martes, 28 de julio de 2009

EL RETRATO DE DORIAN GRAY (Novela, fragmento) y EL GIGANTE EGOÍSTA (Cuento) de Oscar Wilde




EL RETRATO DE DORIAN GRAY (Fragmento)






Lord Henry Wotton: No existe aquello llamado buena influencia, señor Gray. Todas las influencias son inmorales desde el punto de vista científico.
Dorian Gray: ¿Por qué?
Lord Henry Wotton: Porque influenciar a una persona es darle nuestra propia alma. Esta no tendrá sus propios pensamientos, y se incendiará con sus propias pasiones. Sus virtudes no serán reales, sus pecados, si existen los pecados, serán prestados. Se convierte en el eco de la música de otro, el actor de una parte que no ha sido escrita para él. El objetivo de la vida es el desarrollo de su propio yo. Encontrar su naturaleza apropiada, es esto por lo que cada uno de nosotros estamos aquí. El mundo tiene miedo de sí mismo, se han olvidado de la mayor de todas las obligaciones, la propia. Claro que son caritativos, alimentan al hambriento, y visten a los mendigos. Pero su propio ser está famélico y desnudo. La valentía huyó de nuestra raza. Tal vez nunca la tuvimos. El terror a la sociedad, que es la base de la moral, el terror a Dios, que es el secreto de la religión, estas son las dos cosas que nos gobiernan. Y sin embargo... Sin embargo, creo que si un hombre viviera su vida completamente y hasta el límite, si le diera forma a cada sentimiento, expresión a cada pensamiento, realidad a cada sueño. El mundo alcanzaría un impulso tan fresco de alegría que olvidaríamos lo malo de la mediocridad, y regresaríamos a la época helénica ideal, a algo más dulce, más rico, que el ideal helénico. Pero hasta el hombre más valiente tiene miedo de sí mismo...Se ha dicho que los mayores acontecimientos del mundo suceden en nuestro cerebro. Es en el cerebro, y sólo en él, donde los grandes pecados del mundo suceden. Usted señor Gray, usted mismo, con su sonrosada juventud y blanca adolescencia, ha tenido pasiones que le asustaron, pensamientos que le llenaron de terror, sueños estando despierto y dormido cuyos recuerdos podrían manchar sus mejillas de vergüenza.
(...)
Se frotó los ojos, y se acercó al cuadro y lo examinó de nuevo. No había señales de cambio alguno cuando miró la pintura, y sin embargo no quedaba duda que la expresión se había alterado. No era sólo su propia impresión. Era horriblemente obvio. Se lanzó sobre la silla, y empezó a pensar. De repente pasó por su mente lo que había dicho en el estudio de Basil Hallward el día que el cuadro fue terminado. Lo recordaba perfectamente. Pronunció un deseo enfermizo de que él pudiera permanecer joven, y que el cuadro envejeciera; que su hermosura permaneciera inalterada, y que su rostro en la tela soportara la carga de sus pasiones y pecados; que la imagen pintada se marchitara con las líneas del sufrimiento y el pensamiento, y que él mantuviera la flor y el encanto casi consciente de su adolescencia. Con seguridad su deseo no se había cumplido? Esas cosas son imposibles. Era monstruoso sólo pensar en aquello. Y sin embargo, ahí estaba el cuadro frente a él, con un toque de crueldad en la boca. "
Oscar Wilde


- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

Esta es a mi parecer una de los mejores novelas de este maestro de la literatura . En él se refleja la capacidad y el talento del autor para poder transmitir las vivencias y sentimientos más genuinos del alma humana, haciéndonos caminar al mismo tiempo por los peldaños de lo fantástico. Es una obra realmente excepcional.Yo la he leído hace ya tiempo y no la olvido jamás. Igualmente siempre quiero volver a hacerlo. Creo que esta noche retomaré el placer de leeerla. Melan.

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -



EL GIGANTE EGOÍSTA. Cuento.

Todas las tardes al volver del colegio tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un gran jardín solitario, con un suave y verde césped. Brillaban aquí y allí lindas flores sobre el suelo, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían con una delicada floración blanquirrosada y que, en otoño, daban hermosos frutos. Los pájaros, posados sobre las ramas, cantaban tan deliciosamente, que los niños interrumpían habitualmente sus juegos para escucharlos. -¡Qué dichosos somos aquí! -se decían unos a otros. Un día volvió el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, residiendo siete años en su casa. Al cabo de los siete años dijo todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió regresar a su castillo. Al llegar, vio a los niños que jugaban en su jardín. -¿Qué hacéis ahí? -les gritó con voz agria. Y los niños huyeron. -Mi jardín es para mí solo -prosiguió el gigante-. Todos deben entenderlo así, y no permitiré que nadie que no sea yo se solace en él. Entonces lo cercó con un alto muro y puso el siguiente cartelón: QUEDA PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO LAS PENAS LEGALES CORRESPONDIENTES Era un gigante egoísta. Los pobres niños no tenían ya sitio de recreo. Intentaron jugar en la carretera; pero la carretera estaba muy polvorienta, toda llena de agudas piedras, y no les gustaba. Tomaron la costumbre de pasearse, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado. Entonces llegó la primavera y en todo el país hubo pájaros y florecillas. Sólo en el jardín del gigante egoísta continuaba siendo invierno. Los pájaros, desde que no había niños, no tenían interés en cantar y los árboles olvidábanse de florecer. En cierta ocasión una bonita flor levantó su cabeza sobre el césped; pero al ver el cartelón se entristeció tanto pensando en los niños, que se dejó caer a tierra, volviéndose a dormir. Los únicos que se alegraron fueron el hielo y la nieve. -La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaban- Gracias a esto vamos a vivir en él todo el año. La nieve extendió su gran manto blanco sobre el césped y el hielo revistió de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a que viniese a pasar una temporada con ellos. El viento del Norte aceptó y vino. Estaba envuelto en pieles. Bramaba durante todo el día por el jardín, derribando a cada momento chimeneas. -Éste es un sitio delicioso -decía- Invitemos también al granizo. Y llegó asimismo el granizo. Todos los días, durante tres horas, tocaba el tambor sobre la techumbre del castillo, hasta que rompió muchas pizarras. Entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín, lo más de prisa que pudo. Iba vestido de gris y su aliento era de hielo. -No comprendo por qué la primavera tarda tanto en llegar -decía el gigante egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín blanco y frío-. ¡Ojalá cambie el tiempo! Pero la primavera no llegaba ni el verano tampoco. El otoño trajo frutos de oro a todos los jardines, pero no dio ninguno al del gigante. -Es demasiado egoísta -dijo. Y era siempre invierno en casa del gigante, y el viento del Norte, el granizo, el hielo y la nieve danzaban en medio de los árboles. Una mañana el gigante, acostado en su lecho, pero despierto ya, oyó una música deliciosa. Sonó tan dulcemente en sus oídos, que hizo imaginarse que los músicos del rey pasaban por allí. En realidad, era un pardillo que cantaba ante su ventana; pero como no había oído a un pájaro en su jardín hacía mucho tiempo, le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de bailar sobre su cabeza y el viento del Norte de rugir. Un perfume delicioso llegó hasta él por la ventana abierta. -Creo que ha llegado al fin la primavera -dijo el gigante. Y saltando del lecho se asomó a la ventana y miró. ¿Qué fue lo que vió? Pues vio un espectáculo extraordinario. Por una brecha abierto en el muro, los niños habíanse deslizado en el jardín encaramándose a las ramas. Sobre todos los árboles que alcanzaba él a ver había un niño, y los árboles sentíanse tan dichosos de sostener nuevamente a los niños, que se habían cubierto de flores y agitaban graciosamente sus brazos sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban de unos para otros cantando con delicia, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era un bonito cuadro. Sólo en un rincón, en el rincón más apartado del jardín, seguía siendo invierno. Allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, que no había podido llegar a las ramas del árbol y se paseaba a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol estaba aún cubierto de hielo y de nieve, y el viento del Norte soplaba y rugía por encima de él. -Sube ya, muchacho -decía el árbol. Y le alargaba sus ramas, inclinándose todo lo que podía, pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al mirar hacia afuera. «¡Qué egoísta he sido! -pensó-. Ya sé por qué la primavera no ha querido venir aquí. Voy a colocar a ese pobre pequeñuelo sobre la cima del árbol, luego tiraré el muro, y mi jardín será ya siempre el sitio de recreo de los niños.» Estaba verdaderamente arrepentido de lo que había hecho. Entonces bajó las escaleras, abrió nuevamente la puerta y entró en el jardín. Pero cuando los niños le vieron, se quedaron tan aterrorizados que huyeron y el jardín se quedó otra vez invernal. Únicamente el niño pequeñito no había huído porque sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que no le vio venir. Y el gigante se deslizó hasta él, le cogió cariñosamente con sus manos y lo depositó sobre el árbol. Y el árbol inmediatamente floreció, los pájaros vinieron a posarse y a cantar sobre él y el niñito extendió sus brazos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó. Y los otros niños, viendo que ya no era malo el gigante, se acercaron y la primavera los acompañó. -Desde ahora éste es vuestro jardín, pequeñuelos -dijo el gigante. Y cogiendo un martillo muy grande, echó abajo el muro. Y cuando los campesinos fueron a mediodía al mercado, vieron al gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que pueda imaginarse. Estuvieron jugando durante todo el día, y por la noche fueron a decir adiós al gigante. -Pero ¿dónde está vuestro compañerito? -les preguntó-. ¿Aquel muchacho que subí al árbol? A él era a quien quería más el gigante, porque le había abrazado y besado. -No sabemos -respondieron los niños-; se ha ido. -Decidle que venga mañana sin falta -repuso el gigante. Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y hasta entonces no le habían visto nunca. Y el gigante se quedó muy triste. Todas las tardes a la salida del colegio venían los niños a jugar con el gigante, pero éste ya no volvió a ver el pequeñuelo a quien quería tanto. Era muy bondadoso con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y hablaba de él con frecuencia. -¡Cómo me gustaría verle! -solía decir. Pasaron los años y el gigante envejeció y fue debilitándose. Ya no podía tomar parte en los juegos; permanecía sentado en un gran sillón viendo jugar a los niños. -Tengo muchas flores bellas -decía-; pero los niños son las flores más bellas. Una mañana de invierno, mientras se vestía, miró por la ventana. Ya no detestaba el invierno; sabia que no es sino el sueño de la primavera y el reposo de las flores. De pronto se frotó los ojos, atónito, y miró con atención. Realmente era una visión maravillosa. En un extremo del jardín había un árbol casi cubierto de flores blancas. Sus ramas eran todas de oro y colgaban de ellas frutos de plata; bajo el árbol aquél estaba el pequeñuelo a quien quería tanto. El gigante se precipitó por las escaleras lleno de alegría y entró en el jardín. Corrió por el césped y se acercó al niño. Y cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó: -¿Quién se ha atrevido a herirte? En las palmas de la mano del niño y en sus piececitos veíanse las señales sangrientas de dos clavos. -¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el gigante- Dímelo. Iré a coger mi espada y le mataré. -No -respondió el niño-, éstas son las heridas del Amor. -¿Y quién es ése? -dijo el gigante. Un temor respetuoso le invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeñuelo. Y el niño sonrió al gigante y le dijo: -Me dejaste jugar una vez en tu jardín. Hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso. Y cuando llegaron los niños aquella tarde encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de flores blancas.


BIOGRAFÍA..

Oscar Wilde
(Dublín, 1854 - París, 1900) Escritor británico. Hijo del cirujano William Wills-Wilde y de la escritora Joana Elgee, Oscar Wilde tuvo una infancia tranquila y sin sobresaltos. Estudió en la Portora Royal School de Euniskillen, en el Trinity College de Dublín y, posteriormente, en el Magdalen College de Oxford, centro en el que permaneció entre 1874 y 1878 y en el cual recibió el Premio Newdigate de poesía, que gozaba de gran prestigio en la época.
Oscar Wilde combinó sus estudios universitarios con viajes (en 1877 visitó Italia y Grecia), al tiempo que publicaba en varios periódicos y revistas sus primeros poemas, que fueron reunidos en 1881 en Poemas. Al año siguiente emprendió un viaje a Estados Unidos, donde ofreció una serie de conferencias sobre su teoría acerca de la filosofía estética, que defendía la idea del «arte por el arte» y en la cual sentaba las bases de lo que posteriormente dio en llamarse dandismo.
Oscar Wilde
A su vuelta, Oscar Wilde hizo lo propio en universidades y centros culturales británicos, donde fue excepcionalmente bien recibido. También lo fue en Francia, país que visitó en 1883 y en el cual entabló amistad con Verlaine y otros escritores de la época.
En 1884 contrajo matrimonio con Constance Lloyd, que le dio dos hijos, quienes rechazaron el apellido paterno tras los acontecimientos de 1895. Entre 1887 y 1889 editó una revista femenina, Woman’s World, y en 1888 publicó un libro de cuentos, El príncipe feliz, cuya buena acogida motivó la publicación, en 1891, de varias de sus obras, entre ellas El crimen de lord Arthur Saville.
El éxito de Wilde se basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías de sus contemporáneos. Así mismo, se reeditó en libro una novela publicada anteriormente en forma de fascículos, El retrato de Dorian Gray, la única novela de Wilde, cuya autoría le reportó feroces críticas desde sectores puritanos y conservadores debido a su tergiversación del tema de Fausto.
google_protectAndRun("render_ads.js::google_render_ad", google_handleError, google_render_ad);
No disminuyó, sin embargo, su popularidad como dramaturgo, que se acrecentó con obras como Salomé (1891), escrita en francés, o La importancia de llamarse Ernesto (1895), obras de diálogos vivos y cargados de ironía. Su éxito, sin embargo, se vio truncado en 1895 cuando el marqués de Queenberry inició una campaña de difamación en periódicos y revistas acusándolo de homosexual. Wilde, por su parte, intentó defenderse con un proceso difamatorio contra Queenberry, aunque sin éxito, pues las pruebas presentadas por este último daban evidencia de hechos que podían ser juzgados a la luz de la Criminal Amendement Act.
El 27 de mayo de 1895 Oscar Wilde fue condenado a dos años de prisión y trabajos forzados. Las numerosas presiones y peticiones de clemencia efectuadas desde sectores progresistas y desde varios de los más importantes círculos literarios europeos no fueron escuchadas y el escritor se vio obligado a cumplir por entero la pena. Enviado a Wandsworth y Reading, donde redactó la posteriormente aclamada Balada de la cárcel de Reading, la sentencia supuso la pérdida de todo aquello que había conseguido durante sus años de gloria.
Recobrada la libertad, cambió de nombre y apellido (adoptó los de Sebastian Melmoth) y emigró a París, donde permaneció hasta su muerte. Sus últimos años de vida se caracterizaron por la fragilidad económica, sus quebrantos de salud, los problemas derivados de su afición a la bebida y un acercamiento de última hora al catolicismo. Sólo póstumamente sus obras volvieron a representarse y a editarse. En 1906, Richard Strauss puso música a su drama Salomé, y con el paso de los años se tradujo a varias lenguas la práctica totalidad de su producción literaria.

Fuentes: Propia y Biografías y Vidas.


Melan.

domingo, 26 de julio de 2009

EL MAL DE LA MUERTE de Marguerite Duras



Debiera no conocerla, haberla encontrado en todas partes a la vez, en un hotel, en una calle, en un bar, en un libro, en una película, en usted mismo, en usted, en ti, al capricho de tu sexo enhiesto en la noche que grita por un cobijo, por un lugar en el que desprenderse de los llantos que lo colman.
Pudiera haberla pagado.
Hubiera dicho: Tendría que venir cada noche durante muchos días.
Ella le hubiera mirado largamente, y después le hubiera dicho que en ese caso era caro.
Y después ella pregunta: ¿Qué es lo que quiere?
Usted dice que quiere probar, intentarlo, intentar conocer eso, acostumbrarse a eso, a ese cuerpo, a esos pechos, a ese perfume, a la belleza, a ese peligro de alumbramiento de niños que representa ese cuerpo, a esa forma imberbe sin accidentes musculares ni de fuerza, a ese rostro, a esa piel desnuda, a esa coincidencia entre esa piel y la vida que encubre.
Usted dice que quiere probar, probar muchos días quizás.
Quizás muchas semanas.
Quizás hasta toda la vida.
Ella pregunta: ¿Probar el qué?
Usted dice: Amar.

BIOGRAFIA DE MARGUERITE DURAS

Había nacido en 1914, en la Indochina francesa, hoy Vietnam, y su nombre verdadero era Marguerite Donnadieu, pero adoptó el de Duras, nombre del pueblo francés paterno. Tuvo una infancia mísera, con la preocupación constante por su hermano menor drogadicto y padeciendo el desamor de una madre excesivamente autoritaria: "Mi madre nos quería pero no fue tierna", reveló en una oportunidad.En 1932 fue repatriada a Francia y a los 18 años ingresó en la Sorbona para licenciase en Derecho y Ciencias Políticas. Luego consiguió un puesto en el Ministerio de las Colonias y siete años después se casó con el poeta Robert Antelme, con el que tuvo un hijo que murió en 1942.Cuando París fue ocupado por los nazis, Marguerite Duras se unió a la Resistencia junto a su marido y también, a quien era su amante en ese momento, el escritor y filósofo Dionys Mascolo. Robert Antelme fue apresado y deportado al campo de concentración Dachau luego de que el grupo fuera atacado en una emboscada (Marguerite escapó ayudada por Francois Miterrand). Por esos tiempos, "la Duras" entabló amistad con Jean Paul Sartre, Simone de Beavoir y Albert Camus, existencialistas que influyeron considerablemente en su obra futura.En 1943 aparece su primer novela "Los imprudentes" y en 1944, "La vida tranquila", pero no es hasta 1958 con "Moderato Cantabile", que la crítica y el público aceptan la escritura de esta mujer que fue incluida dentro del movimiento noveau roman (novela nueva), de características tan innovadoras como por ejemplo, romper la estructura convencional de la novela (o la anti novela).En 1945, su marido regresa en condiciones terribles. A pesar de querer divorciarse, accede a cuidarlo y cuenta la experiencia en "El dolor". Ya en 1946, se divorcia para casarse con Dionys Mascolo con quien tiene al año siguiente su único hijo, Jean. Durante mucho tiempo fue partícipe activa de la política, pero en 1970 se apartó definitivamente para refugiarse en la literatura y el cine.Su obra es particular, estigmatizada por silencios, supresiones y un lenguaje pulcro aunque muchas veces estático. Sus personajes se afanan por escapar de la soledad y, a través del amor, del crimen o la locura encontrar una razón para sus existencias. Diálogos engañosamente triviales se desprenden de individuos melancólicos, sufrientes e incapaces de comunicarse.Marguerite Duras fue una mujer extremadamente contradictoria. Mortificada por el desamor maternal y una compleja infancia, sobrepasada por los desengaños y la depresión, perseguida por una irrevocable decadencia (que comenzó irónicamente después de haber obtenido uno de los premios literarios más importantes de Francia), desdobló su vida entre la realidad y la ficción, entre el amor y el odio, entre la sobriedad y el abuso del alcohol.Ni su participación como guionista en la famosa "Hiroshima mon amour", 1959, ni su ostentoso éxito con "El amante", lograron hacer desaparecer esa desazón que había provocado el desamor de su madre y que intentaron suplantar varios compañeros sentimentales.Lejos de recordar su amorío a los 15 años con Lee, el chino del Norte, murió en 1996 en brazos de un joven homosexual que se inició a su lado como secretario y chofer, y con quien terminó compartiendo borracheras y una convivencia durante más de 16 años. Una de sus últimas novelas lleva su nombre: "Yean Andrea Steiner".¿Ficción, realidad o leyenda? Sea lo que fuere, no se puede negar que Marguerite Duras se manejó entre una vida amorosa intensa y un desborde anímico que parece haberse engendrado por la no aceptación de un triunfo que íntegramente mereció.
Fuente: Estela Parodi. Escritora.
Melan.
Bien hoy continúo con la desestructuración, es que es domingo...al fin creo que lo seguiré haciendo, no era la idea primitiva de este blog...pero me gusta publicar el autor que de pronto se me ocurre o porque en mi mente salta algún recuerdo de su obra o de sí mismo.
Amigos y queridos seguidores...creo que desde hoy...sin con el día lunes no vuelve el sentido del orden, este blog se vuelve totalmente libre en cuanto a lugar y época de la vida y en cuanto a carácter de la obra...al fin siempre será VIDA Y OBRA, y tendremos para leer todo lo que más me ha gustado y me gusta ...Mis disculpas y gracias! Melan.

ANNABEL LEE (último poema) y BERENICE (cuento) de Edgar Allan Poe





Este es un poema que amé desde mi adolescencia, me lo enseñó mi profesor de inglés. Hoy me desperté con él en mi mente, con sus palabras en inglés y en español danzando felices y sin mi permiso en mi cerebro. Creo que querían estar aquí...aunque me hayan hecho desordenar la sistematización de este blog, creo que lo vale. Más adelante en el tiempo igualmente se repetirá Edgar Allan Poe, hoy por ser domingo...les regalo el último y romántico poema de este autor, tan romántico como fantasmagórico, como toda su obra; es la historia de dos jóvenes que se amaron mucho uno de los cuales era una princesa que vivía en un reino junto al mar, llamada Annabel Lee....

ANNABEL LEE






EDGARD ALLAN POE












It was many and many years ago,



In a kingdom by the sea,



That a maiden there lived whom you may know



By the name of ANNABEL LEE;



And this maiden she lived with no other thought




Than to love and be loved by me.




I was a child and she was a child,




In this kingdom by the sea;




we loved with a love that was more than love-




I and my Annabel Lee;




With a love that the winged seraphs of heaven




Coveted her and me.




And this was the reason that, long ago,




In this kingdom by the sea,




the wind blew out of a cloud, chilling




My beautiful Annabel Lee;




So that her highborn kinsman




bore her away from me,




To shut her up in a




the kingdom by the sea.




The angels, not half so happy in heaven,




Went envying her and me-Yes!- that was the reason




(as all men know,In this kingdom by the sea)




That the wind came out of the cloud by night,




Chilling and killing my Annabel Lee.




But our love it was stronger by far than the love




Of those who were older than we-




Of many far wiser than we-




And neither the angels in heaven above,




Nor the demons down under the sea,




Can ever dissever my soul from the soul




Of the beautiful Annabel Lee.




For the moon never beams without bringing me dreams




Of the beautiful Annabel Lee;




And the stars never rise but I feel the bright eyes




Of the beautiful Annabel Lee;




And so, all the night-tide, I lie down by the side




Of my darling- my darling- my life and my bride,




In the sepulchre there by the sea,




In her tomb by the sounding sea.










ANNABELL LEE



en Español







Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar,
Habitaba una doncella cuyo nombre os he de dar,
Y el nombre que daros puedo es el de Annabel Lee,
quien vivía para amarme y ser amada por mí.


Yo era un niño y era ella una niña junto al mar,
En el reino prodigioso que os acabo de evocar.
Más nuestro amor fue tan grande cual jamás yo presentí,
Más que el amor compartimos con mi bella Annabel Lee,
Y los nobles de su estirpe de abolengo señorial
Los ángeles en el cielo envidiaban tal amor,
Los alados serafines nos miraban con rencor.


Aquel fue el solo motivo, ¡hace tanto tiempo ya!,
por el cual, de los confines del océano y más allá,
Un gélido viento vino de una nube y yo sentí
Congelarse entre mis brazos a mi bella Annabel Lee.


La llevaron de mi lado en solemne funeral.
A encerrarla la llevaron por la orilla de la mar
A un sepulcro en ese reino que se alza junto al mar,
Los arcángeles que no eran tan felices cual los dos,
Con envidia nos miraban desde el reino que es de Dios.


Ese fue el solo motivo, bien lo podéis preguntar,
Pues lo saben los hidalgos de aquel reino junto al mar,
Por el cual un viento vino de una nube carmesí
Congelando una noche a mi bella Annabel Lee.


Nuestro amor era tan grande y aún más firme en su candor
Que aquel de nuestros mayores, más sabios en el amor.
Ni los ángeles que moran en su cielo tutelar,
Ni los demonios que habitan negros abismos del mar
Podrán apartarme nunca del alma que mora en mí, Espíritu luminoso de mi
hermosa Annabel Lee.


Pues los astros no se elevan sin traerme la mirada
Celestial que, yo adivino, son los ojos de mi amada.
Y la luna vaporosa jamás brilla baladí
Pues su fulgor es ensueño de mi bella Annabel Lee.


Yazgo al lado de mi amada, mi novia bien amada,
Mientras retumba en la playa la nocturna marejada,
Yazgo en su tumba labrada cerca del mar rumoroso,
En su sepulcro a la orilla del océano proceloso.



Edgard Allan

Debo disculparme a esta altura ya fue imposible detener mi deseo de releer y publicar este cuento, Berenice, uno de mis preferidos de este autor al que admiro y amo desde jovencita. Ya está, hoy debía ser publicado Edgar Allan Poe, quién sabe por qué...




Berenice*[Cuento. Texto completo]
Edgar Allan Poe
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.
Ebnaiat

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había
allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que nllegado o merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.
FITraducción de Julio Cortázar

BIOGRAFÍA:

Edgar Allan Poe
(Boston, EE UU, 1809-Baltimore, id., 1849) Poeta, cuentista y crítico estadounidense. Sus padres, actores de teatro itinerantes, murieron cuando él era todavía un niño. Edgar Allan Poe fue educado por John Allan, un acaudalado hombre de negocios de Richmond, y de 1815 a 1820 vivió con éste y su esposa en el Reino Unido, donde comenzó su educación.
Después de regresar a Estados Unidos, Edgar Allan Poe siguió estudiando en centros privados y asistió a la Universidad de Virginia, pero en 1827 su afición al juego y a la bebida le acarreó la expulsión. Abandonó poco después el puesto de empleado que le había asignado su padre adoptivo, y viajó a Boston, donde publicó anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas (Tamerlane and Other Poems, 1827).
Se alistó luego en el ejército, en el que permaneció dos años. En 1829 apareció su segundo libro de poemas, Al Aaraf, y obtuvo, por influencia de su padre adoptivo, un cargo en la Academia Militar de West Point, de la que a los pocos meses fue expulsado por negligencia en el cumplimiento del deber.
En 1832, y después de la publicación de su tercer libro, Poemas (Poems by Edgar Allan Poe, 1831), se desplazó a Baltimore, donde contrajo matrimonio con su jovencísima prima Virginia Clem, que contaba sólo catorce años de edad. Por esta época entró como redactor en el periódico Southern Baltimore Messenger, y más tarde en varias revistas en Filadelfia y Nueva York, ciudad en la que se había instalado con su esposa en 1837.
Edgar Allan Poe
Su labor como crítico literario incisivo y a menudo escandaloso le granjeó cierta notoriedad, y sus originales apreciaciones acerca del cuento y de la naturaleza de la poesía no dejarían de ganar influencia con el tiempo. La larga enfermedad de su esposa convirtió su matrimonio en una experiencia amarga; cuando ella murió, en 1847, se agravó su tendencia al alcoholismo y al consumo de drogas, según testimonio de sus contemporáneos. Ambas fueron, con toda probabilidad, la causa de su muerte.
La obra de Edgar Allan Poe
Según Poe, la máxima expresión literaria era la poesía, y a ella dedicó sus mayores esfuerzos. Es justamente célebre su extenso poema El cuervo (The Raven, 1845), donde su dominio del ritmo y la sonoridad del verso llegan a su máxima expresión. Las campanas (The Bells, 1849), que evoca constantemente sonidos metálicos, Ulalume (1831) y Annabel Lee (1849) manifiestan idéntico virtuosismo.
Pero la genialidad y la originalidad de Edgar Allan Poe encuentran quizás su mejor expresión en los cuentos, que, según sus propias apreciaciones críticas, son la segunda forma literaria, pues permiten una lectura sin interrupciones, y por tanto la unidad de efecto que resulta imposible en la novela.
google_protectAndRun("render_ads.js::google_render_ad", google_handleError, google_render_ad);
Publicados bajo el título Cuentos de lo grotesco y de lo arabesco (Tales of the Grotesque and Arabesque, 1840), aunque hubo nuevas recopilaciones de narraciones suyas en 1843 y 1845, la mayoría se desarrolla en un ambiente gótico y siniestro, plagado de intervenciones sobrenaturales, y en muchos casos preludian la literatura moderna de terror; buen ejemplo de ello es La caída de la casa Usher (The Fall of the House of Usher).
Su cuento Los crímenes de la calle Morgue (he Murders in the Rue Morgue) se ha considerado, con toda razón, como el fundador del género de la novela de misterio y detectivesca. Destaca también su única novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym), de crudo realismo y en la que reaparecen numerosos elementos de sus cuentos. La obra de Poe influyó notablemente en los simbolistas franceses, en especial en Charles Baudelaire, quien lo dio a conocer en Europa.



Bueno...mis disculpas nuevamente..parece que hoy tuve una regresión a mi adolescencia...Melan.

Fuente. http://www.geocities.com/ . Ciudad Seva. Propia.



La obra pertenece al artista plástico Christophe Vacher y es de estilo fantasy art.




Melan.










sábado, 25 de julio de 2009

DESPECHO y otros poemas de Juana de Ibarbourou




¡Ah, qué estoy cansada!

Me he reido tanto,

tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;

tanto, que este rictus que contrae mi boca

es un rastro extraño de mi risa loca.

Tanto, que esta intensa palidez que tengo

(como en los retratos de viejo abolengo)

es por la fatiga de la loca risa

que en todo mi cuerpo su sopor desliza.

¡Ah, qué estoy cansada!

Déjame que duerma;

pues, como la angustia, la alegría enferma.

¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!

¿Cuándo más alegre que ahora me viste?

¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,ç

Ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos,

Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,

es por el esfuerzo de reirme tanto...




Amante: no me lleves, si muero al camposanto

A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente

alboroto divino de alguna pajarera

o junto a la encantada charla de alguna fuente

A flor de tierrra, amante. Casi sobre la tierra

,donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,

alargados en tallos, suban a ver de nuevo

la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea

más breve. Yo presiento

la lucha de mi carne por volver hacia arriba,

por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Yo se que acaso nunca allá abajo mis manos

podrán estarse quietas.

Que siempre como topos arañarán la tierra

en medio de las sombras estrujadas y prietas.

Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen

en la greda amarilla de mis huesos menguados.

¡Por la parda escalera de las raices vivas

Yo subiré a mirarte en los lirios morados


EL DULCE MILAGRO


¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen.

rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.

Mi amante besóme las manos, y en ellas,

¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Y voy por la senda voceando el

de dicha alterno sonrisa con llanto

y bajo el milagro de mi encantamiento

se aroman de rosas las alas del viento.

Y murmura al verme la gente que pasa:

"¿No veis que está loca? Tornadla a su casa

¡Dice que en las manos le han nacido rosas

y las va agitando como mariposas!"

¡Ah, pobre la gente que nunca

milagro de éstos y que sólo entiende

Que no nacen rosas más que en los rosales

y que no hay más trigo que el de los trigales!

Que requiere líneas y color y forma,

y que sólo admite realidad por norma.

Que cuando uno dice: "Voy con la dulzura",

de inmediato buscan a la criatura.

Que me digan loca, que en celda me

con siete llaves la puerta me cierren,

junto a la puerta pongan un lebrel,

carcelero rudo carcelero fiel.

Cantaré lo mismo: "Mis manos florecen.

Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen".

¡Y toda mi celda tendrá la fragancia

de un inmenso ramo de rosas de Francia!




BIOGRAFÍA




Fue una gran escritora uruguaya nacida el 8 de marzo de 1892, en Melo, departamento de Cerro Largo. Su padre era vasco español y su madre perteneció a una de las familias españolas más antiguas de nuestro país. Su poesía ha enriquecido la literatura de América marcándola con su fuerte y delicada personalidad plena de amor. Tal vez por esta razón el público hispanohablante ha leído su poesía desde siempre con tanto entusiasmo.Su poesía conquistó tan rápidamente la atención del público en general y de los entendidos, que en el año 1929, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, un grupo de artistas y diplomáticos de distintos países encabezados por el célebre escritor Alfonso Reyes; proclamó a Juana de Ibarbourou, Juana de América.Ofreció importantes y destacadas creaciones para los niños de su país como lo son: El Cántaro Fresco y Chico Carlos.
Melan

SONATINA, CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA Y OTROS POEMAS de Rubén Darío

Sonatina
La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave de oro;

y en un vaso olvidado se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.

Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

y, vestido de rojo, piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe del Golconsa o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina

para ver de sus ojos la dulzura de luz?

¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz

Ay! La pobre princesa de la boca de rosa

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar,

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

a los lirios con los versos de mayo,

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte;

los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,

de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real,

el palacio soberbio que vigilan los guardas,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

(La princesa está triste. La princesa está pálida)

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe

(La princesa está pálida. La princesa está triste)

más brillante que el alba, más hermoso que abril!

¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,

en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte ,

a encenderte los labios con su beso de amor!



Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer...
Plural ha sido la celeste historia de mi corazón.

Era una dulce niña, en este mundo de duelo y de aflicción.
Miraba como el alba pura; sonreía como una flor.

Era su cabellera obscura hecha de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño. Ella, naturalmente, fue,

para mi amor hecho de armiño, Herodías y Salomé...
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!

quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer...
Y más consoladora y más halagadora y expresiva,

otra fue más sensitiva cual no pensé encontrar jamás.
Pues a su continua ternura una pasión violenta unía.

un peplo de gasa pura una bacante se envolvía...
En sus brazos tomó mi ensueño y lo arrulló como a un bebé...

Y te mató, triste y pequeño, falto de luz, falto de fe...
Juventud, divino tesoro, ¡te fuiste para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer...
Otra juzgó que era mi boca el estuche de su pasión;

y que me roería, loca, con sus dientes el corazón.
Poniendo en un amor de exceso la mira de su voluntad,

eran abrazo y beso síntesis de la eternidad;
y de nuestra carne ligera imaginar siempre un Edén,

sin pensar que la Primavera y la carne acaban también...
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!

quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas, en tantas tierras siempre son,

no pretextos de mis rimas fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa que estaba triste de esperar.

La vida es dura. Amarga y pesa. ¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco, mi sed de amor no tiene fin;

con el cabello gris, me acerco a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!

quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer...

Mas es mía el Alba de oro!



A José Enrique Rodó


IYo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había que

era alondra de luz por la mañana.


El dueño fuí de mi jardín de sueño,

de rosas y de cisnes vagos;

el dueño de las tórtolas, dueño

de góndolas y liras en los lagos;


muy siglo diez y ocho y muy antiguo

y muy moderno; audaz, cosmopolita;

Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,

y una sed de ilusiones infinitas.


Yo supe de dolor desde mi infancia,

juventud... ¿fue juventud la mía?

Sus rosas aún me dejan la fragancia...

una fragancia de melancolía...


Potro sin freno se lanzó mi instinto,

juventud montó potro sin freno;

embriagada y con puñal al cinto;

no cayó, fué porque Dios es bueno.


En mi jardín se vió una estatua bella;

se juzgó de mármol y era carne viva;

un alma joven habitaba en ella,

sentimental, sensible, sensitiva.


Y tímida, ante el mundo, de manera

que encerrada en silencio no salía,

sino cuando en la dulce primavera

era la hora de la melodía...


Hora de ocaso y de discreto beso;

hora crepuscular y de retiro;

de madrigal y de embeleso,

de "te adoro", de "¡ay!" y de suspiro.


Y entonces era en la dulzaina un

misteriosas gamas cristalinas,

un renovar de notas del Pan

un desgranar de músicas latinas.


Con aire tal y con ardor tan vivo,

a la estatua nacían de el muslo viril patas de

dos cuernos de sátiro en la frente.

Como la Galatea gongorina


me encantó la marquesa varleniana,

y así juntaba a la pasión divina

una sensual hiperestesia humana;

ansia, todo ardor, sensación pura

y vigor natural; y sin falsía,


sin comedia y sin literatura...:

Si hay un alma sincera, ésa es la mía.

La torre de marmil tentó mi anhelo;

quise encerrarme dentro de mí mismo,

tuve hambre de espacio y sed de


las sombras de mi propio abismo.

Como la esponja que la sal satura

en el jugo del mar, fué el dulce y mío,

henchido de el mundo, la carne y el infierno.


Mas, por la gracia de Dios, en mi

Bien supo elegir la mejor parte;

y si hubo áspera hiel en mi existencia,

melificó toda acritud el Arte.


Mi intelecto libré de pensar bajo,

bañó el agua castalia el alma mía,

peregrinó mi corazón y trajo

de la sagrada selva la armonía.


¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda

emanación del corazón divino

de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda

fuente cuyo virtud vence al destino!


Bosque ideal que lo real complica,

allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;

mientras abajo el sátiro fornica,

ebria de azul deslíe Filomela.


Perla de ensueño y música amorosa

en la cúpula en flor del laurel verde,

Hipsipila sutil liba en la rosa,

y la boca del fauno el pezón muerde.



Allí va el dios en celo tras la hembra,

y la caña de Pan se alza del lodo;

la eterna vida sus semilas siembra,

y brota la armonía del gran Todo.


alma que entra allí debe ir desnuda,

de deseo y fiebre santa,

cardo heridor y espina aguda:

sueña, así vibra y así canta.


Vida, luz y verdad, tal triple llama

produce la interior llama infinita.

Arte puro como Cristo exclama

¡Ego sum lux et veritas et vita!


Y la vida es misterio, la luz ciega

y la verdad inaccesible asombra;

adusta perfección jamás se entrega,

el secreto ideal duerme en la sombra.


Por eso ser sincero es ser potente;

desnuda que está, brilla la estrella;

agua dice el alma de la fuente en

la voz de cristal que fluye de ella.


Tal fué mi intento, hacer del alma pura

mía, una estrella, una fuente sonora,

con el horro de la literatura

y loco de crepúsculo y de aurora.


Del crepúsculo azul que da la pauta

que los celestes éxtasis inspira,

bruma y tono menor ¡toda la flauta!,

y Aurora, hija del Sol ¡toda la lira!


Pasó una piedra que lanzó una honda;

pasó una flecha que aguzó un violento.

La piedra de la honda fué a la onda,

y la flecha del odio fuése al viento.


La virtud está en ser tranquilo y fuerte;

con el fuego interior todo se abrasa;

si triunfa del rencor y de la muerte,

y hacia Belén... ¡la caravana pasa!
A Mariano de Cavia.
Los que auscultasteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche lejano,
un eco vago, un ligero rüido...
En los instantes del silencio misterioso,
cuando surgen de su prisión los olvidados,
en la hora de los muertos,
en la hora del reposo,
sabréis leer estos versos de amargor impregnados...
Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.
y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
la pérdida del reino que estaba para mí,
el pensar que un instante pude no haber nacido,
¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací!
Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.
A René Pérez.
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura,
porque ésta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,ni de dónde venimos...!
Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.
¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios, y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno del Cristo.
La tierra está preñada de dolor tan profundo
que el soñador, imperial meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.
Verdugos de ideales afligieron la tierra,
en un pozo de sombras la humanidad se encierra
con los rudos molosos del odio y de la guerra.
¡Oh, Señor Jesucristo!,
¿por qué tardas, qué esperas para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas?
Surge de pronto y vierte la esencia de la vida sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida.
Ven, Señor, para hacer la gloria de ti mismo,
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo.
Y tu caballo blanco, que miró al visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.



BIOGRAFÍA de Rubén Darío. (1867 -1916 )


Eran días de Diciembre de 1866. Una carreta había salido de León, con dos mujeres, Josefa Sarmiento y su joven sobrina Rosa Sarmiento de García Darío. La tía era en viaje para motivos de comercio, mientras la sobrina esperaba el nacimiento de su primer hijo. Aires de Navidad harían frio a los caminos, y Rosa, muy pensativa, soñaba con Belén, el pueblecito donde nacío el Mesías. Rosa había dejado la gran ciudad, León, iba a esperar a su propio niño en otro pueblo pintoresco: Metapa. Que paz, como la paz de que habla el Evangelio como señal del nacimiento divino. ¿Qué clase de niño era que iba a nacer en días pascuales? Felíx Rubén Garcia-Sarmiento conocido como Rubén Darío, nacío el 18 de enero en Metapa, Nicaragua pero su familia se mudó a León un mes después de su nacimiento. A la edad de doce años Rubén Darío publico sus primos poemas "La Fé", "Una Lagrima" y "El Desengaño". En 1882 cuando Rubén tenía solamente quince años se presento antes del Presidente Joaquin Zavala. Preguntó al Presidente si el pudiera ir a estudiar en Europa. Pero Darío le preguntó este después de haberle presentado un poema muy en contra de su patria y la religión de su patria. Después de haber oido este poema el Presidente le dío; una respuesta muy única a Rubén Darío. Le dijo, " Hijo mío, si asi escribes ahora contra la religión de tus padres y de tu patria, que será si te vas a Europa a aprender cosas peores?". Y por esto Darío no fue a Europa. Después se casó con Rosario Murillo, y se mudaron a El Salvador donde encontré a Francisco Gavidia. Gavidia le presentó la poesia Castileña.En 1883, volvio a Nicaragua. Rubén Darío tení muchos trabajos en su vida, pero una cosa que puede ser probablemente la más importante es que Darío es considerado el padre del modernismo.El modernismo es un movimiento muy importante en la historia de la literatura española. El Modernismo fue hecho por el symbolismo de los franceses y la escuela parnasiana. Pero mucho más viene de los franceses porque el modernismo es muy espotáneo, pero mucho del modernismo viene de los classicos españoles también.Rubén Darío participó con, o fue el líder de, muchos movimientos literarios en Chile, España, Argentina, y Nicaragua. El movimiento modernista era una recopilación de tres movimientos de Europa: romanticismo, símbolismo, y el parnasianismo. Estas ideas expresan pasión, arte visual, y armonías y ritmos como música. Darío fue un genio de este movimiento. Su estilo es exótico y muy colorado. Sus poemas especialmente contienen todos estos sentimientos. En su poema "Canción de Otoño en Primavera." hay mucha evidencia de pasión y emociones fuertes. Pronto muchos literarios comenzaron a usar su estilo en una forma muy elgante, y cuidadosa, usando su estilo y sus palabras para hacer musíca con la poesía. Su talento fue reconocido y por eso empezó a escribir más y mejor. Luego, viajó a España donde sucumbió a mucha influencia de Europa,una influencia muy liberal. Sus ideas nuevas fueron reflejadas en su poesía de romanticismo y amor. En 1888 publicó la primera recopilación de sus poemas que se llama Epístolas y poemas (1885) y despues vino Azul que es recordado por su "símbolismo y sus imágenes exóticas"(Microsoft Encarta). Otras obras famosas de Rubén Darío son Prosas Profanas y Otros Poemas (1892), Los raros (1896), y Cantos de Vida y Esperanza(1905). Probablemente, el poema más famoso de Rubén Darío es "Canción de Otoño en Primavera." Sus sentimientos son expresados en toda su literatura. Rubén Darío es considerado ser el poeta más importante que escribío en español afuera de la España y es fácilmente unos de los personajesmás reverenciados en Nicaragua.


Fuente: Poetas latinoamericanos.com
Melan.

CRÓNICA DE MÍ MISMA Y OTROS POEMAS de Matilde Alba Swann




  1. Y querer merecerme; de veras merecerme.

    Revisar mis dispersas escrituras, mi palabra,

    revisarme el sollozo, la garganta,

    auscultarme el latido, desollarme,

    revisarme las venas, las arterias.

    todo el complejo existencial que asumo.

    Revisar mi conducta, mis proyectos,

    lo soñado, ensoñado, lo vivido,

    conformarme de nuevo, aun no inscripta,

    sin visión, sin recuerdo, sin mentiras,

    sin verdades ocultas, temerosas, sin impulsos,

    sin deserción, sin este yo impreciso.

    Revisarme hasta el fondo, descifrarme,

    prenderme, saberme, perdonarme,

    tanto pude y no hice, tanto hice febril

    a manotazos, en apremio suicida, lograr algo, dejar

    algo, quedarme allí incrustada, en la trama inicial,

    impenetrable, indestructible, quedar,

    estar, ser siempre, y vencer de la muerte, y de la vida.

    Permanecer y ser, por solo acto de ingerencia

    en un sino de criatura.

    Despedacé mi carne, carne mía,

    fatigada de esfuerzo y sinsabores,

    me derramé, me di, me hice guiñapo;

    al costado de holgura, fui miseria.

    Quise tanto y a tantos, y la tierra,

    ese soplo de polvo que me aguarda,

    y mi aventura batalladora hecha de timidez, de inermidad

    y miedo.Estos árboles rudos que me vencen la mirada,

    cada vez menos útil, y esta noche

    que circunda mis noches y me azuza

    y me manda no dormir, y pensar,

    y sentir frío, y volver al dolor que hice a un costado.

    Yo debo revisarme desde el antes,

    descubrir el motivo, causa, impulso,

    la razón, el por qué, y el hacia adónde,

    y el por qué del por qué de la pregunta.

    Ascender la montaña hacia la cima,

    y mirarme, un abismo, en el abismo,

    y elevarme al azul por propio esfuerzo

    apoyándome en mí, envolviéndome en mí,

    desde mí misma, tirar de mí hacia arriba;

    tocar siquiera una sola estrella, una sola,

    o su fulgor siquiera, o siquiera seguirla desnudando

    mi vergüenza a su luz. Esta corteza, que resquebraja

    cada vez que pienso, y estas raíces que me petrifican

    bajo la inercia de un planeta muerto.

    Quiero salir maleza a herir caminos,

    y punzarme de heridas, ser, de pronto,

    este mundo y un próximo intuido,

    y recordar, de pronto,

    un otro antiguo mundo en seres golpeados que lloraron mucho antes de mí,

    y que derramaron en mi llanto de hoy,

    su sal y acíbar.

    Ser el ánfora quieta de una ignota,

    milenaria mansión

    sin nada dentro, y esperando.

    Un océano en peces y vitrales, y en suicidas y barcos milenarios;

    ser la orilla, el camino sobre el agua, ser la brújula

    el sol rojo de noche y el marinero que perdió la novia,

    la llegada y el puerto, abigarradas multitudes ruidosas, y en mí, nadie.

    Asomarme a la ardiente boca ígnea de un volcán que despierta en el incendio,

    y saber que soy fuego y quemadura, que la lava soy yo, descascarando;

    desnudada, sentirme leña al rojo, derramado mineral, embistiendo la ladera,

    burbujeante y hervida.

    Merecerme, de veras merecerme; en cuclillas orar, sin darme cuenta,

    porque quiera la entraña de mi madre, exhalarme a la luz, y ser pequeña,

    respirar, prometer, ser la esperanza para alguien, sin nada más que el hilo,

    que amenaza romper de una esperanza.

    Merecerme de veras; ya retorno del altar y del lodo,

    del sollozo, del gemido y del canto, de mi propio funeral,

    y me escucho como corro anhelante y jadeante

    a mi bautismo.


    POBREZA A LOS DIEZ AÑOS



    Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.

    de un zapatito roto, opaco, desclavado.

    El patio de la escuela... Apenas tercer grado...

    Qué largo fue el recreo, el más largo el año.

    Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.

    Hubiera preferido tener rotas las piernas

    y entero mi calzado. Y allí contra una puerta recostada,

    mirando, me invadía el cansancio de ver cómo corrían los otros por el patio.

    Zapatos con cordones, zapatos con tirillas, todos zapatos sanos.

    Me sentía en pecado vencida y diminuta, mi corazón sangrando...

    Si supieran los hombres cuánto a los diez años

    puede sufrir un niño por no tener zapatos...

    Que anticipo de angustia. Todavía perdura

    doliéndome el pasado. El patio de la escuela

    y aquel recreo largo...Mi piecesito trémulo, miedoso, acurrucado.

    Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.

    Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.

    La pobreza no tiene perdón a los diez años.




    Cómo quisiera despertar cantando.

    Pero amanezco, en cambio, dolorida

    de no haberme quedado en ese espacio,

    en ese tiempo de morir prestada.

    Una isla no inscripta en ningún mapa,

    una célula enferma de ignorancia,

    un asfixiado mundo en miniatura,

    una avanzada humanidad triunfante,

    en clarines y hogueras homicidas.

    Tabla sola, sin náufrago siquiera,

    y luchando,

    relincho hacia la costa,

    y animada nomás por el recuerdo

    de un aliento mordido a sus astillas.

    Cómo quisiera despertar cantando,

    y me muero de sed y hambre de canto

    mientras desborda la preñada aurora

    en promisorio bermellón de vinos,

    y expandida, hoguera en panes,

    horneándose a lo alto. Yo estoy abajo,

    debajo de la historia, sepultada en antorchas apagadas

    y estandartes marchitos.

    Sumergida en humores subterráneos

    y en cenizas de huesos de bandido,

    Soy el ser que no fue, lo que no pudo,

    la olvidada, desdeñada semilla,

    pero existo.

    Dentro

    tengo un sauce inclinado que me llora.

    Un niño triste me llama, sin nombrarme.

    Me doy cuenta, me doy cuenta, yo existo.

    Mañana espero despertar, cantando.



    BIOGRAFÍA.



    Matilde Alba Swann(1912-2000)Matilde Alba Swann es el seudónimo de Matilde Kirilovsky de Creimer. (24/2/12 -13/09/00), hija de Alaquin Kirilovsky y Emma Ioffe. Casada con Samuel Creimer,cinco hijos; Abogada (1933), recibida a los 21 años en la Facultad de CienciasJurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata. Ejerció la profesión durante más de 50 años con el respeto y cariño de suscolegas. Se la recuerda logrando la absolución de la recordada uxoricida Remberta Nieves, o interponiendo resonantes acciones de amparo persiguiendo mejorar la situación de los indefensos. Extracción de sangre de menores tutelados; sufragio de los menores tutelados. Trato inhumano a los internados del Hospital Melchor Romero. Fue asesora en temas de minoridad del Ministerio de Acción Social y del ex-Gobernador de la Provincia de Buenos Aires Dr. Eduardo Duhalde.En poesía publica ocho libros de poemas: Canción y grito (1955); Salmo al retorno (1956); Madera para mi mañana (1957); Tránsito del infinito adentro (1959); Coral y remolino (1960), Grillo y cuna (1971); Con un hijo bajo el brazo (1978); Crónica de mi misma 1980. Recibe innumerables premios, menciones y honores, entre los que se destacan su promoción para el premio Nobel de Literatura 1992; premio Santa Clara de Asís de 1991; Premio Provincia de Buenos Aires -poesía- 1991; recibe una de las primeras "Orden del Buen Vecino", premio Municipal de Literatura de La Plata; 3er. Premio de poesía Augusto Mario Delfino, fajas de honor de la Sociedad de Escritores de la Provincia; Ofrenda de las Instituciones representativas y fuerzas vivas de La Plata por su dedicación de eminente poeta y eterna defensora de la minoridad.- Recibió la estatuilla Stella Maris. Integró jurados de premios nacionales como el "Forti Glori", provinciales y municipales; Mención del Club Universitario de La Plata; Mención de la Asociación Femenina de Periodistas del Perú; Integró la comisión de honor del Primer Encuentro Latinoamericano de poetas; Fue designada Mujer Notable de la Comunidad, por el Rotary Internacional Filial La Plata; Premio Dedicación a la Minoridad otorgado por el Ateneo; Rotario; la Biblioteca Braille le tradujo su ultimo libro al idioma Braille; Accésit al premio Almafuerte; 2do. Premio de Poesía Ilustrado Municipalidad de La Plata - 1971; 3er. Premio de PoesíaIlustrada Municipalidad de La Plata; 2do. Premio de Asociación Judicial Bonaerense.Como periodista condujo audiciones de literatura en las radios Provincia de Buenos Aires y Universidad de La Plata; fue colaboradora permanente del Diario El Día de La Plata. Fue corresponsal de guerra del Diario El Día en la guerra de las Malvinas; fue colaboradora de la Página literaria del Diario La Capital de Mar del Plata. Falleció el 13 de setiembre de 2000 en La Plata.



    Fuente: Los poetas.com

    Melan.