miércoles, 24 de agosto de 2011

EL ALEPH (Fragmento) de Jorge Luis Borges. Homenaje al cumplirse 112 años de su nacimiento.





" En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. "



BIOGRAFÍA DE JORGE LUIS BORGES (Argentina, 1899-1986)


Escritor argentino cuyos desafiantes poemas y cuentos vanguardistas le consagraron como una de las figuras prominentes de las literaturas latinoamericana y universal. Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, e hijo de un profesor, estudió en Ginebra y vivió durante una breve temporada en España relacionándose con los escritores ultraístas. En 1921 regresó a Argentina, donde participó en la fundación de varias publicaciones literarias y filosóficas como Prisma (1921-1922), Proa (1922-1926) y Martín Fierro en la que publica esporádicamente; escribió poesía lírica centrada en temas históricos de su país, que quedó recopilada en volúmenes como Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). De esta época datan sus relaciones con Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso Reyes y Oliveiro Girondo. En la década de 1930, debido a una enfermedad hereditaria, comenzó a perder la visión hasta quedar completamente ciego. A pesar de ello, trabajó en la Biblioteca Nacional (1938-1947) y, más tarde, llegó a convertirse en su director (1955-1973). Conoce a Adolfo Bioy Casares y publica con él Antología de la literatura fantástica (1940). A partir de 1955 fue profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. Durante esos años, fue abandonando la poesía en favor de los relatos breves por los que ha pasado a la historia. Aunque es más conocido por sus cuentos, se inició en la escritura con ensayos filosóficos y literarios, algunos de los cuales se encuentran reunidos en Inquisiciones. La historia universal de la infamia (1935) es una colección de cuentos basados en criminales reales. En 1955 fue nombrado académico de su país y en 1960 su obra era valorada universalmente como una de las más originales de América Latina. A partir de entonces se suceden los premios y las consideraciones. En 1961 comparte el Premio Fomentor con Samuel Beckett, y en 1980 el Cervantes con Gerardo Diego. Murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986.






Las posturas políticas evolucionaron desde el izquierdismo juvenil al nacionalismo y después a un liberalismo escéptico desde el que se opuso al fascismo y al peronismo. Fue censurado por permanecer en Argentina durante las dictaduras militares de la década de 1970, aunque jamás apoyó a la Junta militar. Con la restauración democrática en 1983 se volvió más escéptico. A lo largo de toda su producción, Borges creó un mundo fantástico, metafísico y totalmente subjetivo. Su obra, exigente con el lector y de no fácil comprensión, debido a la simbología personal del autor, ha despertado la admiración de numerosos escritores y críticos literarios de todo el mundo. Describiendo su producción literaria, el propio autor escribió: -No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura-.


Ficciones (1944) está considerado como un hito en el relato corto y un ejemplo perfecto de la obra borgiana. Los cuentos son en realidad una suerte de ensayo literario con un solo tema en el que el autor fantasea desde la subjetividad sobre temas, autores u obras; se trata pues de una ficción presentada con la forma del cuento en el que las palabras son importantísimas por la falsificación (ficción) con que Borges trata los hechos reales. Cada uno de los cuentos de Ficciones está considerado por la crítica como una joya, una diminuta obra maestra. Además, sucede que el libro presenta una estructura lineal que hace pensar al lector que el conjunto de los cuentos conducirán a un final con sentido, cuando en realidad llevan a la nada absoluta. Otros libros importantes del mismo género son El Aleph (1949) y El hacedor (1960). © eMe

Nota. Es tan grande su talento literario que su prosa y su verbo alejan de mí su ideología y no puedo verlo más que como el gran escritor argentino que fue. Cada vez que lo leo me olvido de que soy peronista, mil disculpas compañeros, pero no podía dejar pasar este día, lo admiro desde la infancia. Fue un grande en lo suyo... a pesar de... Melan.



sábado, 13 de agosto de 2011

LOS ALIMENTOS TERRESTRES (Fragmento) de André Gide





" Yo viví en la dulce y perpetua espera del azar. Comprendí que la sed de disfrutar que nace en cada momento de voluptuosidad, se anticipa al gozo, de la misma manera como existen respuestas listas para cualquier pregunta. Fui feliz cuando las fuentes de agua me revelaron que tenía sed, y cuando estando en pleno desierto (donde la sed no se puede saciar), preferí, a pesar de todo, la fuerza febril que me inspiraba el furor del sol. Ciertas noches hallé oasis maravillosos que el deseo acumulado durante todo el día hacían más frescos aún. En la extensión de arena golpeada por el sol y como adormecida por un gran sueño - el calor era tal que vibraba en el aire - sentí el pulso de la vida, una vida que no podía dormir, que se desvanecía de tanto temblar en el horizonte, y que estaba henchida de amor a mis pies. Lo único que buscaba día a día, minuto a minuto, era hallar la manera más pura de penetrar la naturaleza. Había recibido un don, preciado, el de no poner mayor freno a mi ser. Recordar el pasado influyó en mí sólo para dar unidad a mi vida: era como el hilo de Teseo que lo unía a su antiguo amor pero que no le impedía atravesar los paisajes más desconocidos, aunque al final, el hilo terminara por romperse. Qué increíbles involuciones! Por las mañanas, yo saboreaba en mis caminatas la presencia de una nueva existencia, el nacimiento de mi percepción. "Oh! poeta, exclamaba, tú tienes la facultad del descubrimiento perpetuo". Estaba totalmente receptivo. Mi alma era un albergue acogedor en el cruce de los caminos y recibía todo lo que se dejara captar. Me dejé buenamente convertir en un ser dócil, capaz de escuchar, al punto de no pensar en lo absoluto en mí mismo, de comprender todas las emociones que se presentaban delante de mí. Logré aplacar todo impulso de reacción hasta ya no considerar nada como algo malo y no tener que protestar por una nimiedad. Me di pronto cuenta además, que en mi apreciación de lo bello había también espacio para la fealdad. "


BIOGRAFÍA


Nacido en París, Francia, hijo de Paul Gide, un profesor en leyes de la Universidad de París, quien falleció en el año 1880. Su tío fue el economista político Charles Gide. Criado en Normandía, con problemas de salud y viviendo prácticamente aislado, se convirtió en un escritor prolífico desde temprana edad. En 1895, luego de la muerte de su madre Juliette Rondeax, contrajo matrimonio con su prima Madeleine Rondeax, pero el vínculo nunca fue consumado.


En 1891 publicó sus primeras poesías, Los cuadernos de André Walter (Les Cahiers d'André Walter). En 1893 y 1894 Gide viajó por el norte de África. Entabló amistad con Oscar Wilde en Argelia y posteriormente comenzó a reconocer su orientación homosexual. En 1896 fue alcalde de La Roque-Baignard, una comuna en Normandía.
En 1897 publica Los alimentos terrestres, después Prometeo mal encadenado en 1899 y Cartas a Ángela en 1900. En 1908 colaboró en la revista literaria La Nouvelle Revue Française.
No será hasta el final de la Primera Guerra Mundial cuando sus obras alcanzan gran renombre.
En la década de 1920 Gide se convirtió en inspiración de escritores como Albert Camus y Jean-Paul Sartre. En 1923 publicó un libro de Fiódor Dostoievski, sin embargo, al defender la homosexualidad en una edición de Corydon en 1924, recibió malas críticas. Más tarde, él mismo consideró que había sido su mejor obra.
En 1923 nació su hija Catherine, hija de María Van Rysselberghe. Su esposa Madeleine falleció en 1938. Posteriormente él utilizó el trasfondo de su matrimonio no consumado en su novela Et nunc manet in te, de 1951.
A partir de 1925 comenzó a pedir mejores condiciones para los criminales, y al año siguiente publicó su autobiografía, Si la semilla no muere (Si le grain ne meurt).
Desde julio de 1926 hasta mayo de 1927, viajó a las colonias francesas en África con su sobrino Marc Allégret. Estuvo en la actual República del Congo, en Oubangui-Chari (actual República Centroafricana), Chad, Camerún y luego de regreso a Francia. Relató sus peregrinaciones en un diario que llamó Viaje al Congo y Regreso de Chad. En estos relatos criticaba el comportamiento de los intereses económicos franceses en el Congo e inspiró una reforma. Particularmente criticaba el régimen de grandes concesiones. Este régimen acordaba qué parte de la colonia se concedía a las empresas francesas y en qué zona se podían explotar los recursos naturales, principalmente el caucho. Relató, por ejemplo, cómo los nativos se vieron forzados a dejar sus pueblos natales durante varias semanas para recolectar caucho en el bosque, comparando esta explotación a la esclavitud.
Durante la década de 1930, brevemente se convirtió en comunista, pero quedó desilusionado luego de su visita a la Unión Soviética. Sus críticas al comunismo le ocasionaron que perdiera varios de sus amigos socialistas, especialmente cuando publicó su libro Regreso de la URSS en 1936. En 1933 colaboró con Ígor Stravinski en un ballet, Persephone.
Durante la Segunda Guerra Mundial regreso a África en 1942, y vivió allí hasta el final de la guerra. En 1947 fue ganador del Premio Nobel de Literatura.
Falleció el 19 de febrero de 1951. Al año siguiente, la Iglesia Católica incluyó sus obras dentro del Índice de libros prohibidos.
En sus novelas a menudo se ocupaba de los dilemas morales que vivió en su propia vida.


Incorporado ‘Los alimentos terrestres y los nuevos alimentos’ de André Gide


Los alimentos terrestres (1897), complementado por Los nuevos alimentos (1935), fueron saludados en su día como ‘manuales de fervor‘, como breviarios de entusiasmo, merced a la apología lírica que en ellos se hace de los sentidos atónitos ante el mundo. A mitad de camino entre la poesía y la prosa, resplandece en estas páginas la más pura belleza estilística y califican a André Gide como el más clásico de los prosistas franceses contemporáneos. La figura de André Gide, nacido en 1969, muerto en 1951, llena literariamente más de medio siglo de literatura francesa y su influencia se extiende a otras literaturas. Una vivacidad intelectual permanentemente aplicada a los más diversos problemas intelectuales, estéticos y políticos es la característica más dominante de su obra.

Fuente. Imagen y palabra - Wikipedia - bibliotecaetsitupm.wordpress.com

Melan

jueves, 4 de agosto de 2011

LA PENA DE MUERTE de María Elena Walsh

María Elena Walsh junto a la Presidenta Argentina Dra. Cristina Fernández de Kirchner

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.


Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.


Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.


Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.


Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.


Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante.


Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.


Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.


Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.


Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.


Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.


Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.


Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.


A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.

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BIOGRAFÍA.

María Elena Walsh nació el 1 de febrero de 1930 en Ramos Mejía, suburbio de la ciudad de Buenos Aires. Caserón grande, con patios y gallinero, un pomerania negro, rosales, gatos, limoneros y naranjos y una higuera muy cómoda sobre cuyas ramas la hija rubia y pecosa de «un inglés del ferrocarril» leía durante la siesta de los mayores Los Tres Mosqueteros, Robinson Crusoe y La Cabaña del Tío Tom. Antes de finalizar sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes, a los diesisiete años, escribió su primer libro: Otoño Imperdonable, libro de poemas que mereciera el segundo premio Municipal de Poesía. Ya antes, en 1945, había publicado sus primeros versos en la legendaria revista El Hogar y en el suplemento literario de La Nación.



En 1948, viajó a los Estados Unidos invitada por Juan Ramón Jiménez. En 1952 partió hacia Europa, radicándose en París durante cuatro años. Allí, con Leda Valladares, formó un dúo que se dedicó a difundir el folclore argentino, recibiendo premios y el aplauso del público. Es en esa época también que comienza a escribir versos para niños.


Desde 1959 escribe guiones para TV, obras de teatro, canciones para niños. Las canciones de sus obras de teatro (Canciones para mirar, Doña Disparate y Bambuco, etc.), la letra y la música de sus canciones son cantadas por millares de niños en la Argentina, generación tras generación, quienes participan del mundo de fantasía e ingenio que les propone María Elena Walsh.
La escritora, dramaturga y cantautora María Elena Walsh falleció en Buenos Aires el 10 de enero del presente año 2011.


Su vida fue larga y su obra prolífica. Si bien su público es amplio y los géneros literarios con los cuales trabajó llegan a ser innumerables, su obra más conocida es sin lugar a dudas la infantil. Generaciones enteras tanto en Argentina, su país natal, como en otros puntos de América Latina pasaron sus primeros años de vida cantando las aventuras de una batata perteneciente a la nobleza, de una tortuga emigrante con ciertas tendencias estéticas o de una hembra bovina.






Lo cierto es que Maria Elena tomó con seriedad y humor al mismo tiempo a una audiencia a quien no se tomaba en cuenta en esa época: los niños. Sus escenarios fantásticos proponían trabajar la imaginación de quienes leían sus cuentos o escuchaban sus canciones. Y esas mismas personas que cantaban sus canciones de una manera automática y lúdica durante los primeros años de vida, crecían para darse cuenta que también cantaban sobre la libertad de expresión, los derechos humanos, el amor a la naturaleza y la educación, así como el desprecio a la pena de muerte.



Con mucha alegría despedimos a María Elena Walsh, porque su trabajo nos hizo saber que siempre estaremos invitados a tomar el té. Y eso, se agradece.







Fuente:"María Elena Walsh", de Alicia Dujovne, 1982
                Educa edu.

Melan

martes, 19 de julio de 2011

Bar "La Calesita" y otros poemas de Paco Urondo



Bar "La Calesita"







Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una


cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a


hombres enrarecidos por distintos problemas. Es una


gran linterna mágica.






Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus


criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.






Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha


aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.






El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.




El ocaso de los dioses




No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el


vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar


las maderas de la adolescencia.






Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda


favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún


reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes haciendo


crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos.






Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo,


de nuestro hacer, de nuestra música, del único


amor incoherente; soberanos de esa calle donde los


tactos y la impresión hicieron su universo.






Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo


nombre y tu gesto son una forma nocturna que en


esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra


culpa.






Y todo termina con una esperanza, con una dilación


–"ha estado bien"–, o en un bostezo, o en otro


lugar donde es menester el coraje.








Algo






a Rubén Rodríguez Aragón






con tu muerte


algo vendrá


algo que jamás sacudió


tu conciencia






no importará


la tierra que te rodea


el árbol que te soporta


el agua que admitió tu pereza






no será algo


que ahora retumba en tu memoria


ni las resonancias que prefirió olvidar






vendrá algo sin vínculos


una lluvia sin pasado


sin gestos censurables


o bondadosos






no estará en juego


tu salvación


tampoco el olvido


ni el arrepentimiento






el "ángel tuerto"


no vendrá a consolarte


no será necesario


y olvidarás también el consuelo


para tu corazón


no habrá consuelo el día en que caigas






no habrá estaciones


ni pájaros


ni trenes


ni alcohol


ni sangre penosa que aguantar






no por eso habrá descanso


el día en que llegue algo que no suponías


algo que vendrá a reclamar


el lugar en el mundo


que supiste negarle






una indescriptible culpa


haciendo estallar las huellas


que minuciosamente lograbas distribuir






ningún rastro






con tu muerte


vendrá una nueva


y desconocida vergüenza








Como bola sin manija






puedo ir para un lado


puedo ir para otro lado


encontrar estuarios pálidos cisnes quietos


buques mansos que como a las nubes


me llevan de un lado para otro lado






puedo dar con lugares apacibles


o sombras excitantes


la primera piel de una mujer


el aroma de una mujer el sonido de una fiesta


puedo beber de cierto cuidado y enfermarme levemente


y sentir en las sábanas el olor del sol






puedo llegar a tener suerte en el juego y en la vida


puedo cambiar de vida y de nombre


puedo peinarme de otra manera


y vestir como nunca lo hice






puedo sorprender


ser irascible o piadoso


comprensivo con las mujeres


o despiadado con sus increíbles sentimientos






puedo como antaño volver a enamorarme


puedo padecer por un vago recuerdo


o tirar todo por la borda


o no soportar la memoria






–hoy te he recordado vagamente–






puedo reír y cantar


divertir a la gente


y esperar a que todos estén completamente locos


y ya no parezca tan divertido






puedo envejecer y enmudecer para siempre


y decir palabras sin mayor fundamento


puedo gozar de placeres fáciles y complicados






–eras alta antes de conocerte


y hoy no he recordado tu nombre


y pienso que otro día podré humillarlo–






puedo tener rasgos bondadosos


arranques de conmovedora caridad


puedo echarme a perder


o tener más hijos como si ofreciera


el más estupendo y bonito de los mundos posibles






puedo ambicionar una amplia fortuna


hasta puedo trabajar o pensar en el as de oro


o seducir a una adolescente frágil-como-un-pétalo-de-agosto






puedo hacer viajes exóticos morder la espesura de un follaje


jugar mi vida por unos diamantes impuros


o por lánguidos ojos saturados de sabiduría






puedo emborracharme aquí o en el extranjero


y caer exhausto en la turgencia de un muslo


o en el filo de una dudosa alcantarilla






puedo investigar o escribir luminosos párrafos


que abrirían por sí el futuro


puedo ser un intelectual responsable o desaprensivo


firmar o no firmar traicionar o jugar a la lealtad






puedo ser adorado


puedo ser odiado


tener amantes


distintas en su belleza singulares en sus caprichos


o no tener a nadie


y no guardar un solo recuerdo






puedo rechazar la ternura


o mendigarla como hace unas horas


puedo vivir alternativas viejas o recientes


fáciles y peligrosas






puedo elegir mi destino


aunque no sepa darle forma adecuada


ni por dónde empezar






puedo imaginar el tiempo que desconozco


luchar por esa o por otra dulce aspiración


puedo olvidar






–hoy no he podido recordar tu nombre–






de la memoria puedo imaginar las interminables apuestas


y sus mañas de vieja tramposa


puedo no pensar en que distribuye los signos


de ese futuro tangible y ajeno






Amarla es difícil






Es buena, cuando duerme;


el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio


que remonta los sueños.






Cuando calla, es buena


y su voz una premonición olvidada y peligrosa


que arruina el silencio.






Cuando grita o llora


o se lamenta o se divierte o se cansa,


nada puede contener


este dolor alegre que envenena


mis sueños y mi soledad.


Por eso es difícil pensar


en ella, en su cara bondadosa;


abandonarse; por eso


es una cobardía retenerla


y dejarla ir, una pavorosa crueldad.


A veces, cuando lo pienso,


no sé qué hacer con ella,


con este destino luminoso.






Más o menos






Dos lineas de fiebre, mareas y pronósticos


Oigo tu paso que se acerca o se


despide; revolcar la sangre, el odio; conocer,


reconocernos. Saber para qué sirven


los fracasos, las victorias del amor. Dejar


que a tu rincón se siente quien no debe sentarse.






Sin poder iluminarte; embarazada, sepultada,


mejor que valga la pena, que todo salga bien. Perdón


y desconfianza: tu pesado calor


es una muela de reproches


y agradecimientos y ternuras y miedos.






Rastro luminoso y cálido, perdido


para encontrarme. Rastro de la verdad que alcanzo


a tocar, rescatado por mi flagrancia vacilante, hirviendo


de terror. Rostro que levantamos para destrozar.






De una punta a la otra de la verdad,


voy a levantar tu nombre, como si fuera mi brazo derecho.




Del otro lado




Cuando estuvimos desesperados, alguien


contó la historia.






No se la puede escuchar serenamente, tiemblan


las manos, el corazón se encoge de dolor;


da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse.






Ocurre lo de siempre.






Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada


tenía que ver con la certeza, ni


con el muslo de la bataclana. No


intervinieron traiciones; no es


una vulgar historia de fervores o de mantenidas.






Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También


aquella vez (siempre aquella vez) apagaron


las luces y fue necesaria la presencia de tu mano.






Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos


ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca


llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino


de otra manera. Nuestras manos


procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico;


y todo porque Humphrey Bogart había resucitado.






Estábamos perdidos en aquel


cine y él no era como el redentor; su cruz


no era un mandato, era


la inteligencia del hombre, era la resurrección


de la ciencia y de nuestros queridos finados.






Hace mucho que nos pasó esto; la mano


fría del cadáver impenitente


rozaba los sueños,


acariciaba nuestros tiernos rostros despavoridos.






Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias,


con los muertos que no aceptan su desdichada condición, no


sabemos qué hacer con el miedo; no sabemos


encontrar nuestras manos, nuestra


tristeza. El mundo inconsistente.






Hubo muchas anécdotas como ésta ¿Quién


no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene


su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo


qué hacer, cuando alguien contó la historia.






Seguramente al escucharla buscarás una mano; será


como antes, pero enseguida


intentará olvidar que estuvimos tristes o asustados.






Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre:


tendrás ganas de llorar, y nada más.






Nadie esperaba una historia como ésta, tan lamentable ¿Por qué


no llorar entonces? ¿Por qué no perderse en la


espesura de la sala?






Se derramará sobre tu memoria,


como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada;


la historia sobrevolará tu linda cabecita,


será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas,


que despeinará cariñosamente tu pelo






Cada día que pasa




Sin excepción, casi por naturaleza o desatino,


todos los días, a la mañana, temprano,


ando por este camino. Llego tarde al trabajo y con


alegría, cuando


es necesario llegar más temprano


y con indignación o repugnancia o sed


de venganza o rabia. Todo esto


no me martiriza ni me apena, aunque parezca


lo contrario y tenga olor a traición; sé muy bien,


con toda impaciencia, que el ocio


llegará algún día con la revolución. Y que ni una cosa


ni la otra vienen de la tristeza o de la impotencia.






Voy cansado, es cierto, harto como todo el mundo que se precie,


o con desaliento; pero nunca falta


alguna cosa, un olor,


una risa que me devuelva,


para valer la pena; recién entonces empiezo a convencerme;


calles sucias y bocinas y el tráfico


alucinado y dormido todavía; viejos conocidos,


como el destino


o la bruma de la ciudad. Y


el mal semblante; la desconfianza


en los ojos, en los grandes ojos de la gente


hechos para volar. Manos enrarecidas


que rodean


la calle sitiando su respiración. Dominados


del mundo; empleadas


tersas y vulgares bajando


de coches lujosos de los dueños


de otras empleadas, y así sucesivamente.








La pura verdad





Si ustedes lo permiten,


prefiero seguir viviendo.






Después de todo y de pensarlo bien, no tengo


motivos para quejarme o protestar:






siempre he vivido en la gloria: nada


importante me ha faltado.






Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado


de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor


y miedo y apremio.






Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve


sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.






Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,


melancólica, débil, poco interesante,






un abanico de plumas que el viento desprecia,


caminito que el tiempo ha borrado.






Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin


darme cuenta, voy iniciando


una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a


cualquiera o aburrir de golpe.






Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi


memoria ha muerto y se queja


con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.






El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,


pero lo he derrotado


para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.


Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la


Cenicienta, aunque algunos






me recuerden con cariño o descubran mi zapatito


y también vayan muriendo.






No descarto la posibilidad


de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.






La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado


por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.






Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud


y en mi destino y en la buena suerte:






sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido


y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.






Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;


compartir este calor, esta fatalidad que quieta no


sirve y se corrompe.






Puedo hablar y escuchar la luz


y el color de la piel amada y enemiga y cercana.






Tocar el sueño y la impureza,


nacer con cada temblor gastado en la huida






Tropiezos heridos de muerte;


esperanza y dolor y cansancio y ganas.






Estar hablando, sostener


esta victoria, este puño; saludar, despedirme






Sin jactancias puedo decir


que la vida es lo mejor que conozco.






Milonga del marginado paranoico






Parece mentira


que haya llegado a tener


la culpa de todo lo que ocurre


en el mundo; pero es así. Han tratado


de disuadirme psicólogos y sociólogos de mi tiempo,


me han dado razones de peso técnico largamente


formuladas y


parcialmente ciertas. Pero


yo sé que soy culpable de los dolores


que aquí siento y recorren el mundo; de las soledades


que lo van vaciando: quisiera saltar


como Juan L. Ortiz, vociferar


como Oliverio Girondo, pero: primero, ellos me ganaron


de mano; segundo, no me sale bien y aquí


empieza todo nuevamente: otro sufrimiento


igual a diapasones y recursos


que conozco perfectamente y que no vale la pena


repetir: primero, para no emularlos; segundo, porque


tendré que ir


reconociendo que no he sabido


hacerme entender. Y esto es agudo como un ataque


que nos traga la lengua; pido entonces disculpas


por la mala impresión, por las exageraciones.




BIOGRAFÍA







Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. Poeta, periodista, académico y militante político, Paco Urondo dio su vida lunchando por el ideal de una sociedad más justa. "No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo." –dice Juan Gelman– "corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra. Fue –es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura. También luchó con y contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento."


Su obra poética comprende Historia antigua (1956), Breves (1959), Lugares (1961), Nombres (1963), Del otro lado (1967), Adolecer (1968) y Larga distancia (antología publicada en Madrid en 1971). Ha publicado también los libros de cuentos Todo eso (1966), Al tacto (1967); Veraneando y Sainete con variaciones (1966, teatro); Veinte años de poesía argentina (ensayo, 1968); Los pasos previos (novela, 1972), y en 1973, La patria fusilada, un libro de entrevistas sobre la masacre de Trelew del '72. Es autor en colaboración de los guiones cinematográficos de las películas Pajarito Gómez y Noche terrible, y ha adaptado para la televisión Madame Bovary de Flaubert, Rojo y Negro de Stendhal y Los Maïas de Eça de Queiroz. En 1968 fue nombrado Director General de Cultura de la Provincia de Santa Fe, y en 1973, Director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Como periodista colaboró en diversos medios del país y del extranjero, entre ellos, Primera Plana, Panorama, Crisis, La Opinión y Noticias.


Murió en Buenos Aires en junio 1976, enfrentando a la genocida dictadura militar. "Empuñé un arma porque busco la palabra justa", dijo alguna vez.


A 35 años de la muerte de Francisco Paco Urondo, el juicio que se realiza en Mendoza demostró que su muerte se debió al culatazo en la nuca del policía Celustiano Lucero, que le hizo estallar el cráneo. La autopsia de sus restos desmiente la versión creída hasta ahora de que el poeta y guerrillero se tomó una pastilla de cianuro para suicidarse.







El 17 de junio de 1976, Urondo fue emboscado por la policía mendocina, subordinada al Ejército, en una cita cantada. Conducía un pequeño automóvil Renault 6 en el que lo acompañaban su mujer, Alicia Raboy, su hija Angelita, y su compañera de militancia René Ahualli, La Turca.






Angelita tenía once meses y Alicia nunca fue liberada con vida, por lo que el único testimonio sobre lo ocurrido dentro del auto fue el de La Turca. Al declarar ante los jueces mendocinos, Ahualli contó que luego de una persecución en la que ella y Urondo agotaron las municiones de la pistola y el revólver que llevaban como únicas armas, Urondo detuvo el vehículo que conducía, les dijo a sus acompañantes que acababa de tomar la pastilla y las instó a huir. “Por qué hiciste eso, papi”, dijo Alicia, quien tomó a la beba en brazos y escapó, junto con La Turca, quien estaba herida en una pierna.






Los policías se dividieron en tres grupos, detrás de cada una de ellas y en torno de Urondo, a quien golpearon en la nuca con la culata de un fusil. Ahualli ingresó en una vivienda, escapó por los fondos y subió a un trolebús que pasó por la esquina en la que seguía detenido el auto de Urondo y pudo alejarse sin que la detectaran.



Alicia intentó hacer lo mismo luego de entregar la bebita a un vecino, pero no encontró una salida y fue detenida por los policías que la perseguían. La bebita fue derivada por la justicia federal como NN a la Casa Cuna intervenida por un coronel. De allí la recuperó su abuela materna, Teresa Raboy, antes de que la entregaran a una familia militar.






Beatriz Urondo consiguió que los militares le entregaran el cadáver de su hermano. En las audiencias de esta semana, el médico forense Roberto Edmundo Bringuer, declaró ante el tribunal que, de acuerdo con la autopsia que hizo el 17 de junio de 1976, Paco murió por un traumatismo encéfalo-craneano, con hundimiento de cráneo, que no había ninguna herida de arma de fuego ni esquirlas de proyectil ni presencia de ningún veneno. Bringuer, quien se jubiló como profesor titular de medicina legal en la Universidad de Cuyo y como director del Cuerpo Médico Forense, explicó que el hundimiento del cráneo, de 3 centímetros de longitud pudo haber sido con la culata de un arma de fuego.






En las personas muertas por ingesta de cianuro el cadáver se ve muy rosado, como si hubiera tomado sol, y el jugo gástrico presenta un fuerte olor a almendras. Nada de eso ocurrió en este caso, dijo. Tampoco se observó la rigidez característica en muertes por estricnina. Un médico policial le pidió que dijera que había heridas de bala, pero el forense se negó: “¿Qué querés, que yo mienta? Si no hay proyectiles”. La conclusión es que Paco eligió ofrecerse como blanco para sus perseguidores y mintió que había tomado la pastilla porque de otro modo La Turca y Alicia no hubieran tratado de escapar con la nena. Los juicios se constituyen de este modo en un valioso medio de reconstrucción histórica, que derriba mitos y precisa los hechos.










Horacio Verbitsky










Palabras




Dicen que un escritor atraviesa al morir un purgatorio de veinte años en la memoria pública. El plazo está más que cumplido para ese gran poeta que fue –que es– Francisco Urondo, caído en combate contra la dictadura militar un día de junio de 1976, a los 46 de edad. Dejaba un libro inédito, Cuentos de batalla, que se perdió en la noche genocida.
Como Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti, Paco escribió hasta el final, en medio de tareas, urgencias y peligros de la vida clandestina. Para estos pilares de la literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de la escritura. Cuando en este tiempo de la despasión se recuerdan las polémicas de los años 60 –unos pretendían hacer la Revolución en su escritura; otros, abandonar su escritura en aras de la Revolución–, se percibe en toda su magnitud lo que Paco, Rodolfo, Haroldo nos mostraron: la profunda unidad de vida y obra que un escritor v sus textos pueden alcanzar.
No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. "Empuñé un arma porque busco la palabra justa", dijo alguna vez. Corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra.
Buitres de la derrota –que siempre se han cuidado mucho cada centímetro de piel– le han reprochado a Paco su capacidad de arriesgar la vida por un ideal. Paco no quería morir, pero no podía vivir sin oponer su belleza a la injusticia, es decir, sin respetar el oficio que más amaba. El había escuchado el reclamo de Rimbaud: "¡Cambiad la vida!". Estaba convencido de que sólo de una vida nueva puede nacer la nueva poesía.
Mi confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está, escribió.
Fue –es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura. También luchó con y contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.




Juan Gelman

Fuente. La memoria - Daniel Mancuso blogspot. com

Melan

miércoles, 15 de junio de 2011

LA INTRUSA - (Cuento.Texto completo) de Jorge Luis Borges


Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.

En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.






Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.






Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.






Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.






Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:






-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.






El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.






Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.






Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.






La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.






Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.






En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:






-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.






Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.






Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.






El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:






-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.






El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.






Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:






-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.






Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.






FIN

BIOGRAFÍA


Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. Por influencia de su abuela inglesa, fue alfabetizado en inglés y en español. En 1914, viajó con su familia a Europa y se instaló en Ginebra, donde cursó el bachillerato. Pasó en 1919 a España y allí entró en contacto con el movimiento ultraísta. En 1921, regresó a Buenos Aires y fundó con otros importantes escritores la revista Proa. En 1923, publicó su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires. Desde esa época, se enferma de los ojos, sufre sucesivas operaciones de cataratas y pierde casi por completo la vista en 1955. Tiempos después se referiría a su ceguera como "un lento crepúsculo que ya dura más de medio siglo".






Desde su primer libro hasta la publicación de sus Obras Completas (1974), trascurrieron cincuenta años de creación literaria durante los cuales Borges superó su enfermedad escribiendo o dictando libros de poemas, cuentos y ensayos, admirados hoy en todo el mundo. Recibió importantes distinciones de diversas universidades y gobiernos extranjeros y numerosos premios, entre ellos el Cervantes en 1980. Su obra fue traducida a más de veinticinco idiomas y llevada al cine y a la televisión. Prólogos, antologías, traducciones, cursos y charlas dan testimonio de la labor infatigable de ese gran escritor, que cambió la prosa en castellano, como lo han reconocido sin excepción sus contemporáneos. Borges falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986.

Hombre de ficción literaria, paradójicamente favorito de semióticos, matemáticos, filólogos, filósofos y mitólogos, Borges ofrece, por la perfección de su lenguaje, la erudición de sus conocimientos, el universalismo de sus ideas, la originalidad de sus ficciones, la belleza de su poesía, una verdadera summa que honra la lengua española y el espíritu universal.




Fuente: Ciudad Seva (suscripción personal) - Mi Buenos Aires querido.com


NOTA: Este es mi pequeño y humilde homenaje al cumplirse hace dos días veinticinco años de su desaparición física, la que no tenía que haber ocurrido sin antes obtener el Premio Nobel de Literatura, premio que jamás la Academia Sueca quiso reconocerle, vaya a saber por qué ignorados e insensatos designios. Melan.

Melan.