para su marginamiento.
En 1972, Jimena Sáenz titula un artículo: “Manuel Gálvez, el olvidado”. Diez años después, Luis Alberto Murray le dedica un artículo en el diario “La Voz” con un título semejante “Manuel Gálvez, ignorado por el establishment”.
Por Cristina Beatriz Piantanida de BarbattGALASSO, Norberto. Los Malditos.: Hombres y Mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos. Ediciones Madres de la Plaza de Mayo, Argentina: Buenos Aires, 2005. Volumen I, p. 291-296.


Fuente. Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América.

Melan

miércoles, 9 de diciembre de 2009

GABRIELA, CLAVO Y CANELA... (Fragmento) de Jorge Amado


DE COMO NACIB CONTRATÓ UNA COCINERA O DE LOS COMPLICADOS CAMINOS DEL AMOR

Dejó atrás la feria donde las barracas estaban siendo desmontadas, y las mercaderías recogidas. Atravesó por entre los edificios del ferrocarril. Antes de comenzar el Morro Da Conquista estaba el mercado de los esclavos. Alguien, hacía mucho tiempo, había llamado así al lugar donde los "retirantes" acostumbraban acampar, en espera de trabajo. El nombre había pegado y ya nadie lo llamaba de otra manera. Allí se amontonaban los del "sertao" huidos de la sequía, los más pobres de cuantos abandonaban sus casas y sus tierras ante el llamado del cacao.
...Los terratenientes examinaban el grupo recién llegado con el látigo golpeando sus botas. Los del "sertao" gozaban fama de buenos trabajadores.
Hombres y mujeres, agotados y famélicos, esperaban. Veían la distante feria en la que había de todo, y una esperanza les llenaba el corazón. Había conseguido vencer los caminos, la "caatinga", el hambre y las cobras, las enfermedades endémicas, el cansancio. Habían alcanzado la tierra pródiga, los días de miseria parecían terminados. Oían contar historias espantosas, de muerte y violencia, pero conocían el precio cada vez más alto del caco, sabían de hombres llegados como ellos del "sertao" en agonía, y que ahora andaban con botas lustrosas, empuñando látigos de cabo de plata. Dueños de plantaciones de cacao. ... En la feria había estallado una riña, la gente corría, una navaja brillaba a los últimos rayos del sol, los gritos llegaban hasta ahí. Todos los fines de feria eran así, con borrachos y barullos. De entre los del "sertao" se escapaban los son4es melodiosos de un acordeón, y una voz de mujer cantaba tonadas. ... El "coronel" Melk Tavares hizo una señal al ejecutante del acordeón, y el instrumento calló.
-¿Casado?-No, señor.-¿Quieres trabajar para mí? -señalaba a los otros hombres ya escogidos por él-, Un buen acordeonista nunca está de más en una hacienda. Alegra las fiestas...Decían de él que sabía elegir como nadie hombres buenos para el trabajo. Sus haciendas quedaban en Cachoeira do Sul, y las grandes canoas estaban esperando al lado del puente del ferrocarril.-¿De agregado o de contratado?-A elección. Tengo unas tierras nuevas, necesito contratados. -Los del "sertao" preferían contratos, el plantío del cacao nuevo, la posibilidad de ganar dinero por su cuenta y riesgo.-Sí, señor.Melk avistaba a Nacib, bromeaba:-¿Ya tiene plantación, Nacib, viene a contratar gente?-¿Quién soy yo "coronel"?... Busco cocinera, la mía se fue ayer...-¿Y qué me dice de lo sucedido? Jesuíno...-Así es... Una cosa así, de repente...-Ya llevé mi abrazo a la casa de Amancio. Hoy mismo subo para la hacienda para llevar estos hombres... Con el sol, vamos a tener una zafra importante -mostraba a los hombres escogidos, agrupados a su lado-. Estos del "sertao" son buenos para el trabajo. No es como esa gente de aquí que no quieren saber nada de trabajo pesado, lo que les gusta es andar vagabundeando por la ciudad...Otro terrateniente recorría los grupos, Melk continuaba:-El del "sertao" no mide el trabajo, lo que quiere es ganar dinero. A las cinco de la mañana ya están en las plantaciones y sólo largan la herramienta después que se pone el sol. Teniendo garbanzos y carne seca, café y trago, están contentos. Para mí, no hay trabajador que valga los que éstos del "sertao" -afirmaba, como autoridad en la materia.Nacib examinaba los hombres contratados por el "coronel", aprobando la elección. Envidiaba al otro, dueño de tierras, bien plantado en sus botas, seleccionando hombres para los cultivos. En cuanto a él, lo que buscaba era apenas una mujer no muy joven, seria, capz de asegurarle la limpieza de su pequeña casa, el lavado de la ropa, la comida para él, las bandejas para el bar. En eso había estado el día entero, andando de un lado para otro.-Cocinera, por aquí es un problema... -decía Melk.Instintivamente, Nacib buscaba entre las del "sertao" alguna que se pareciera a Filomena, más o menos de su edad, con su aspecto rezongón. El "coronel" Melk le estrechaba la mano porque ya le esperaban las canoas cargadas:-Jesuíno se portó como debía. Hombre de honor...También Nacib vendía sus novedades:-Parece que viene un ingeniero para estudiar la bahía.-Así oí decír. Tiempo perdido, porque esa bahía no tiene arreglo.Nacib fue caminando entre los del "sertao". Viejos muchachos le lanzaban miradas esperanzadas. Pocas mujeres, casi todas con hijos agarrados a las faldas. Por fin reparó en una que aparentaba unos robustos cincuenta años, grandota, sin marido:-Se quedó por el camino, don...-¿Sabe cocinar?-Para la mesa ajena, no.Dios mío, ¿dónde encontrar cocinera? No podía continuar pagándoles una fortuna a las hermanas Dos Reis. Y casualmente en día de mucho movimiento, hoy asesinatos, mañana entierros... Y, para peor, obligado a tragar el almuerzo y la cena del Hotel Coelho, una porquería de comida, sin gusto. Lo ideal sería encargar una cocinera a Aracajú, pagarle el pasaje. Paró ante una vieja, pero no tanto que ciertamente tuviera tiempo de morir al llegar a su casa. Doblábase sobre un bastón, ¿cómo habría conseguido atravesar tanto camino hasta llegar a Ilhéus? Daba pena verla, vieja y reseca, pareciendo un despojo humano. Había tanta desgracia en el mundo...Fue cuando surgió otra mujer, vestida con harapos miserables, cubierta de tanta suciedad que era imposible verle las facciones y calcularle la edad, con los cabellos desgreñados, inmundos de tierra, y los pies descalzos. Traía una vasija con agua, que dejó en las manos trémulas de la vieja, que sorbió con ansias.-Dios le pague...-No hay de qué, abuela... -era la voz de una joven, tal vez la misma que cantaba "mondinhas" cuando llegara Nacib.
.......
Gabriela adormecida introdujo la llave en la cerradura, resoplando por la subida; la sala estaba iluminada. ¿Habrían entrado ladrones? ¿O tal vez la nueva cocinera habría olvidado apagar la luz?Entró despacito y la vio dormida sobre una silla, con los largos cabellos esparcidos sobre los hombros. Después de lavados y peinados se habían transformado en una cabellera suelta, negra, acaracolada. Vestía harapos pero limpios, seguramente los que traía en su atadito. Un desgarrón en la falda dejaba ver un pedazo de muslo color canela, los senos subían y bajaban levemente al ritmo del sueño, el rostro sonreía.-¡Mi Dios! - Nacib se quedó parado, sin poder creer.La miraba con un espanto sin límites; ¿cómo se había escondido tanta belleza bajo el polvo de los caminos? (...)




BIOGRAFÍA.


JORGE AMADO (1912 - 2001)
Jorge Amado, periodista, novelista y escritor de memorias. Nació en la Fazenda Auricídia, dedicada a la recolección de cacao, en Ferradas, Itabuna, Bahia, Brasil, el 10 de agosto de 1912. Es hijo del Coronel Joâo Amado de Faria y de Doña Eulália Leal Amado. Al año de edad lo llevan a Ilhéus, donde pasa la infancia y aprende sus primeras letras. Cursa el secundario en el colegio Antonio Vieira y en el Gimnasio Ipiranga, en Salvador (ciudad que acostumbra a llamar Bahía), donde vive, libre y mezclado con el pueblo, sus años de adolescencia. Allí toma conocimiento de la vida popular que iría a marcar fundamentalmente su obra de novelista. Hace los estudios universitarios en Río de Janeiro, en la Facultad de Derecho, donde se recibe de Bachiller en Ciencias Jurídicas y Sociales (1935). Jamás ejerció la abogacía.
A los 14 años, en Bahía, comienza a trabajar en periódicos y a participar de la vida literaria, siendo uno de los fundadores de la "Academia de los Rebeldes", grupo de jóvenes que, juntamente con los de "Arco y Flecha" y "Samba", desempeña un papel importante en la renovación de las letras bahianas. Comandados por Pinheiro Viegas, figuran en la "Academia de los Rebeldes", además de Jorge Amado, los escritores Joâo Cordeiro, Dias da Costa, Alves Ribeiro, Edison Carneiro, Sosígenes Costa, Válter da Silveira, Aidano do Couto Ferraz y Clóvis Amorim.
Estaba casado con Zélia Gattai -autora de Anarquistas, graças a Deus (1979), Um chapéu para viagem (1982), Senhora dona do baile (1984), Jardim de inverno (1988), Pipistrelo das mil cores (1989) y O segredo da Rua 18 (1991)- y tuvo dos hijos: Joâo Jorge, sociólogo y autor de piezas de teatro infantil, y Paloma, psicóloga, casada con el arquitecto Pedro Costa. Es hermano del médico neuropediatra Joelson Amado y del escritor James Amado.
En 1945, es electo diputado federal por el Estado de San Pablo, teniendo participación de la Asamblea Constituyente de 1946 (por el Partido Comunista Brasileño) y de la primera Cámara Federal para el Estado Nuevo, siendo responsable de varias leyes que beneficiaron a la cultura. Viaja por todo el mundo. Vive exiliado en la Argentina y Uruguay (1941-42), en París (1948-50) y en Praga (1951-52).
Escritor profesional, vive exclusivamente de los derechos autorales de sus libros. Recibe en el extranjero los siguientes premios: Premio Internacional Lenin (Moscú, 1951); Premio de la Latinidad (París, 1971); Premio del Instituto Ítalo-Latino-Americano (Roma, 1976); Premio Risit d'Aur (Udine, Italia, 1984); Premio Moinho, (Italia, 1984); Premio Dimitrof de Literatura (Sofía, Bulgaria, 1986); Premio Pablo Neruda (Asociación de Escritores Soviéticos, Moscú, 1989); Premio Mundial Cino del Duca de la Fundación Simone e Cino Del Duca (1990); y Premio Camôes (1995). En el Brasil recibe una docena de premios más, entre ellos: Premio Nacional de Novela del Instituto Nacional del Libro (1959) y el Trofeo Intelectual del Año (1970). Además recibe una decena de títulos honoríficos en Brasil y en el extranjero. Es miembro de la Academia de Letras de la República Democrática de Alemania, de la Academia de las Ciencias de Lisboa, de la Academia Paulista de Letras y miembro especial de la Academia de Letras de Bahía, Obá do Axê do Opó Afonjá, en Bahía, donde vive, rodeado del cariño y la admiración de todas las clases sociales e intelectuales.
Ejerce actividades periodísticas desde joven, cuando ingresa como reportero en el Diario de Bahía (1927-29), época en que también escribe en la revista literaria bahiana "A Luva". Después, en San Pablo, actuando simpre en la prensa, es redactor jefe de la revista carioca "Don Casmurro" (1939), y colaborador, en el exilio en Argentina (1941-42), en periódicos porteños -Crítica, Sud y otros. Al retornar a su patria, dirige la sección "Hora de Guerra", en el periódico O Imparcial (1943-44), en Salvador, y, mudándose a San Pablo, dirige el diario Hoje (1945). Años después, participa, en Rio, de la dirección del semanario "Para Todos" (1956-58).
Debuta en la literatura en 1930, con la publicación, por una editorial de Rio, de la novela Lenita, escrita en colaboración con Dias da Costa y Édison Carneiro. Publicó su primera obra en 1931, cuando tenía sólo 19 años. Con Cacao, publicada en 1933, su público comienza a aumentar, y actualmente sus primeras ediciones en Brasil alcanzan las 120.000 ejemplares como tirada inicial. Ha publicado unas 40 obras, solo y en colaboración, entre las que destaca Tieta de Agreste, genial epifonema literario cuyos inolvidables personajes son manejados diestramente en un mosaico dinámico. En Uniforme, Frac y Camisón de Dormir, una de sus novelas más paradigmáticas, Jorge Amado abandona el paisaje bahiano, que caracteriza a casi todas sus obras, para ensanchar su horizonte toponímico y su universo de creación, tendencia que ahondará en su obra siguiente, pero sin abandonar los referentes de su país, tanto a nivel social como simbólico. Todos sus libros, que a lo largo de 36 años (de 1941 a 1977) fueron editados por la Livraria Martins Editora, de San Pablo, integraron la colección "Obras Ilustradas de Jorge Amado". Actualmente, las obras de Jorge Amado son editadas por la Distribuidora Record, de Rio. Publicados en 52 países, sus libros fueron traducidos a 48 idiomas y dialectos, también en Braille. Autor comprometido con lo social, Amado refleja además en sus obras la situación política de su país.
Tiene libros adaptados para el cine, teatro, radio, televisión, incluyendo cómics, no sólo en Brasil, sino también en Portugal, Francia, Argentina, Suecia, Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Italia y los Estados Unidos.
Jorge Amado murio en Salvador, el día 6 de Agosto de 2001. Fue cremado, y sus cenizas fueron enterrados en el jardín de su residencia, en la Rua Alagoinhas, el 10 de agosto, día en que cumpliria 89 años.


El poder de la palabra